No recuerdo exactamente el día en que decidí ser abogado. Quizás porque, en realidad, uno no elige esta profesión en un solo día. Creo que la fui eligiendo de a poco. La elegí cada vez que me pregunté por qué una persona debía tener derechos y quién estaría dispuesto a defenderlos cuando esos derechos fueran vulnerados. La elegí cada vez que sentí que detrás de una norma había una historia humana. La elegí porque siempre me inquietó la injusticia. Porque nunca pude mirar hacia otro lado cuando alguien era tratado como si su voz no importara. Y porque descubrí que el Derecho podía ser mucho más que un conjunto de códigos, leyes y artículos; podía ser una herramienta para cambiar la vida de las personas. Así empezó, de alguna manera, mi historia con la abogacía. Después llegaron los libros, las noches de estudio, los exámenes, los primeros escritos, los primeros expedientes, las primeras audiencias, los nervios y también las equivocaciones.
Llegó ese momento en que uno deja de ser estudiante y comienza a comprender que detrás de cada expediente hay alguien que está esperando. Esperando una respuesta. Esperando justicia. Esperando que alguien lo escuche. Y ahí entendí que ser abogado era una enorme responsabilidad. Porque quien llega a un estudio jurídico no llega solamente con un problema legal. Llega con su vida. Con sus miedos.
Con sus pérdidas. Con sus sueños. Con aquello que muchas veces no se anima a contarle a nadie. Y decide confiar. Confía en que ese hombre o esa mujer que está sentado frente a él sabrá qué hacer. Confía en que lo va a defender. Confía en que no va a abandonar su causa. Con el tiempo, mi camino profesional me llevó hacia la carrera judicial. Y eso cambió muchas cosas.
Pero nunca cambió una. Nunca dejé de sentirme abogado. Porque ser juez no significa dejar atrás al abogado que uno fue. Al contrario. Creo que ejercer una función judicial exige recordar permanentemente de dónde venimos. Recordar que alguna vez estuvimos del otro lado del escritorio. Que alguna vez tuvimos que preparar una defensa. Que alguna vez esperamos una resolución. Que alguna vez discutimos una interpretación de la ley. Que alguna vez sentimos la incertidumbre de no saber qué iba a suceder con una persona que había confiado en nuestro trabajo. Por eso creo que la abogacía no termina cuando uno ingresa al Poder Judicial.
La profesión puede tomar distintos caminos, pero la pasión por el Derecho debería acompañarnos a donde vayamos. Al estudio jurídico. A una fiscalía. A una defensoría. A un juzgado. A una cámara. A una universidad. A una oficina pública. A cualquier lugar donde el Derecho tenga que encontrarse con la vida real. Porque el Derecho no vive solamente en los libros. Vive cuando una persona reclama un derecho.
Vive cuando alguien necesita ser defendido. Vive cuando una víctima necesita ser escuchada. Vive cuando el poder encuentra límites. Vive cuando una decisión judicial devuelve dignidad. Y vive, fundamentalmente, cuando un abogado o una abogada decide no ser indiferente. Por eso, en este Día de la Abogacía, pienso especialmente en quienes recién comienzan. En quienes todavía sienten ese cosquilleo antes de entrar a una audiencia. En quienes preparan sus primeros escritos hasta altas horas de la noche. En quienes todavía miran un expediente y sienten que tienen que aprenderlo todo.
En quienes dudan. En quienes tienen miedo de equivocarse. En quienes están buscando su lugar dentro de una profesión que puede ser tan exigente como maravillosa. A ellos y a ellas quisiera decirles algo que aprendí con los años; No pierdan la pasión. No permitan que la rutina les quite la sensibilidad. No permitan que un expediente se convierta solamente en un número. No permitan que el lenguaje jurídico los aleje de las personas. No olviden nunca que detrás de cada causa hay una historia. Y, sobre todo, no olviden por qué eligieron ser abogados y abogadas. Porque quizás algún día alguien se siente frente a ustedes con una carpeta entre las manos y les diga;
“Doctor, necesito que me ayude.” Y en ese instante comprenderán que todo lo estudiado, todas las horas de sacrificio, todos los libros, todos los códigos y todos los esfuerzos tenían un sentido. Ese sentido es la persona. Por eso también quiero reivindicar profundamente a quienes ejercen la profesión liberal. A quienes recorren tribunales. A quienes esperan horas para una audiencia. A quienes escriben recursos. A quienes estudian jurisprudencia. A quienes defienden a una persona aun cuando saben que esa defensa no siempre será comprendida por los demás. A quienes tienen el coraje de discutir frente al poder.
A quienes sostienen con convicción que la defensa de los derechos no es una molestia para la Justicia, sino una de sus condiciones esenciales. Y quiero reivindicar también a quienes elegimos la carrera judicial. Porque podemos estar en lugares diferentes, tener funciones diferentes y responsabilidades diferentes, pero hay algo que debería unirnos; el amor por el Derecho y el compromiso con la Justicia. Mañana, 29 de agosto, no quiero celebrar solamente un título. Quiero celebrar una elección. La elección de dedicar una parte de nuestra vida a una profesión que nos obliga a estudiar permanentemente, a pensar, a cuestionar, a argumentar, a escuchar y, sobre todo, a no ser indiferentes frente al dolor o la injusticia. Yo elegí ser abogado. Y si tuviera que volver atrás, con todo lo que sé hoy, con las dificultades, las noches largas, los errores, las frustraciones y también las enormes satisfacciones que esta profesión me regaló, volvería a elegir exactamente lo mismo. Porque todavía creo en el Derecho. Todavía creo en la Justicia. Todavía creo en la palabra.