EDITORIAL

De vida o muerte

miércoles, 24 de abril de 2019 · 04:45

Imposible resulta medir la dimensión humana de la crisis económica como la que atraviesa hoy la Argentina a partir del análisis superficial de las estadísticas. El incremento de los índices de pobreza, la inflación anual, la tasa de desocupación dicen poco si no encarnan en las historias de los que sufren esas carencias o soportan esas injusticias.

De modo que es necesario empatizar con los  padecimientos cotidianos de las mujeres y hombres a los que no les alcanza el dinero para cubrir sus necesidades mínimas, si el propósito es intentar dimensionar en su verdadera magnitud el drama que viven. 

La situación es más grave en los adultos mayores. No tienen, como en el caso de los jóvenes o las personas adultas, un horizonte de vida que les permita soñar con transformaciones a mediano o largo plazo, ni las fuerzas para llevarlas a cabo. Necesitan respuestas ahora en situaciones relacionadas con cuestiones de supervivencia, como el acceso a los medicamentos. Y muchas veces no las obtienen. 

En los últimos cuatro años el precio de los fármacos se incrementó un 266 por ciento en el promedio general, pero en aquellos considerados esenciales, el aumento fue de alrededor del 600 por ciento. En el mismo período, el aumento de la jubilación mínima, según un informe elaborado por el Centro de Economía Política Argentina (CEPA), fue del 172 por ciento. 

La diferencia entre la evolución de la inflación y la de los ingresos ha provocado, según los especialistas, que muchas personas enfermas de avanzada edad se vean obligadas a abandonar o discontinuar tratamiento de diversas enfermedades. Según datos del Colegio Oficial de Farmacéuticos y Bioquímicos, a causa del alza de los precios la venta de remedios bajó un 12% en la comparación interanual. En el caso de los tratamientos crónicos se contabilizó una baja del 8 por ciento promedio. 

Las cifras revelan que son muchos los adultos mayores que dejan de consumir remedios, incluso aquellos que les permitirían seguir viviendo, porque optan por gastos de mayor urgencia, como la compra de comida o el pago de los servicios públicos. 

En su informe, el CEPA señala tres ejemplos muy gráficos para entender la situación: un anticoagulante necesario para evitar Accidentes Cerebro Vasculares (ACV) en personas que padecen arritmias cardíacas incrementó su valor en un 600%, un medicamento para patologías respiratorias aumentó su precio en un 326,56%, y un fármaco antiinflamatorio no esteroideo que se utiliza para el dolor crónico de patologías osteoarticulares como artrosis y artritis reumatoidea tuvo un incremento del 330,92%”.

El Estado no puede dejar librado a las reglas del juego, casi siempre perversas, que fija el mercado, los bienes y servicios esenciales para la sociedad. Los fundamentalismos del libremercado hacen estragos en la vida cotidiana de la gente, sobre todo cuando se trata de productos, como los medicamentos, cuyo consumo es, literalmente, una cuestión de vida o muerte.


 

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