Si
tuviéramos que dar un ejemplo de una paradoja actual, nada más oportuno que
pensar que a esta altura del siglo 21, con todo el arsenal de medicamentos
disponibles, especialmente antibióticos, uno se pueda morir de un rasguño infectado,
una infección de garganta o alguna otra infección menor.
Lo dijo
Margaret Chan, Directora de la Organización Mundial de la Salud en 2012.
Acaba de
probar esto una mujer de 49 años en EE.UU. con una infección urinaria común. Su
caso ocupó los titulares de importantes diarios como el New York Times y otras
agencias informativas. En su caso, ni el Colistin, un viejo antibiótico
inventado allá por 1949 y que es considerado de "último recurso,” pudo con su
infección. Los médicos tuvieron que recurrir a otros de la familia de los
Carbapenem.
Según los medios, el hecho de que
las bacterias hayan resistido al tratamiento con Colistin encendíó las luces de
alarma en el mundo de la ciencia y la medicina, al menos en EE.UU. En este país
se cree estar frente a una superbacteria que, siguiendo las viejas leyes de
evolución que descubriera Darwin en el siglo 19, ha desarrollado defensas
contra antibióticos vistos como la última línea de defensa.
Ahora bien, previniendo la opinión de aquellos que aún con o sin diplomas pueden creer que hay demasiados antibióticos como para confiar en alguno, permítaseme afirmar que en la nueva situación planteada el tema no pasa por ahí.
El problema es que se ha descubierto o ya se sabe que las bacterias pueden pasarse entre ellas sus propiedades genéticas, entre ellas la de resistir a todos los antibióticos.De generalizarse este proceso estaríamos enfrentados a un mundo de superbacterias para las cuales no habría remedio. Entonces se verificaría la paradoja inaudita de que hablamos al principio: ser derrotados por una simple infección en pleno siglo 21, delante de nuestros botiquines llenos con todos los antibióticos posibles de encontrar en nuestro arsenal farmacéutico.
De haberse dado este proceso entre bacterias en la paciente que mencionamos anteriormente, ella habría fallecido seguramente, al no haber antibióticos con la capacidad de combatir el tipo de superbacteria que la había atacado. En resumen, hemos cruzado el umbral de la infalibilidad de los antibióticos para derrotar a las infecciones aun más simples.
Hemos entrado a la era post-antibióticos; de las superbacterias.Y lo peor de todo: que esto fue posible por el abuso con que se recetan y consumen los antibióticos.
El peligro de la paulatina pérdida de capacidad de los antibióticos para tratar infecciones ya ha sido advertido por el Consejo Presidencial en Ciencia y Tecnología de EE.UU. a través de un documento de 65 páginas, en el cual se revela que, desde la pasada década, se ha estado incubando el problema de la pérdida de efectividad de los antibióticos por su sobreuso en personas y animales, lo que ha llevado la situación a un estado de crisis para la salud pública.
La seriedad del peligro de este caso
lo ilustra el hecho de que hasta el Departamento de Defensa de EE. UU. está
involucrado ahora en la investigación. Sus científicos han buscado las superbacterias
en 44.000 muestras de salmonella y en 9.000 de E.coli/shiglella tomadas de
gente y de carne de supermercados. Sin embargo no las hallaron, lo que
demuestra la dificultad que rodea la identificación de estos nuevos enemigos de
la salud.
El gen
resistente al Colistin fue encontrado por primera vez en China, en noviembre de
2015, donde el antibiótico es usado comúnmente en los criaderos de cerdos y
pollo para consumo. En los EE.UU. se lo ha encontrado en el intestino de un
cerdo. Como afirma el Dr. Thomas R. Frieden, Director del Centro de Control de Enfermedades y Prevención
de EE.UU., si bien este gen es raro todavía, se sospecha que es el culpable de
unas 600 muertes por año en el mundo.
Los datos prueban que cerca de 2
millones de personas en los EE.UU. caen víctimas de bacterias resistentes a los
antibióticos y al menos 23.000 mueren por año a mano de infecciones resistentes
a ellos.
Esto ha llevado al gobierno del presidente
Obama a reconocer oficialmente la existencia de una crisis nacional de salud y
a priorizar el estudio del tema con el fin de definir una estrategia de control
del problema. Sin embargo, la decisión anunciada en septiembre de 2014, que
reclamaba una conclusión sobre cómo controlar el problema para febrero de 2015,
fue y es considerada insuficiente aún por científicos y especialistas en
enfermedades infecciosas, ya que no incluye el estudio de los efectos del uso
de drogas en toda la cadena alimenticia, desde el campo hasta la mesa familiar.
Como parte de esta lucha la Casa
Blanca ha anunciado un premio de 20 millones de dólares a quien o quienes creen
un test rápido de diagnóstico de la nueva bacteria.
El problema tal como está planteado
en los EE.UU. es que aquí la población, que solamente puede acceder a un
antibiótico con receta médica de por medio, consume el doble de antibióticos
que en Holanda o Finlandia por ejemplo, mientras que un animal criado
industrialmente recibe seis veces más antibióticos que en Europa.
En el país del norte se estima que
el 70% de los antibióticos producidos son destinados a ser inyectados en
animales, tanto para evitar enfermedades en los criaderos industriales y
tambos, como para acelerar su crecimiento. El problema es que no se lleva un
registro oficial sobre qué drogas se usan, ni dónde. Por ahora, la buena
noticia es que desde 2017 muchos criaderos prometieron no usar más las drogas
que aceleran el crecimiento. Pero esto, desgraciadamente, al revés de Europa,
es voluntario.
A su vez, no se sabe con exactitud qué efecto puede tener el consumo de esas carnes animales tratadas en vida con drogas sobre los seres humanos. Peor aún, algunos estudios demuestran que un tercio de las recetas emitidas en EE.UU. a personas son hechas para condiciones de salud que los antibióticos en realidad no pueden tratar. Parece ser que la receta de antibióticos de "amplio espectro” permite encubrir el desconocimiento real de la bacteria que está causando la infección. Esta conducta facilita, obviamente, la creación de un medio para el desarrollo de bacterias resistentes a los antibióticos.
Sólo queda para la imaginación
pensar lo que revelaría un estudio en nuestro país, donde cualquier persona
puede comprar cualquier antibiótico sin receta médica en cualquier farmacia. Ni
hablar de las condiciones sépticas y sanitarias en muchos centros de salud.
En conclusión y a modo de
recordatorio permítasenos repetir lo que los medios en EE.UU. y Europa dicen
sobre las superbacterias resistentes a los antibióticos: atacan sobre todo a
gente que está recibiendo tratamiento en hospitales y clínicas; en geriátricos y hospicios. Entre los pacientes más
vulnerables están los que reciben asistencia respiratoria o son dependientes de
cateters. La deficiente esterilización del instrumental médico es otra vía para
adquirir la bacteria.
Cabe preguntarse si los "virus
hospitalarios,” argumento recurrente para explicar en hospitales y clínicas
tantas muertes inexplicables, no serán en realidad estas superbacterias
resistentes a todos los antibióticos conocidos.
Como lo acaba de demostrar el caso
de la paciente en Pennsylvania, la última línea de defensa de antibióticos como
el Colistin ha sido superada por bacterias que genéticamente han evolucionado
para resistir su acción. Peor aún, la posibilidad de transferencia genética
entre las bacterias de sus mecanismos de resistencia a los antibióticos es un
desarrollo posible y una probabilidad por demás peligrosa para la humanidad.
Hasta tanto la ciencia no dé con la
solución a este problema, sólo queda confiar en la responsabilidad del Estado,
en el cuerpo médico y en las administraciones hospitalarias para evitar esa
posibilidad que puede ser fatal para mucha gente, incluidos niños. Quizás no
esté demás sugerir a los centros médicos y profesionales afines organizar
conferencias donde se discuta este tema extremadamente peligroso para la salud
pública,