Las elecciones de Estados Unidos importan siempre. Las legislativas del martes, sin embargo, tuvieron una carga simbólica muy superior a la habitual. No solo por la contundencia del resultado, sino también porque esa decisión electoral le puso freno a un modelo político de rasgos extremos, con una presencia creciente en otros países, la Argentina entre ellos.
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Golpe letal
El trumpismo es una forma de entender la vida pública basada en la hostilidad discursiva, y a veces también física, hacia las minorías sexuales y raciales; en la descalificación de quien piensa distinto y en una peligrosa inclinación supremacista. Es también una amenaza para las prácticas democráticas, como quedó demostrado con el asalto al Capitolio de enero de 2021.
Para medir la naturaleza del mensaje que los estadounidenses dieron en las urnas, basta mirar quiénes fueron elegidos. Gina Hinojosa será la primera gobernadora latina de Texas. Xavier Becerra, el primer gobernador de origen latino de California en más de 150 años. Deb Haaland, la primera mujer indígena al frente de un gobierno estadual, en Nuevo México. Keisha Lance Bottoms, la primera gobernadora negra de Georgia. Peggy Flanagan será la primera senadora indígena de la historia del país. A ellos se suman legisladores musulmanes y representantes abiertamente gays que ocuparán bancas en el Senado.
Esa visión del mundo tiene extensiones en muchos países. En la Argentina, los colectivos agredidos desde el discurso oficial y desde las medidas concretas de gobierno incluyen, además de las minorías sexuales, a las personas con discapacidad, a los jubilados y a quienes sostienen la salud y la educación públicas.
Hasta hace poco, el diagnóstico dominante era el del avance vertiginoso de la extrema derecha en el mundo. Hoy empieza a insinuarse otro cuadro, el de una reacción que le marca un límite. En abril, Viktor Orbán perdió en Hungría. A fines de octubre, Flávio Bolsonaro fue derrotado en Brasil. También en octubre, Benjamín Netanyahu hizo una elección discreta que no le permite formar gobierno. A eso se suma ahora la derrota del trumpismo en su propio territorio. No es una ola uniforme ni irreversible, pero es una tendencia que ya no puede ignorarse.
También deben leerse como síntomas las revueltas que se observan en varios países europeos. Son expresiones de rebeldía frente a modelos que favorecen la concentración de la riqueza en pocas manos a costa de la pauperización de la mayoría.
La derrota del modelo de Trump es, además, un mensaje contra la plutocracia tecnológica que se benefició con sus medidas y una demanda de regulación del desarrollo tecnológico. Esto vale en particular para la inteligencia artificial, que, sin reglas claras, potencia la concentración de la riqueza y del poder en un puñado de corporaciones.
La elección estadounidense representa un golpe letal al empeño de la extrema derecha global de librar una batalla cultural, una disputa que ya debería dar por perdida en la medida en que desprecia valores como la solidaridad, la empatía, la tolerancia hacia las minorías, la convivencia pacífica, la equidad y la justicia social. Esos valores no son consignas de ningún sector. Son la base sobre el que se construyen las sociedades que quieren seguir siendo democráticas.
