miércoles 29 de abril de 2026
Algo en que pensar mientras lavamos los platos

Conversaciones ajenas y parálisis de sueño

Por Rodrigo L. Ovejero

De vez en cuando la vida me invita a escuchar una conversación ajena, y yo siempre acepto esa invitación, pues antes que nada estoy profundamente interesado en el devenir de la existencia de los demás. Podríamos decir que soy chusma, recurriendo a un vulgarismo, pero prefiero definirme como un humanista sin remedio, siento honda preocupación por el destino de los habitantes de este planeta.

Es por este motivo que jamás me pierdo la oportunidad de escuchar una conversación ajena. Por lo menos los primeros segundos, en los cuales todo es promesa, subyace la ilusión de escuchar una revelación tremenda, un dato insólito, una confesión terrible. Por lo general esta incertidumbre muere en el momento en que los interlocutores caen en los tópicos manidos del clima, de la marcha del país, de las alternativas deportivas de los días previos, y es entonces cuando abandono decepcionado la charla. Pero a veces vale la pena.

Me encontraba en la fila de la carnicería cuando un cliente -del cual no voy a decir el nombre (porque no lo conozco)- le informó al dueño del negocio que había pasado una mala noche, que le había costado mucho dormir. El carnicero no estaba demasiado entusiasmado con la información, pero por una cuestión de amabilidad le preguntó qué le había ocurrido y el hombre le refirió que había tenido un episodio de parálisis de sueño. No sé mucho del tema, pero es una enfermedad que últimamente está muy de moda. El carnicero lo miró como si tuviera al frente un cuadro de Jackson Pollock y, ante su confusión, el hombre le aclaró que era algo así como una pesadilla, pero mientras uno está despierto. El carnicero pasó del estupor a la sospecha, pude ver en sus ojos la desconfianza, el malestar de haberle vendido durante años carne a una persona que ahora le venía con esta novedad. Uno nunca llega a conocer a las personas, me imagino y más si pretende hacerlo durante el breve lapso en el que le entrega un kilo de vacío.

La conversación, por desgracia, no continuó. Las urgencias del capitalismo le impidieron a este buen hombre referir en detalle las alternativas de su episodio de la noche anterior. El carnicero, insensible, llamó al siguiente cliente, quien no acusó inconvenientes en su reposo y se limitó a hacer su pedido. Yo me quedé con cierta curiosidad, no todos los días alguien refiere un dato de este tenor en la fila de la carnicería, y observé al hombre marcharse desilusionado. Estimo que esperaba encontrar interlocutores más interesados en las vicisitudes de su descanso. Quién sabe si no caminó hasta la pollería de la vuelta, en la que probablemente encontraría almas más sensibles, permeables a su malestar. Quién sabe incluso si no está ahora mismo leyendo esta columna, feliz de saber que al menos alguien lo escuchó. Tal vez esta misma noche sufra otro episodio de parálisis de sueño, con la tranquilidad de saber que allá afuera, en esa inmensidad inabarcable de personas, alguien lo escuchará.

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