Degradación. Cada estudio verifica que las carencias de la educación argentina son estructurales.
En un encuentro con jóvenes realizado en la localidad de Magdalena, el diputado nacional Máximo Kirchner y la diputada bonaerense Mayra Mendoza marcaron la necesidad de crear “más comunidad” para atemperar los efectos nocivos de los “individualizados detrás de una pantalla”. Este acertado planteo sobre la paradoja de la desconexión en tiempos de hiperconectividad fue malogrado por la pulsión de calzar cualquier asunto en el formato de la “grieta”.
“Hay una tendencia a pedir más educación financiera y yo creo que necesitamos más educación emocional”, dijo Mendoza, contrastando sus empáticas pretensiones con las de los insensibles que circunscriben las causas del sobreendeudamiento de las familias y la mora crediticia a la ignorancia de los endeudados.
Por supuesto, se trataba de una charla informal y Mendoza habrá dicho lo que le parecía más apropiado para el momento. Entre las tantas crisis que agobian a los argentinos está también la de la salud mental, que se ensaña con las generaciones jóvenes, de manera que no sería justo recriminarle que haya aludido al tema frente a ese público o exigirle que se la pase disertando sobre la inmortalidad del cangrejo.
Las aflicciones por la falta de educación financiera y emocional se inscriben en una pavorosa catástrofe de la educación "a secas". Las aflicciones por la falta de educación financiera y emocional se inscriben en una pavorosa catástrofe de la educación "a secas".
El recorte es útil, sin embargo, para tratar de reflexionar sobre esta proliferación de educaciones. De los problemas de salud mental emerge la manija a la educación “emocional”, como de las asfixias crediticias la inquietud por la “financiera”.
Es raro que no aparecieran promotores de la educación “deportiva” después de perder la final del Mundial o con traumático el retiro de Messi, pero más raro todavía que, ante las evidencias, no haya más preocupados por la educación “a secas”: leer, escribir, sumar, restar, multiplicar y dividir, por lo menos, son competencias a primera vista indispensables para avanzar hacia educaciones más complejas.
La realidad toma rumbos tan extraños que acaso en el futuro cualquiera pueda acceder al título de ingeniero civil sin tener la menor idea de qué es un ángulo, o desempeñarse como filósofo sin siquiera haber sospechado el abecedario, pero tales delicias de la Inteligencia Artificial vienen bastante rezagadas respecto del acelerado desplome de las inteligencias naturales que se supone debería estimular el sistema educativo.
Sobre la conveniencia de fomentar educaciones específicas no pueden alzarse objeciones razonables, pero sí caben interrogantes sobre las posibilidades de implementarlas con éxito sobre sectores de la sociedad cada vez más amplios estragados por la ignorancia. No parecen muy sensatos los esfuerzos por sacar “traders” de grupos incapaces de descular una regla de tres simple, ni personalidades emocionalmente templadas de quienes no pueden comprender lo que leen.
Sinceras o impostadas, las aflicciones por las deficientes formaciones financieras o emotivas se inscriben en un escenario de catástrofe educativa que condensa inmejorablemente el fracaso colectivo argentino. Es lícito preguntarse si no será tal catástrofe una de las causas principales, si no la principal, de la tan pronunciada como prolongada decadencia nacional.
Los resultados de las pruebas PISA 2025 marcaron que sólo un cuarto de los estudiantes de 15 años argentinos consiguieron llegar a los niveles básicos de conocimientos en Matemáticas. Sólo un 40% lo logró en Lectura, un 41% en Ciencias. Capaz que estos desempeños, últimos eslabones de una larga cadena de degradación, expliquen también el retraso en los aprendizajes financieros o emotivos que tanto alarman.
Harían falta estudios especializados para confirmarlo, pero por las correlaciones puede intuirse que las comunidades ignorantes son las presas más vulnerables para usureros, manipuladores y demagogos.
Bien están las educaciones financieras y emocionales, ojalá prosperen, pero lo que urge es la educación “a secas”, sin tantas milongas y adjetivos.
En otras palabras, lo que urge es detener el embrutecimiento. No vaya a ser que tanta educación emocional acabe en superpoblación de brutos felices.