jueves 13 de agosto de 2026
Editorial

Más democracia

Si bien los 40 años de democracia deberán festejarse el próximo 10 de diciembre, fecha en la que en 1983 asumió la presidencia de la Nación Raúl Alfonsín luego de la larga noche de la dictadura, hoy 30 de octubre se cumplen cuatro décadas de la histórica jornada en la que el pueblo argentino pudo elegir libremente a sus representantes después de más de siete años.

Desde entonces y hasta hoy los mecanismos institucionales de la democracia han funcionado, en un ciclo que se ha convertido en el más largo de la historia argentina sin golpes militares, o elecciones fraudulentas que desvirtuaran la voluntad popular, como sucedió antes de la Ley Sáenz Peña, hace más de un siglo y particularmente durante la década infame del 30 del siglo pasado.

Los 40 años de la democracia se celebrarán en el contexto de una encrucijada histórica, en la que por primera vez desde 1983 una de las alternativas con chances de acceder al gobierno nacional no tiene entre sus principales dirigentes –al menos orgánicamente- referentes surgidos de los dos más grandes partidos tradicionales de la Argentina.

La irrupción libertaria viene a plantear un nuevo escenario político. Lo novedoso no es solamente la ruptura de la grieta tradicional que divide a la política nacional desde hace dos décadas, sino, además, que los integrantes de la fórmula de La Libertad Avanza que compite en el balotaje han tenido manifestaciones y gestos que son contrarios a la voluntad democrática mayoritaria de los ciudadanos. Los planteos negacionistas del terrorismo de estado como plan sistemático de exterminación, documentada y probadamente por la Justicia, tanto de Javier Milei como de su compañera de fórmula Victoria Villarreal son una enorme carga simbólica negativa en este año celebratorio. En caso de un triunfo libertario, asumiría como presidente de la Nación, 40 años después de que lo hiciera el denominado “padre de la democracia”, Raúl Alfonsín, un dirigente que tiene una visión de lo sucedido en los sangrientos años de la década del 70 coincidentes con los jerarcas de la dictadura. Una verdadera paradoja.

Durante su campaña electoral, Alfonsín sostuvo de manera recurrente, para valorar el rol de la democracia, que con ella “se come, se cura y su educa”. Era una proclama, un apuesta a la esperanza, un expresión del deber ser. Cuarenta años después ha quedado en claro que votar cada dos años o respetar a grandes rasgos el funcionamiento de las instituciones de la República, es decir, los aspectos más formales de la democracia, no son suficientes para garantizar el bienestar de la población.

Las deudas que tiene la democracia no deben hacernos ni siquiera considerar prescindir de ella. Las dictaduras no solo implican gobiernos autoritarios, que no respetan las libertades públicas, los derechos sociales y que persiguen hasta el exterminio a los opositores al régimen, sino también son incapaces de dar respuestas a las necesidades de la población. Los gobiernos de facto han tenido resultados desastrosos para el tejido social argentino.

El desafío es, entonces, profundizar la democracia, respetando sus mecanismos formales pero al mismo tiempo propiciando una participación más intensa de los ciudadanos en las decisiones públicas y en el control de los actos de gobierno. La democracia se fortalece con más democracia.

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