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MIRADOR POLÍTICO

La rabia en el despeñadero

28 de abril de 2019 - 04:08 Por Redacción El Ancasti

Dilema electoral: la estrategia seleccionada por Cambiemos para lograr la reelección de Mauricio Macri acelera el derrumbe económico; el derrumbe económico erosiona las posibilidades de que Macri sea reelecto. 
Dice Macri que las disparadas del dólar, la reticencia a invertir, la porfía en la timba financiera, el riesgo país récord, por encima de los mil puntos, obedece al miedo del público y los mercados al eventual retorno a la Casa Rosada de Cristina Fernández de Kirchner. Postula por lo tanto que su impericia no tiene nada que ver con la envergadura del desplome. 

Llama la atención que, teniendo tan claro el motivo de su fracaso, se empecine en mantenerlo vigente. 
La pobreza continúa tan rozagante como desde 2001, ni un ápice se ha avanzado hacia la taquillera pobreza cero. La inflación que con tanta facilidad sería batida trepa a la estratosfera. La esperanza y el “sí se puede” de 2015 tintinean tres años y pico después como burla. 

De las columnas conceptuales que llevaron a Macri a la Presidencia queda a gatas un par de fierros oxidados. 
Clausurada la alternativa de exhibir algún logro de gestión de mediana importancia, solo resta la corrupción K y la amenaza del camino a Venezuela, de eficacia relativa: los indicios que el camino a Venezuela ha comenzado a transitarse empiezan a ser abrumadores.
Macri se aferra a la grieta como último recurso para retener el poder. 
Cristina calla y otorga. 
Metele nomás Mauricio: mientras más me bandereás como amenaza, más se te complica la economía, más te caes en la consideración pública, más crezco yo, que ayer te empataba y hoy te gano en el balotaje; capaz que vuelvo nomás.
Nueva entrega de la tragedia nacional. 
La sociedad de la grieta intoxica al país.

Juego y acechanzas

Hábil, Cristina Fernández no destapa el naipe y alimenta la incertidumbre. 
En términos generales, uno de los factores de la fortaleza política es la multiplicidad de alternativas de juego. 
Cristina tiene dos básicas: puede ser candidata a la Presidencia o no. De ahí se desprenden premios menores, como si jugara a los diez en la quiniela: legisladora nacional, gobernadora de Buenos Aires, prócer incluso, tipo Alfonsín, al que sus adversarios recién le otorgaron tal talla cuando no podía competir en las urnas.
Macri tiene una sola salida: la reelección; una sola adversaria: Cristina.
La ventaja de la ex presidenta es evidente en este punto, pero hay más.
Otro elemento a tener en cuenta es la calidad de las amenazas.

Una propuesta competitiva superadora de la grieta no sería necesariamente letal para Cristina. 
Su destino pos-grieta podría ser más sereno que el de ahora, y en poco tiempo más dejará de ser peligrosa: tiene 66 años. Entre los peronistas ajenos al kirchnerismo, comienzan a sumar los de inquina moderada. 
Para Macri, la irrupción de una facción que trascienda la grieta, incorpore a Cristina o no, sería definitiva. Sobre todo, por la segura deserción en tal caso de la UCR que le da a su sello municipal, el PRO, proyección nacional.
Cristina candidata a la Presidencia es indispensable no ya para que Macri gane, sino para que las expectativas en torno a Macri se sostengan.
La superación de la grieta se encarna hoy por hoy en el ex ministro de Economía y ex candidato a  la presidencia del radicalismo Roberto Lavagna. 

Pero es temprano aún: el 12 de mayo, el gobernador Juan Schiaretti, figura medular del peronismo no kirchnerista, ganaría su reelección en Córdoba y quedaría liberado para maniobrar en el escenario nacional.
Se trata del heredero del proyecto del extinto José Manuel de la Sota. Que era, justamente, reponer a un peronista, de ser posible él mismo, en el Sillón de Rivadavia y dejar la grieta atrás.
Tal vez sea útil ejercitar la memoria. 

De la Sota acompañó a Antonio Cafiero en la fórmula presidencial de la renovación peronista que cayó ante Carlos Menem-Eduardo Duhalde en la interna de 1989. 
La propuesta de la renovación pasaba por civilizar al peronismo, despojarlo de sus elementos extremos, violentos, que habían tenido expresión condensada en una imagen emblemática de 1983: el caudillo de Avellaneda Herminio Iglesias quemando un féretro de la UCR en el cierre de campaña de Ítalo Argentino Lúder.
Ganó Menem, pero Menem lo hizo. Construyó un peronismo neoliberal que se mantuvo en el poder una década.

Lucidez

Desde esta perspectiva, se advertirá el tamaño del error de considerar loca a Elisa Carrió. 
Su nitroglicerínica estabilidad emocional es un dato secundario. Se adelanta a Macri y toda la parafernalia de publicistas y transeúntes de las redes sociales del macrismo. Identifica al enemigo de Cambiemos mejor que nadie y ataca apostando todo su capital político, que es la coherencia en denunciar la corrupción.
Cristina es socia en la grieta, no enemiga. Los enemigos son los que pueden superarla.

Bajo tal razonamiento debe interpretarse su dislate cordobés “gracias a Dios que se murió de la Sota”. 
Lo esencial está en los matices. A continuación de semejante desmesura, la jefa de la Coalición Cívica introdujo el bocadillo medular: “Lo que Córdoba tiene que plantearse es quién maneja la droga a partir de ahora”. Pocas horas antes, en Rosario, había vinculado al candidato a gobernador de Antonio Bonfatti con la banda narco Los Monos.
La grieta, viene a decir Carrió, no es solo Cristina. También es el narco. 
El peligro no solo es Cristina. Quienes podrían reemplazarla en el otro polo de la maniquea versión que Cambiemos y el ultrakirchnerismo trazan de la sociedad argentina son socios del narcotráfico. Llegado el momento, le tocará a Lavagna o a quien sea la imputación. Ahora es Córdoba y la necesidad de comenzar a denigrar posibles competidores desde el huevo.

Carrió pretende suplantar la devaluada grieta kirchnerismo/antikirchnerismo con la del narcotráfico/antinarcotráfico. Ya no hay que superar la vieja grieta, porque hay una nueva. Durán Barba y Marcos Peña son un yuyo comparados con esta mujer. 
Pero mientras la Casa Rosada y su expresión más exacerbada se entretienen en el ejercicio del odio, el país oscila en la cornisa del despeñadero.
La oposición rabiosa insiste en la imagen del helicóptero de Fernando de la Rúa. Subestima el talento nacional para la reinventiva. 
Las versiones del fracaso son infinitas.
 

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