martes 15 de septiembre de 2026
Análisis

Lo que no se ve detrás de la Magistratura y la función judicial

Por Rodrigo Morabito

Hay una escena de la Justicia que casi nunca se cuenta. No aparece en las fotografías oficiales. No suele estar en las noticias. Tampoco figura en los expedientes. Es la escena de un juez o una jueza llegando temprano a su despacho, cuando todavía los pasillos están en silencio.

Un café que se enfría sobre el escritorio. Una pila de expedientes. Una sentencia que debe terminarse. Una llamada que espera respuesta. Una audiencia que comienza. Y muchas horas por delante.

También está la otra escena. La de quien se va cuando ya oscureció. La de quien llega a su casa y todavía tiene una resolución pendiente. La de quien comparte la cena con su familia mientras mentalmente sigue pensando en aquel caso difícil. La de quien alguna vez se perdió un cumpleaños, una reunión familiar, un acto escolar o un domingo porque había una decisión que no podía esperar.

Esa parte de la magistratura casi nunca se ve. Y no la cuento para reclamar privilegios. La cuento porque detrás de cada magistrado, de cada magistrada, de cada funcionario y de cada funcionaria judicial hay una persona.

Una persona que también tiene familia. Que también tiene problemas. Que también se cansa. Que también tiene días malos. Pero que, aun así, debe sentarse frente a un expediente y decidir. Y decidir sobre otros nunca es una tarea menor. Porque un expediente puede contener una libertad. Una familia. Una infancia. Una víctima esperando respuestas. Una persona acusada. Un patrimonio. Una historia de violencia. Una vida que puede cambiar para siempre después de una decisión.

Por eso, cuando vemos una sentencia, muchas veces vemos solamente la última página. No vemos todas las horas que hubo detrás. No vemos los códigos abiertos sobre el escritorio. No vemos los tratados internacionales subrayados. No vemos las discusiones jurídicas. No vemos las dudas. No vemos las veces que una decisión vuelve a leerse antes de ser firmada. No vemos esa pregunta que, en ocasiones, aparece inevitablemente:

¿Estoy haciendo lo correcto?

Porque también de eso está hecha la magistratura. De conocimiento, sí. De responsabilidad. De independencia. De prudencia. Pero también de dudas. Y hasta de angustias.

Un juez o jueza no deja de ser persona cuando entra a su trabajo. Lo que cambia es que allí adentro tiene una responsabilidad que no puede trasladar a nadie. Tiene que decidir. A veces contra sus propias convicciones personales. A veces contra lo que espera una mayoría. A veces bajo una enorme presión social. Y siempre dentro de los límites que imponen la Constitución, las leyes y los derechos humanos.

Eso es, en definitiva, ejercer la magistratura. No es tener poder. Es tener la obligación de ejercerlo con límites. Y quizá allí esté la verdadera grandeza de la función judicial.

En comprender que el poder que se recibe no pertenece a quien lo ejerce. Es un poder prestado por la sociedad.

Un poder que debe utilizarse para garantizar derechos, resolver conflictos, proteger a quienes necesitan protección y poner límites cuando alguien (incluso el propio Estado) pretende avanzar sobre aquello que la Constitución protege. Pero hay algo más.

La Justicia tampoco sería posible sin quienes muchas veces permanecen invisibles. Funcionarios y funcionarias. Empleados y empleadas judiciales. Secretarios y secretarias. Relatores. Equipos técnicos.

Defensores. Fiscales.

Todos aquellos que sostienen, cada día, el funcionamiento de los tribunales. Porque la Justicia no empieza cuando un juez firma una sentencia.

La Justicia se construye mucho antes. En cada expediente que se estudia. En cada audiencia que se prepara. En cada notificación. En cada informe. En cada palabra que alguien escribe con la esperanza de que del otro lado exista una respuesta. Y mientras todo eso sucede, hay familias esperando.

Esperando que ese juez vuelva a casa. Esperando ese funcionario que todavía está terminando un escrito. Esperando al empleado que salió temprano y regresa tarde. Familias que muchas veces aprendieron a convivir con horarios que no son horarios, con teléfonos que suenan fuera de hora y con conversaciones interrumpidas porque “hay un expediente que tengo que terminar”. Por eso, en este Día de la Magistratura y la Función Judicial, creo que también corresponde mirar hacia ese lado. Hacia lo que no se ve. Hacia el esfuerzo cotidiano. Hacia las horas. Hacia los sacrificios. Hacia las familias que acompañan. Y también hacia quienes todos los días, aun con cansancio, vuelven a abrir un expediente y empiezan nuevamente. No para pedir reconocimiento. Sino porque eligieron una profesión que, cuando se ejerce con verdadera vocación, termina convirtiéndose en una forma de vida.

Ser magistrado o magistrada no nos hace mejores que los demás. Nos hace responsables frente a los demás. Y esa diferencia es enorme. Por eso hoy quiero saludar a cada juez, cada jueza, cada funcionario, cada funcionaria y a cada trabajador y trabajadora judicial que sostiene silenciosamente esta tarea. A quienes llegan temprano. A quienes se van tarde. A quienes estudian mientras otros descansan. A quienes cargan con decisiones difíciles. A quienes alguna vez tuvieron que elegir entre terminar una sentencia o estar en un momento familiar que no volvería a repetirse. A quienes, a pesar del cansancio, siguen creyendo que vale la pena construir una Justicia mejor. Y especialmente a nuestras familias.

Porque detrás de cada magistrado, de cada magistrada, de cada funcionario y de cada funcionaria, hay muchas veces una familia que también hace un esfuerzo. Que espera. Que comprende. Que acompaña. Que sostiene.

Quizás por eso, cuando hoy pienso en la magistratura, no pienso primero en un cargo, en un despacho ni en una sentencia. Pienso en personas. En historias. En sacrificios. En vocaciones. Y en una enorme responsabilidad que nos recuerda, todos los días, que hacer Justicia no es solamente aplicar el Derecho: es nunca olvidar que del otro lado de nuestra decisión hay alguien cuya vida puede cambiar.

Feliz Día de la Magistratura y la Función Judicial. A todos los que hacen Justicia. Y a todos los que, desde sus casas, también hacen posible que podamos hacerlo.

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