martes 15 de septiembre de 2026
Editorial

La IA como "amplificador pedagógico"

Algunos especialistas sostienen que, entre muchos otros factores, el uso masivo de la inteligencia artificial generativa podría incidir en un deterioro de la calidad educativa detectado en las pruebas PISA. De todos modos, aunque haya una gravitación en ese sentido, es necesario señalar que la tendencia decreciente de los indicadores PISA en numerosos países, incluido Argentina, es anterior al uso masivo de las herramientas de IA generativa, proceso iniciado recién a fines de 2022.

Es decir, hay causas del deterioro educativo más antiguos y más estructurales, como la interrupción prolongada de la escolaridad presencial durante la pandemia, cuyas secuelas sobre la comprensión lectora son evidentes y están ampliamente documentadas. También la persistente brecha de infraestructura y conectividad entre regiones y entre escuelas públicas y privadas, y un déficit de larga data en la formación de hábitos de lectura profunda y razonamiento lógico que la irrupción de la inteligencia artificial no creó, sino que, en el peor de los casos, terminó amplificando.

Tal vez sería prudente razonar que la IA actúa, ante todo, como una suerte de “amplificador pedagógico”. Es decir, donde existen hábitos de lectura consolidados y capacidad de razonamiento autónomo, la IA puede potenciarlos. Y donde esas capacidades son frágiles, la tecnología tiende a acelerar la delegación de tareas en esa herramienta tecnológica.

Donde existe capacidad de razonamiento autónomo, la IA puede potenciarlo. Y donde esas capacidades son frágiles, la tecnología tiende a acelerar la delegación de tareas. Donde existe capacidad de razonamiento autónomo, la IA puede potenciarlo. Y donde esas capacidades son frágiles, la tecnología tiende a acelerar la delegación de tareas.

De todos modos, no debe minimizarse el impacto del uso inadecuado de la inteligencia artificial en las aulas. Cuando se la emplea para delegar tareas, y no como un medio para potenciar el aprendizaje, puede contribuir a la atrofia del pensamiento crítico. Los expertos argumentan, además, que ese uso inconveniente puede provocar la reducción de la tolerancia a la frustración, especialmente en matemática y en las disciplinas que exigen persistencia frente a un problema sin resolución inmediata. La respuesta automatizada e instantánea la IA debilita esa capacidad.

El desafío es, en todo caso, es integrar la IA sin sacrificar el pensamiento crítico que la escuela tiene la obligación de formar. La clave, siempre según los expertos, consiste en desplazar a la inteligencia artificial de la posición de “resolvedora de tareas” a la de “objeto de análisis” o “tutor de diálogo”. En configurar la IA para que formule preguntas orientadoras en lugar de entregar la respuesta final, en usar la tecnología como instrumento para potenciar el razonamiento, no como sustituto de él. Y, en cualquier caso, evaluar el proceso y no solo el producto terminado.

El objetivo final de estas estrategias es transformar la relación del estudiante con la tecnología para que deje de ser un receptor pasivo de información sintetizada por un algoritmo y se convierta en un protagonista activo del proceso educativo, capaz de validar, cuestionar y reelaborar lo que esa producción le ofrece. En definitiva, la tecnología siempre es una herramienta que puede ser mal o bien utilizada.

Seguí leyendo

Te Puede Interesar