El Festival de Woodstock: música, juventud y resistencia
Por Lic. Ezequiel Sosa
Lo lejano suele parecernos extraño, sobre todo cuando está distante en el tiempo y el espacio. Creemos que pertenece a otros, a otra tierra, a otra vida. Desde Catamarca, Woodstock podría parecer una escena perdida bajo una lluvia añeja: guitarras eléctricas, cuerpos cubiertos de barro y cabellos largos; la captura comercial de una utopía. Dos palabras transformadas en mercancía para la estantería del mercado: paz y amor.
Woodstock debió concluir cuando callaron las guitarras. La fecha quedó en los calendarios, la granja volvió a su soledad y los años hicieron lo suyo. Algunos siguieron tocando; otros murieron jóvenes, demasiado cerca todavía de aquella lluvia, como si una parte del festival hubiera quedado para siempre detenida en 1969, suspendida en un tiempo inconcluso.
Pero el asunto no concluye allí. Las montañas no siempre actúan como un muro de aislamiento; a veces funcionan como una caja de resonancia que conserva los ecos lejanos y los devuelve cuando el presente vuelve a necesitarlos. Todo retorna como una sospecha: quizá aquellos jóvenes embarrados no habían perdido el rumbo. Tal vez lo habían perdido los hombres bien vestidos que hablaban de civilización mientras enviaban a jóvenes a la guerra.
Entre el 15 y el 18 de agosto de 1969, una multitud de jóvenes llegó a una granja de Bethel, Nueva York. El festival había sido pensado como espectáculo comercial, pero la multitud desbordó toda previsión. Faltaron alimentos y servicios médicos; la lluvia convirtió el terreno en barro y bloqueó los accesos. Todo parecía confirmar el diagnóstico sobre aquella generación: irresponsabilidad, desorden, incapacidad para respetar las normas.Pero la catástrofe anunciada no ocurrió.
Compartieron el pan, el agua y la espera. Si alguien enfermaba, una mano desconocida buscaba la suya; si alguien se perdía, otra voz lo llamaba entre la multitud. Los vecinos llevaron alimentos y los voluntarios cocinaron para miles. Cuando la música finalizó, muchos se quedaron recogiendo los restos de aquellos días. No construyeron un mundo perfecto. Apenas mostraron, por unos días, que era posible vivir sin miedo al otro.
Sobre el escenario estuvieron RichieHavens, Joan Baez, Santana, Creedence Clearwater Revival, JanisJoplin, TheWho, JoeCocker, Crosby, Stills, Nash & Young y Jimi Hendrix. Cada voz traía su propia herida; cada guitarra, una pregunta. La música no acompañaba a la época: la atravesaba. Joan Baez cantó embarazada mientras su esposo estaba encarcelado por negarse a ingresar al ejército. Jimi Hendrix cerró el festival interpretando el himno estadounidense hasta hacerlo temblar. Entre sus notas parecían escucharse sirenas, explosiones y aviones en picada. No destruyó el himno: lo obligó a confesar. Debajo de la solemnidad patriótica apareció el ruido de Vietnam.
Aquella juventud nació bajo los escombros de la Segunda Guerra Mundial y la sombra de la aniquilación nuclear. Escuchaba discursos de progreso, pero veía que las mismas manos capaces de enviar un hombre a la Luna enviaban a miles a pudrirse en la selva, mientras el racismo decidía quién podía estudiar, votar o vivir. En 1968 la violencia cobró las vidas de King y Kennedy; los tanques aplastaron Praga y las balas silenciaron Tlatelolco. En París las calles se llenaron de adoquines, en EE. UU. desobedecieron la conscripción y, en la Argentina, el Cordobazo unió al obrero con el estudiante. No era una juventud al margen del mundo: era un enjambre de voces dispuesto a exigirle cuentas a la historia y mirarla a los ojos sin parpadear.
Leía, discutía, marchaba, interrumpía el silencio y cuestionaba el principio de autoridad. Algunos militaban en estructuras rígidas; otros exploraban los límites de la comunidad, el arte, la corporalidad y el vínculo con la naturaleza. No constituían un frente homogéneo, pero compartían una certeza unánime: el mundo adulto no podía exigir obediencia ciega mientras administraba la guerra y el miedo como herramientas de gobierno.
Por eso la contracultura no fue una simple evasión. Fue una impugnación a la arquitectura del sistema. No se redujo a la vestimenta, las melenas o el colorido superficial; puso en duda la sociedad de consumo, la fría eficacia de la tecnocracia, el adiestramiento de los cuerpos y la premisa de que madurar consiste en acatar sin protestar. El poder la calificó de inmadura únicamente porque no podía acusarla de indiferente.
Aquella juventud no solicitó garantías ni permiso. Asumió el presente como el único territorio posible de su responsabilidad. Frente a la exigencia de competir, opuso el acto de compartir; frente a la uniformidad, exhibió la discrepancia; frente al engranaje de la guerra, pronunció la paz; frente a la disciplina de los cuerpos, reivindicó el deseo.
El acercamiento a sustancias psicodélicas formó parte, para un sector, del deseo de explorar la conciencia. Tampoco hay que idealizar la experiencia para explicar la época. La insistencia en el exceso sirvió para desviar la atención de lo perturbador: la denuncia contra el militarismo, el racismo y la norma. Resultaba más cómodo discutir los efectos del LSD que asumir la matanza en Vietnam.
Tal vez la música comience allí donde las explicaciones del mundo se vuelven insuficientes. Una canción no detiene la marcha de los ejércitos ni derriba gobiernos, pero posee la facultad de ingresar en miles de corazones a la vez, despertar una indignación anestesiada por la costumbre y transformar una injusticia distante en una fisura propia. El poder puede contar soldados, muertos y victorias; la música devuelve a esas cifras un rostro, una voz, una historia. Y antes de que una generación transforme la realidad, necesita imaginar que esa realidad no es eterna y que, detrás de sus muros, existe otra forma de estar en el mundo.
Desde la distancia geográfica de Catamarca, Woodstock se piensa al margen de la nostalgia y de la mera copia. Tampoco se trata de importar modas o rituales ajenos, sino de constatar que la juventud nunca es un espacio neutro entre la infancia y la ingenieríaadulta. Es una fuerza que interpreta su tiempo, aunque lo haga con lenguajes que las instituciones no alcanzan a descifrar.
No es nuevo que una generación adulta mire a la siguiente y le reproche apatía o falta de compromiso. A veces esa acusación funciona como una coartada: responsabiliza a los jóvenes por un mundo que no construyeron y les exige repararlo sin incomodar a nadie. Pero la juventud comprometida nunca fue cómodapara el protocolo. Tampoco lo fue la de 1969.
A cincuenta y siete años de aquel festival, su legado más incómodo consiste en recordarnos que el mundo adulto no posee el monopolio de la razón ni de la responsabilidad. A veces son precisamente los más jóvenes quienes detectan la grieta en el edificio antes de que la estructura colapse.Y a veces, mientras los mayores los acusan de provocar estruendo, ellos simplemente están afinando la melodía del mundo que viene.