Nadie debería ni desear ni festejar la muerte de otra persona. En algunas circunstancias, puede entenderse -aunque no justificarse- el impulso irracional de ese entusiasmo: si el que ve con agrado el deceso ha sido dañado gravemente por alguna razón por el fallecido, o si éste es un asesino psicópata, un criminal de guerra o un dictador sanguinario, por poner ejemplos extremos.
Pero visto el asunto desde una perspectiva racional y humanitaria, nadie debería ni desear ni festejar la muerte de otra persona.
Sin embargo, las redes sociales parecen potenciar la irracionalidad y la agresividad hasta límites insospechados. La violencia que atraviesa la sociedad se manifiesta casi en estado puro, de una manera brutal y sin filtro, en estos espacios virtuales, donde la descalificación gratuita y muchas veces sin fundamento, está a la orden del día.
No es solo descalificación: hay también imputaciones gratuitas, sin fundamentos y muchas veces lanzadas desde el cobarde anonimato.
Cuando se conoció la muerte del joven Miguel Ángel Cardozo, ahorcado en una celda de la Comisaría Novena de esta Capital, usuarios de redes sociales y lectores de medios de comunicación digital celebraron el deceso. Parece mentira, y es duro admitirlo, pero es así: hay gente que se complace de la muerte de un joven solo porque aparentemente cometió un ilícito, según la información que proporcionó la Policía.
"Uno menos” es una expresión que los intolerantes suelen utilizar para saludar la muerte de un delincuente o presunto delincuente.
Son los mismos que pregonan la justicia por mano propia y consienten, directa o indirectamente, la vigencia de la ley de la selva.
Las circunstancias de la muerte de Cardozo no están del todo claras. La Policía se apresuró en aclarar que se suicidó, pero los familiares denunciaron que fue asesinado, y culpan a los policías que se encontraban de guardia en la Comisaría Novena.
Los hechos de apremios ilegales son, a juzgar por las continuas denuncias, moneda corriente en las comisarías catamarqueñas, sobre todo si las víctimas son jóvenes y de los sectores populares, tal el caso de Cardozo.
El trato que los efectivos tienen con los jóvenes en la vía pública, a la vista de todos, corroboran la violencia y la arbitrariedad de los operativos callejeros.
De modo que la palabra de la Policía debe, por lo menos, ponerse en duda.
La Justicia deberá investigar a fondo este caso y determinar las causas de la muerte y eventualmente las responsabilidades de los efectivos en el deceso de Cardozo. Es decir, determinar si fue un suicidio o un crimen. Pero las circunstancias de su muerte no justifican los exabruptos de algunos, pero no pocos, usuarios de redes sociales y lectores de medios digitales que dejaron sus comentarios.
Tal vez sin proponérselo explícitamente, esos puntos de vista incalificables alientan los procederes violentos de quienes, portando un arma y un uniforme, se sienten equivocadamente con derecho a imponerse a los golpes, creyendo que de eso se trata la autoridad.