martes 17 de marzo de 2026
Opinión

Cuando un juego se vuelve peligroso

Por Rodrigo Morabito (*)

Las imágenes que circularon sobre alumnos encendiendo bengalas dentro de un aula en una escuela de Catamarca no pueden leerse como una simple travesura. No es una anécdota. Es una conducta que, por segundos, estuvo al borde de convertirse en tragedia.

Encender bengalas en un espacio cerrado implica fuego, humo, chispas, explosión, pánico. En un aula llena de estudiantes, el riesgo es extremo: quemaduras graves, incendios, lesiones irreversibles.

Seamos claros y directos: si una de esas bengalas impactaba en el cuerpo de un estudiante y lo quemaba, si alcanzaba un ojo y provocaba la pérdida de la visión, o si generaba un incendio con consecuencias fatales, estaríamos hablando de un delito. Y en ese caso, el sistema penal juvenil no sería una opción: intervendría para investigar responsabilidades y consecuencias.

Porque hay un punto en el que el “juego” se transforma en daño. Y cuando hay daño, aparece el derecho penal.

Ahora bien, mientras ese resultado no se produzca, la respuesta no debe ser automática ni punitiva. El ámbito natural para abordar estos hechos es la escuela. Pero no desde la lógica fácil de la expulsión o el castigo vacío.

Sancionar sin enseñar no transforma.

Expulsar sin responsabilizar, tampoco.

La verdadera respuesta es educativa y restaurativa.

Que quienes participaron comprendan el riesgo real que generaron.

Que se hagan responsables frente a sus compañeros.

Que reparen el daño simbólico causado.

Que den charlas, que cuenten lo que pasó, que adviertan a otros.

Que transformen un error grave en una enseñanza colectiva.

Porque educar también es esto: convertir una conducta peligrosa en una oportunidad de conciencia.

Pero para que eso ocurra, como sociedad debemos dejar de minimizar estas situaciones. No son bromas. No son desafíos inocentes. No son contenidos para redes.

Son conductas que, por un instante, pueden cambiar una vida para siempre.

Por eso, este hecho no debería servir solo para señalar a quienes lo hicieron, sino para interpelarnos a todos: adultos, docentes, familias e instituciones.

Educar es poner límites.

Educar es enseñar responsabilidad.

Y educar también es decir, con claridad, que hay cosas con las que no se juega.

Porque una bengala en una cancha puede ser festejo.

Pero una bengala en un aula puede ser una tragedia.

Y cuando el riesgo es real, la responsabilidad también lo es.

(*) Juez de Cámara de Responsabilidad Penal Juvenil de Catamarca. Profesor adjunto de Derecho Penal II de la Universidad Nacional de Catamarca. Miembro de la Mesa Nacional de Asociación Pensamiento Penal. Miembro del Foro Penal Adolescente de la Junta Federal de Cortes (Jufejus). Miembro de Ajunaf. Miembro de la Red de Jueces de Unicef.

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