miércoles 12 de agosto de 2026
COLECCIÓN SADE- EN NUESTRO AÑO BORGEANO

Barro de regreso

Juan Manuel Rivera

Por doquier, el barro lo miraba pasar, como esperando que lo tocara. No era solo tierra: era tiempo detenido que lo llamaba.

Rogelio cerró la puerta del departamento con cuidada lentitud, como si el alma se le sobrecogiera. Era la despedida. Los ecos de sus pensamientos resonaban en el espacio vacío de la casa, recordándole que ya no quedaba nada por vender. Se había jubilado hacía menos de un año y su jugada más importante —una mala apuesta de negocios— había terminado de la peor manera.

Llevaba un pequeño bolso de mano con sus cosas más necesarias y la documentación, y una enorme valija apenas llena con su ropa. Afuera, la ciudad seguía su curso indiferente. Sintió que ya no pertenecía a esa vorágine y había tomado una decisión cargada de incertidumbre. En busca de sosiego y por un impulso algo oculto, irracional —por cómo había sido su vida hasta aquí—, eligió vivir en el interior de la provincia. Escogió aquel pueblito que lo hacía sentir en plenitud cada vez que lo visitaba: un pequeño paraje casi de barro, con olor a silencio y paredes que hablaban quedo. Allí, con lo que le quedaba, compraría un rancho. Tal vez aquel mismo donde solía parar en sus breves estadías.

Había pasado tiempo. No sabía si aún existía, si el añoso dueño —si viviese— querría venderlo. O quizás ya no quedaba nada en pie.

En el ómnibus casi no durmió. Su mente, atribulada, necesitaba acomodarse. Vivía solo desde que enviudó. A su hija Victoria —residente en Europa— hacía más de treinta años que no la veía.

Viajaba convencido de que San José de la Falda sería la estación final de su existir. De madrugada, justo cuando lograba conciliar el primer sueño, llegó a destino. El colectivo se detuvo entre un quejido de frenos y una nube de polvo. Con él bajaron cuatro pasajeros; el transporte prosiguió su camino. Rogelio descendió con sus enseres, mirando alrededor como quien busca algo que no sabe nombrar. El cartel oxidado decía “San José de la Falda”, pero él lo recordaba simplemente como el lugar donde, años atrás, su auto se rindió ante el calor y la distancia.

Aquella vez un hombre añoso lo había alojado en su rancho de adobe. Al entrar, sintió que las paredes querían decirle algo. Gruesas como brazos protectores, con habitaciones amplias y techos de cañas entrelazadas, lo hicieron sentir contenido. El silencio adentro sabía a cobijo y paz.

En el patio trasero, un horno de barro reinaba como altar doméstico. Lo rodeaban viejos molles y chañares, de troncos retorcidos y corteza áspera, que ofrecían reparo a moradores, visitantes y pájaros que parecían cantarle loas. Su boca oscura hablaba de pan casero y ollas percudidas al fuego. Por las tardecitas, el aire se llenaba del aroma inconfundible de la tierra mojada.

El rancho no era solo una casa: era un refugio, una voz sin palabras, un cuerpo de barro que lo recibía como si lo conociera desde siempre.

—Vamos a estar un poco más frescos ahora —le dijo aquel hombre de voz ronca.

Después de darle alojamiento, le ofreció sopa de maíz y un poco de charla pueblerina. Rogelio nunca supo por qué, pero —salvo los últimos cuatro años— no dejó de venir cada verano.

Cargando sus cosas, caminó por la calle principal bordeada de algarrobos y perros amistosos. De pronto lo vio. El rancho seguía en pie, pero el portón de madera estaba envejecido, adornado con telas de araña y yuyos resecos cubriendo el umbral; herrajes herrumbrados y paredes tristonas mostrando heridas de tiempo y abandono. Casi por respeto, tocó la puerta… Nadie respondió.

— ¿Busca a alguien? —lo sobresaltó una voz a su espalda.

Rogelio se giró. Un hombre de unos cuarenta años lo miraba con curiosidad. Vestía ropa de trabajo; su piel estaba bien tostada, sus ojos eran claros y una expresión extrañamente familiar le atravesaba el rostro.

—Busco al dueño de este rancho —respondió—. Solía parar aquí en mi semana de descanso.

— ¡Ah, no! Él era mi abuelo… ya murió.

Comprendió entonces por qué aquel rostro le parecía familiar. Tal vez lo había cruzado ya, en alguna visita pasada.

No le sorprendió demasiado la noticia. Cuando él comenzó a venir, el viejo rondaba los noventa. Sintió un nudo en el pecho: tristeza, nostalgia e incertidumbre. No recordaba su nombre; todos lo llamaban don “Chicho”. Preguntó:

— ¿Cómo se llamaba su abuelo?

—Feliciano —respondió el hombre con orgullo.

El mundo se detuvo. Feliciano era un nombre que, desde niño, rondaba su mente. No se animó a indagar más. El silencio se volvió espeso como lodo. El joven advirtió que Rogelio se abstraía.

— ¿Así que lo conoció? —preguntó. Rogelio asintió.

— ¿Y para qué lo busca?

—Tengo intención de comprar este rancho. Quiero vivir aquí, en San José.

— ¡Ah! Me llamo Tomás y, aunque el rancho ya es mío, no lo necesito. Lo puse en venta, pero nadie lo quiere comprar.

Conversaron sobre el adobe, las casas nuevas del pueblo, la tradición heredada de construir con el barro del mismo suelo. Tomás le enseñó que el adobe no solo era resistente: era sagrado, regulaba la temperatura y unía a las familias.

—Creo que este rancho me eligió a mí —dijo Rogelio con un gesto de nostalgia.

Tomás lo invitó a conocer a su tío Felipe. Al verlo, ambos hombres quedaron mudos: había algo en sus rostros que parecía emparentarlos, como espejos antiguos. Rogelio pensó en su hija Victoria y, al mirar de nuevo a Tomás, creyó encontrar un eco de ella.

El episodio se diluyó sin palabras.

Lo hospedaron. Entre mates y pan casero, hablaron del rancho. Tomás le propuso vendérselo barato y enseñarle el arte del adobe. Rogelio aceptó: por primera vez, algo era realmente suyo.

Día tras día trabajaron juntos. Rogelio aprendió a amasar el barro con los pies, como quien pisa uvas para el vino. La mezcla llevaba tierra, agua, paja y paciencia.

—El adobe no se apura —decía Tomás—. Si lo apura, se quiebra… como la gente.

Una tarde, mientras arreglaban el piso, Rogelio encontró una caja enterrada. Dentro, una foto en blanco y negro, papeles amarillentos y una carta sin abrir. En la foto, una pareja con tres niños frente al rancho.

—Son mis abuelos —dijo Tomás—. Este es Feliciano y esta, Arminda.

Rogelio sintió un ahogo. En la imagen, Tomás nombraba a su madre y a su tío Felipe, pero del tercero, un bebé, contó una historia trágica: lo habían perdido o robado en un viaje a la capital. Nunca más supieron de él.

Rogelio guardó la foto con el corazón sacudido. Felipe, en silencio, lo observaba trabajar con expresión emocionada.

El rancho, con sus paredes reparadas y revocadas, parecía querer abrazarlos, como presumiendo que alguien de su sangre regresaba a habitarlo.

En San José de la Falda, el barro no solo construía con su mística entrañable: también revelaba.

De noche, Rogelio aún dormía en un catre, bajo un techo de cañas y barro fresco. Pronto se mudaría al rancho que lo había atrapado. Cada noche su memoria le contaba cosas que no sabía que sabía. Quizás aquella carta —que todavía no se atrevía a abrir— le revelaría la verdad.

Por ejemplo, que el lunar que llevaba aquel bebé perdido en la espalda también Rogelio lo tenía, en el mismo sitio que señalaba la emocionante “Carta a mi bebé”, escrita más de sesenta años atrás por mamá Arminda.

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