Si bien la política económica implementada entre 2015 y 2019 provocó un aumento fenomenal de la pobreza, la indigencia y la desocupación, hay situaciones de marginalidad que son históricas; es decir, que no son consecuencia de un conjunto de medidas adoptadas en un período determinado, sino de un proceso de exclusión que tiene sus raíces en el origen mismo de la Nación. Y aún antes, como sucede en el caso de los pueblos originarios que habitan el suelo argentino.
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Lento exterminio
En los últimos meses, ocho niños de la comunidad wichi fallecieron en la provincia de Salta por desnutrición o problemas originados por la carencia de agua potable. La información periodística no logra, quizás porque las víctimas pertenecen a etnias alejadas de la vida cotidiana de la inmensa mayoría de los argentinos, dimensionar la gravedad de la tragedia y el dolor que implica la pérdida de vidas humanas no vinculadas a catástrofes evitables, sino a criterios estructurales de organización económica y social que desdeña la vida en función, entre otras cosas, de la búsqueda implacable de rentabilidad económica tan propia del capitalismo cuando no hay regulaciones públicas eficaces.
La marginalidad en la que viven las comunidades originarias, sobre todo del norte del país, obedece, además de a factores de profunda índole cultural y a la desatención del Estado, al desmonte indiscriminado, y muchas veces ilegal, originado por el corrimiento de la frontera agropecuaria.
Estas comunidades, que durante siglos han subsistido merced a un sistema económico que ahora se ve avasallado por la irrupción en el territorio de grandes emprendimientos agropecuarios, se ven empujadas a desplazarse monte adentro, donde muchas veces no tienen ni siquiera agua potable.
Nadie puede permanecer indiferente a la tragedia wichi. Las voces alertando sobre el lento exterminio de los pueblos originarios empiezan a multiplicarse. Los obispos de la Iglesia Católica emitieron, a través de sus representantes de la Pastoral Aborigen, un documento en el que piden que los argentinos “asuman una actitud misericordiosa que nos libere de la indiferencia y nos haga solidarios con el sufrimiento de los más olvidados”. “No es posible morirse de hambre en la tierra bendita del pan”, reflexionan.
Muy apropiado para la situación que están viviendo los pueblos originarios del chaco salteño es el documento del Papa Francisco sobre la Amazonia, que no se limita a solidarizarse con las víctimas, sino a denunciar las causas directas de semejante afrenta a la humanidad: en el texto mencionado, Francisco señala con contundencia que “la disparidad de poder es enorme, los débiles no tienen recursos para defenderse, mientras el ganador sigue llevándose todo”.
La solidaridad social, aunque necesaria, es insuficiente. Resultan imprescindibles medidas concretas que frenen el proceso de devastación y reparen las injusticias históricas cometidas. La Iglesia, a través del escrito del Papa, apunta sin eufemismos a las autoridades políticas: “Los poderes locales, con la excusa del desarrollo, participaron de alianzas con el objetivo de arrasar la selva de manera impune y sin límites”.