Señor Director:
Señor Director:
Alberto Castillo. En este mes de junio un nuevo aniversario de su desaparición física se cumplirá. Hoy vamos a evocar el legendario estilo del cantor de los cien barrios porteños. “Yo soy parte de mi pueblo y le debo lo que soy, hablo con su mismo verbo; canto con su misma voz...". La frase está indisolublemente ligada a la figura de Alberto Castillo, una de las grandes estrellas de tango, cuya popularidad atravesó medio siglo para ser revalidada en los años 90, cuando el cantor se convirtió en invitado del grupo "Los auténticos decadentes”. La historia lo estaba esperando. A aquella Buenos Aires le estaba faltando una voz, un gesto, un ademán, una modalidad interpretativa que expresara a los desclasados.
La enorme popularidad alcanzada por el tango en los años de la década del cuarenta obligó a las orquestas y a los cantores a una permanente búsqueda de autores y compositores que le brindaran la oportunidad de estrenar temas distintos. Cada uno encontró lo suyo. También Alberto Castillo, cuando dejó la orquesta de Ricardo Tanturi, para tentar suerte con la que le formó ese gran violinista que se llamó Emilio Balcarce; Castillo, que arrastraba multitudes en cada lugar que se presentaba, tuvo en el poeta José Marvil a uno de sus mejores colaboradores. Así podemos recordar sus tangos, “Se lustra, señor”, “Así se baila el tango”, “Y sonó el despertador”. Una página que describe el berretín de todos los jóvenes de esa época: convertirse en "ídolo de la radio. Marvil lo reflejó a la perfección y Castillo hizo de ese tema un verdadero suceso. Castillo jamás estudió canto y él dice por qué: ¡Qué iba a estudiar canto! Con lo que debía hacerlo en la facultad ya era suficiente -decía-. Castillo, el cantor más arrabalero que tuvo el tango. Ginecólogo para más datos. Un título que jamás lo apartó de su pasión: el tango. "Siempre canté todas las cosas como me salían del alma. Nunca engrupí a nadie, yo mamé el tango en la calle, en las esquinas, en los cafés, y en la sala de guardia del Hospital Alvear. Es el tango que llevé a todos lados. Antes, los cantores de las orquestas se paraban ante el micrófono, cantaban el estribillo y se escondían detrás del piano. Yo fui el primero que empezó a caminar por todo el escenario y cantar con todo el cuerpo. Me salía de adentro. No había nada premeditado.
En los años cincuenta Castillo introdujo la variante de presentarse con un grupo de negros candomberos que bailaban y lo acompañaban con el sonido de los parches cada vez que entonaba un tema del folclore en su versión rioplatense, o canciones con letra y música pegadizas de neto corte popular. Con la caída del régimen peronista, su éxito se cortó de manera abrupta al igual que el proyecto político del cual era un reflejo. El retorno al poder de la gente fina acompañada por la clase media educada, habría de cerrar las puertas a los modelos eufóricos, extrovertidos, groseros, de la década anterior. En ese contexto, Castillo no podía subsistir como modelo. La simpática guerra contra “los pitucos”: cuando actuaba en los bailes de la década del cuarenta, Alberto Castillo nunca pasaba desapercibido. Con su estilo de porteño "cachador", como se solía decir en aquella época, siempre se las arreglaba para movilizar a los tangueros y dividirlos en dos bandos. Su clásico “Así se baila el tango” derivaba irremediablemente en discusiones, vistas de hoy simpáticas. Sucedía que al cantar las estrofas del tango mandaba sugestivas miradas a los que vestían como pitucos. Cuando comenzaba con “que saben los pitucos...” ya muchos sabían lo que estaba por venir. La "canción que habla del desconocimiento de “los pitucos” (algo así como los nenes bien o los que más acá se catalogó de cheto) de la esencia tanguera. En ese marco, no podría haber un peor insulto para la muchachada que se jactaba del dominio de los pasos, corte y quiebres del 2 x 4. El tango (la letra es de Elizardo Martínez Vila) arranca así: “¡Qué saben los pitucos, lamidos y shushetas, qué saben lo que es tango, qué saben de compás. ¡Aquí está la elegancia: ¡Qué pinta, qué silueta, que porte pa’ bailar! Así se baila el tango, mientras dibujo un ocho; ¡para estas filigranas yo soy como un pintor! Ahora una corrida, una vuelta, una sentada, así se baila el tango, un tango de mi flor". Alberto grabó “Así se baila el tango” el 14 de diciembre de 1942 con la orquesta de Tanturi. Luego lo volvió a grabar en otros dos discos. Castillo tenía sus defensores a ultranza en los bailes suburbanos. En cada presentación había gran número de fanáticos incondicionales que disfrutaban cada tema y deliraban cuando bromeaba con el tango en cuestión. Del mismo modo, había personas que se oponían a su estilo canyengue, que calentaba el ambiente en cada uno de los recitales. Por eso las presentaciones del cantor de los cien barrios porteños tenía ese gusto, esa sal extra que convertía a sus recitales en únicos.
El 23 de julio de 2002, el tango y el pueblo del tango lloraban por su desaparición. Los puristas no entendieron 70 años atrás la historia del tango. La voluntad popular y el genio tanguero de Castillo se encargaron de confirmar y de consolidar el tango. El cabezón es uno de los grandes capítulos de la historia popular. Era muy trabajador y hasta los últimos días se subió a un escenario. Era alegre, divertido y muy bueno. La mujer siempre decía: “Dios me dio el mejor amigo, al mejor padre, al mejor esposo”. Ella venía de una familia muy rica y una vez se le preguntó al cabezón: “¿Che, tus suegros no se alarmaron cuando supieron que vos eras tanguero?". Él contestó: “¡Pero no te olvides que también era tordo”.
Quién esto les escribe periódicamente agradece profundamente a la dirección de El Ancesti, por la gentileza de hacer conocer a las nuevas generaciones las vicisitudes de la época de oro de nuestra música ciudadana, ya que cuenta en su haber 69 años interpretando, difundiendo y defendiéndola -desde 1949-.
Equivocado o no, pienso que el tango no es otra cosa que “el chamuyo porteño con un cacho de música. La idiosincrasia, el idioma, la vida en sí del pueblo argentino. Admiro a Gardel porque él tuvo la gran convicción de poder decir cantando. El cantor de tango tiene que transmitir, darle mucha importancia a la letra porque ella es el aspecto fundamental. Los tangos son, generalmente, pedazos de verdades musicalizadas. Por ello, a la juventud le resulta difícil entenderlo plenamente. La realidad es triste, dura y, por ley cronológica, a esa edad es muy difícil tener experiencias adversas salvo raras excepciones.
En mi caso particular, apenas cumplidos los ocho años, tuve que enfrentarme con la muerte de mi madre, solo, ante la vida completamente desarmado en un mundo tan frío. Esas circunstancias amalgamaron en mí un profundo cariño por el tango. Esas tristezas nos hicieron hermanos. Deduzco que un intérprete de tangos tiene que haber conocido la vida y sus problemas. Creo tener bien cubierta esa cuota. El dolor de haber vivido entre tantos sinsabores me “ha entrenado” como para poder cantarlo con varias orquestas. No sé si bien o mal, pero sí con todo mi sentamiento.
Mario Alonso