Tal vez deberíamos empezar por reconocer todo lo que se rompió para llegar hasta acá. Los lazos, las palabras, los signos, las marcas del camino que se perdieron.
Por Marcela Oviedo Zelarayán
Tal vez deberíamos empezar por reconocer todo lo que se rompió para llegar hasta acá. Los lazos, las palabras, los signos, las marcas del camino que se perdieron.
Cuando algo desborda, lejos de hacernos cargo, lo que ocurre casi siempre es el desplazamiento de la responsabilidad. Sin embargo, cuando se quiebra la posibilidad del encuentro humano, cuando se anula “el decir” de cada uno, sale la masa, con la brutalidad que la caracteriza, a sacudir todo aquello que en el fondo desconoce como propio.
Será en esas coordenadas que deberemos pensar por qué la escuela es un territorio en disputa.
La violencia, que, dicho sea de paso, baja como cascada desde lo más alto del poder, las apuestas virtuales, la ludopatía adolescente, la sexualización de la infancia, el acoso entre pares, la viralización de contenido íntimo, la falta de recursos para poner la indignación y la rabia donde corresponde, la baja de imputabilidad de la ley penal, son muchos fenómenos que atraviesan a la sociedad. Parece ser que de todos ellos, solo la escuela es responsable de dar una respuesta. Todo por el mismo precio.
Una escuela, que, por otro lado, está atravesada de un discurso descalificatorio y denigrante, cuya función social ha sido puesta en segundo plano para responder lo que a la sociedad le incomoda y que prefiere desplazar a las aulas, poniendo entre los pupitres y el pizarrón, el dilema moral de su época.
En una sociedad cuyo signo más cabal es la intrusión de la violencia en todos los ámbitos donde se pone en juego la palabra y el vínculo, donde se han roto los caminos que conducían al diálogo inteligente y profundo, no debería sorprender la irrupción de la crueldad entre los chicos.
Hannah Arendt dice, al respecto, que malo no siempre es aquel cuyas inclinaciones sean especialmente perversas, sino también aquel cuya pura y simple irreflexión lo predisponen a ejercer y a tolerar la crueldad; aquel al que ni siquiera se le puede atribuir una diabólica profundidad, sino la insensibilidad más estructural frente al dolor ajeno. Y de esto, siguiendo la luz de las antorchas que arden y el filo de las picas que golpean las puertas, somos responsables todos.
Donde se cierra la posibilidad del pensamiento y la palabra, aparece el linchamiento, el golpe y la brutalidad. Sin duda la respuesta más cínica y peligrosa frente a la vulneración de un derecho.
Violento el hambre que aprieta los estómagos de los que transitan las escuelas, violento el endeudamiento al que se ven sometidos los docentes para poner comida en la alacena, para pagar la luz, o el transporte que los lleve a la escuela. Violenta la desaparición de la maestra que tenía que atravesar un lodazal imposible para llegar a la escuela porque caminos no habían. Violento el fuego y el gas que mataron a la seño y el ordenanza que intentaban prender la hornalla para calentar el agua del mate cocido de los chicos. Violenta la muerte de aquellos colegas, cientos de colegas, en las rutas argentinas de camino a la casa o al trabajo.
Violento el frío que se cuela por las ventanas rotas, violenta también la lluvia que entra por los techos dañados y moja las almas, y de paso, también el calor que sofoca el cuerpo y que impide pensar.
Violento el silencio. Violento el hambre. Violento todo aquel que humilla, que somete y que se jacta de ello. No tenemos posibilidad por el camino que vamos, no mientras, como decía Tato, “la culpa sea del otro".