jueves 24 de septiembre de 2026
COLECCIÓN SADE

De Italia al Valle

Arnaldo Raúl Molina

Con la llegada a Catamarca de prestigiosos alarifes italianos, en la segunda mitad del siglo pasado, nuestra ciudad sufrió una marcada transformación edilicia, que aún en nuestros días podemos percibirla, no obstante que la picota demoledora sigue haciendo estragos en esos testimonios tradicionales.

Gerardo Pérez Fuentes

El verano había comenzado antes de que el almanaque lo habilitara. El fresco de la mañana no alcanzaba a desalojar el calor denso que se mantenía puertas adentro. Por las calles, mujeres ataviadas con hábito blanco y mantillas celestes, apresuraban el paso urgidas por las campanadas de la iglesia matriz que llamaban por tercera vez. Había ambiente de fiesta en el aire. Los alrededores de la plaza se habían adornado con gallardetes de colores en pasacalle y desde la fonda de don Dalmiro asomaba cierto olorcillo a empanadas fritas. Molestos por el sol mañanero que comenzaba a picar, un número inusual de caballos ensillados permanecían atados a los palenques, quizá alguno fue dejado en esa situación desde la noche anterior cuando su jinete se apeó para tomar un trago que se va prolongando. Además, había algunos carros y hasta coches que denotaban la presencia de algún miembro de familia principal.

Allá van, buscando la sombra para no acalorarse con la caminata, Carmen Aroca y Telésfora Ahumada. ¿De qué conversarán? ¿Qué planes harán que tienen que cubrir sus bocas con los rebozos para que no se noten las risas y con la mirada en el piso de la vereda empedrada para no pisar en lo desparejo mientras caminan aprisa?

Entraron a la Iglesia Matriz cuchicheando del brazo después de sortear andamios, escaleras y materiales de construcción acumulados y de echarle una mirada de soslayo al joven arquitecto italiano que daba indicaciones con planos en mano. ¡Lástima que se haya ennoviado con la italiana Bustamante!

La vieja iglesia poco a poco iba quedando adentro de la nueva construcción y, a pesar de la “función de la Virgen”, los obreros seguían trabajando.

La misa terminó. El celebrante, monseñor José Facundo Segura, bendijo a los fieles y se proponía a comunicarles sobre las actividades litúrgicas de la semana cuando ocurrió la catástrofe. Como si el cielo se desprendiera de golpe sobre la tierra, una parte del techo del ala izquierda del viejo templo se desplomó cayendo sobre los desprevenidos fieles. Al asombro y momentáneo silencio inicial, siguieron los alaridos, los llantos de los chicos, el ruido de nuevos desprendimientos, el caos. El polvo fino y espeso llegó a todos los rincones y la turbamulta atropelló, víctima del pánico, tratando de llegar a las puertas. Después, cuando un poco de calma permitió iniciar el salvataje, fueron levantándose los escombros que tapaban diez cadáveres y muchos heridos que eran retirados cubiertos de sangre y polvo. Los ayes de dolor y de pena desgarraban el aire. Entre las víctimas estaban Telésfora y Carmen.

Era lo que él había elegido desde niño: ser arquitecto. Fue su decisión aun cuando no había iniciado el estudio de las primeras letras. Cuando su padre lo llevó a conocer la Catedral de Milán, el bello y enorme templo gótico de mármol blanco, se sintió fascinado y desde entonces su obsesión fue dominar el arte del diseño y la construcción para edificar su propia sinfonía de cal, arena, ladrillo y canto. En Milán todo lo importante ya estaba construido y su sensibilidad coincidía más con el neorrenacimiento italiano que con el estilo gótico. Había que difundir el equilibrio neoclásico por los países de América: el mundo de la esperanza. Allí se necesitaban alarifes y constructores.

En La Alameda, el arquitecto lombardo, que se había hecho cargo de la reformulación del proyecto y de la construcción en el año 1857, entregó la obra terminada y la inauguró el gobernador, coronel Octaviano Navarro, el 3 de febrero de 1859.

Ya por ese entonces construía la Casa de Gobierno, magnífico palacio de líneas simples, armónicas y elegantes. Según el científico alemán Germán Burmeister “por sus perfectas proporciones habría sido un adorno para cualquier ciudad europea”.

Aun hoy, a más de un siglo de su construcción, su bella simplicidad; su equilibrio y proporciones; sus líneas neoclásicas italianizantes, forman un espléndido conjunto con la bella Catedral, engalanando y dándole fisonomía propia y particular a esta ciudad que muchas veces no sabemos cuidar ni valorar.

Estas dos obras y el aumento de la población trajeron consigo un gran mejoramiento edilicio. Catamarca recibió el aporte de otros alarifes que contribuyeron a cambiarle la “cara” convirtiéndose poco a poco, de una aldea colonial de casas chatas con muy pocos edificios de valor, en una pequeña y próspera ciudad con marcado tono itálico.

Aunque las obras no estaban completas, el templo se inauguró el 4 de diciembre de 1869. La hoy Catedral Basílica de Nuestra Señora del Valle es un edificio monumental ubicado en el centro de la ciudad, que imana las miradas desde cualquier ángulo que sea perceptible; aparte de los indudables valores arquitectónicos, su imponente presencia le da cierta personalidad a la ciudad del valle y pareciera que, como el Ambato o el Ancasti, siempre hubiera estado allí. Es sin duda alguna la obra cumbre del arquitecto Caravati, quien supo proyectar y levantar esa bella conjunción de elementos de órdenes griegos, formas romanas y toscanas, construidas con los materiales que le eran dables conseguir. Su imponente atrio, levantado sobre escalinatas, avanza sobre la plaza y se sostiene sobre un armónico conjunto de tres columnas cilíndricas por lado, con otras dos en el centro adosadas a sendas rectangulares, que configuran un arco romano en frente al ingreso principal. A ambos lados, se levantan dos imponentes torres campanarios gemelos en tres tramos, terminadas en celestes cúpulas de azulejos de pas de calais que se confunden con el cielo, rematadas en linternas y en artísticas cruces de hierro forjado colocadas a 40 metros de altura. En medio de las torres asciende un frontis triangular presidido por la broncínea estatua de la Inmaculada Concepción. Por sobre el crucero, exornada en pilastras con capiteles dóricos, se eleva la bóveda semiesférica gigante que forma la cúpula central, recubierta de azulejos de pas de calais y rematada en la linterna central, que sostiene una enorme cruz de hierro forjado con el rostro de Jesús en forma de custodia.

En esta ciudad, donde el nombre de las calles centrales, salvo algunas excepciones, rememoran hazañas épicas, invasores y conquistadores, no hubo arterias para recordar a quien dejara su espíritu objetivado en obras arquitectónicas que son el orgullo de sus habitantes y que le dan identidad, belleza y gracia.

El arquitecto Luis Caravati no necesita del bronce para estar presente entre nosotros.

(Versión abreviada de “De Italia al Valle”, de Arnaldo Raúl Molina, en Once veces Catamarca, pasión y leyenda (Serie Creación Nº 2, UNCA, 2002). Basada en la 3ª edición (El Trébol, 2017).

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