Ha de reconocérsele al rector de la Universidad Nacional de Catamarca, Oscar Arellano, la honestidad de no haber magnificado la pandemia para tratar de justificar la brutalidad del fracaso educativo.
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La escalada de la degradación
Tras reconocer que la mitad de los ingresantes a la casa de altos estudios desertó antes de completar el primer semestre, admitió que la cifra superó las expectativas más pesimistas sobre los efectos que el confinamiento sanitario había tenido en el desempeño de los estudiantes y marcó sin eufemismos el motivo principal: la deficiente formación de base, que la interrupción de las clases presenciales seguramente agravó pero de ningún modo puede considerarse excepcional.
“El 50% de los chicos no pasaron los primeros exámenes. Sobre la deserción del primer año hablamos del 30%, pero ahora estamos hablando de que el 50% no alcanzó y no pudo aprobar y regularizar. Se visualiza que este año es un año difícil, nos hace pensar en cursos de nivelación”, dijo.
La UNCA tendrá sus cosas, pero las palabras del rector contrastan con las de la ministra de Educación, Andrea Centurión, quien al abordar las razones de los pésimos resultados obtenidos por los alumnos catamarqueños del último año del primario en las pruebas APRENDER inmediatamente posteriores a la peste, las atribuyó a la crisis sanitaria y la “desinversión” de los cuatro años de Macri.
Un guión tomado del manual de pretextos nacional, para el que el naufragio de la administración bifronte de Alberto Fernández y Cristina Kirchner obedece a que debió lidiar con dos pandemias y no una, como el resto del mundo: la de Macri y la del COVID-19.
La foto
En Matemáticas, la caída del rendimiento catamarqueño de 2018 a 2021 fue de 2,6 puntos. En Lengua fue más dramático: del 65,6 por ciento en 2018 a 43,9 en 2021: casi 22 puntos menos.
Ambos indicadores estuvieron muy por debajo de la media nacional, que fue de 54,8 por ciento en Matemática y 56 por ciento en Lengua. Los chicos catamarqueños quedaron 15 y 12 puntos atrás, respectivamente.
Para la ministra Centurión, se trata de “una foto” de la doble pandemia. Allanarse a tal impresión requiere ignorar un extenso historial previo de evaluaciones que dan cuenta del sostenido deterioro de la calidad educativa. Es un fenómeno nacional, pero Catamarca viene destacándose casi todos los años desde hace lustros por ocupar los últimos casilleros, cuando no el último.
En el caso de las últimas pruebas APRENDER, las provincias con desempeño más bajo en Lengua fueron Chaco (39,6%), Catamarca (43,9%) y Santiago del Estero (45,0%). En Matemática fueron Chaco (39,8%), Catamarca (39,9%) y La Rioja (43,3%).
O sea: a Catamarca la salvaron de ser la peor del grado Santiago del Estero y La Rioja.
Los resultados fueron, por supuesto, más menesterosos entre los alumnos de nivel socioeconómico menos pudiente.
En línea con el análisis de la cartera educativa provincial, los datos de Arellano sobre la deserción universitaria fueron saludados con una indiferencia tan generalizada como inquietante. Comunica que no se asume la magnitud de la tragedia, que prefiere ignorarse que los altísimos niveles de abandono en la cúspide de la pirámide educativa por educación de base defectuosa marcan sin margen a demasiadas interpretaciones la cadena de transmisión de un fracaso para el cual el único remedio que se postula es el de los “cursos de nivelación”. Parches.
Más cifras
En mayo, dos meses antes de las dramáticas APRENDER, el Centro de Estudios de la Educación Argentina (CEA) de la Universidad de Belgrano difundió un informe que daba cuenta de una gran diferencia entre la cantidad de estudiantes graduados en tiempo y forma de las escuelas públicas con respecto a los colegios privados. En Catamarca, sobre el total de alumnos de las escuelas públicas solo egresa el 39,2%, mientras que en las escuelas de gestión privada ese porcentaje llega al 75,7%: 44,8% promedio.
De 9.389 alumnos que habían comenzado el primer año del colegio secundario en 2014, solo 4.205, lo habían finalizado en 2019.
La Rioja graduó al 58% en el lapso estudiado. Ciudad de Buenos Aires, el 54%.
El mismo instituto había consignado en 2018 una reducción del 12% en la matrícula de alumnos primarios estatales entre 2003 y 2015, aunque los cargos docentes habían aumentado en el mismo período un 19%.
El caso catamarqueño superó todas las marcas: la matrícula pública había caído un 22,27%, contra un incremento del plantel docente de casi 42%. En contrapartida, la matrícula de las escuelas privadas había crecido 27% y la cantidad de cargos docentes 23%.
Podría suponerse que el hecho de que el docente tenga menos alumnos a cargo redunda en beneficio de la educación impartida, pero el presidente de CEA, Alieto Guadagni, aclaró que no debían contabilizarse como docentes frente al aula.
Son “cargos” cuya multiplicación se facilita por lo deprimido de los sueldos. Hay provincias, dijo, en las que más de un tercio de los puestos está fuera del aula. No se refirió al eslabonamiento de suplencias y suplencias de suplencias que llegan a amontonar hasta cinco “cargos” por puesto en Catamarca.
Engranaje de la exclusión
Los datos marean, pero es evidente que el sistema educativo argentino, ejemplar en un tiempo como igualador social, funciona ya como un engranaje más de la maquinaria de exclusión.
Expulsa a nivel secundario y superior. Miles de jóvenes quedan en la cuneta, con recursos menguados para defenderse en un mundo laboral cada vez más competitivo.
La sostenida tendencia de las familias a huir del sector público ha generado el perfeccionamiento de la oferta en el privado, con la aparición de alternativas para todos los bolsillos.
Es un problema gravísimo, que condena a la frustración a millones, cuya resolución no se acomete.
La corporación educativa no lo tiene entre sus prioridades, mucho menos la política.
La patronal estatal y los sindicatos docentes podrán estar en litigio permanente, pero han logrado una sinergia meritoria en el derrumbe de la formación, con un mérito adicional: perjudican a los pobres, porque los sectores medios y altos vienen educando su prole en el sector privado desde hace años.
Faltaría que los datos suministrados por el rector de la UNCA sean interpretados también como “una foto”, cuando en realidad son el desenlace de una película. De cine catástrofe.