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|| CARA Y CRUZ ||

Soplando el fuego tucumano

27 de agosto de 2015 - 04:00 Por Redacción El Ancasti
Es inquietante el empeño empleado por los protagonistas de la política para soplar el fuego tucumano. Tras las escandalosas elecciones del domingo, una multitudinaria marcha realizada para protestar por presuntos fraudes fue reprimida brutalmente con balas de goma y gases lacrimógenos por la Policía. Ante la catarata de repudios, el oficialismo tucumano le bajó el tono a la hipótesis inicial de postular que un grupo de manifestantes había intentado ingresar a la Casa de Gobierno. El gobernador José Alperovich aseguró que no dio la orden de reprimir. El Jefe de Policía, Dante Bustamante, dijo que tampoco. Como no se ha informado sobre el inicio de investigaciones internas para identificar a los responsables del ataque -se está desarrollando la investigación judicial-, las aseveraciones del mandatario y su jerarca exponen un panorama todavía peor del que se presumía, con unas fuerzas policiales que reprimen sin miramientos, por iniciativa propia, independientemente de las directivas impartidas por la cadena de mandos. El jefe de Gabinete Aníbal Fernández, candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires, expresó por su parte que desconocía lo que había ocurrido en Tucumán porque a esa hora estaba "durmiendo".


En un escenario donde se torna muy difícil distinguir los hechos de las interpretaciones, lo cierto de lo falaz y la información de las operaciones, y en el que las posiciones extremas han impuesto su lógica, frases desafortunadas como las de Alperovich, el jefe de Policía Bustamante y el jefe de Gabinete Fernández no hacen más que sumar tensión y alimentar la escalada en marcha ya hacia el próximo comicio provincial, en el Chaco, oportunidad para la cual, según Fernández, la oposición tiene preparada otras maniobras de enrarecimiento. Lo de Tucumán es vergonzoso desde donde se lo mire, con fraude o sin él, con campaña sucia o sin ella. Es vergonzoso para el sistema democrático en términos generales y es bochornoso por el rol de capitanejos de barrabrava asumido por muchos dirigentes que no se detienen a considerar hacia dónde conduce el camino de las provocaciones crecientes. Lo concreto es que en Tucumán hubo una elección turbulenta y dos manifestaciones opositoras multitudinarias -la reprimida y la del día siguiente- a las que es desatinado caracterizar sin más como rebaños de imbéciles manipulados por medios masivos funcionales a las estrategias de la sinarquía imperial. Acaso convenga intentar despojarse de las pasiones propias de toda contienda electoral y preguntarse si la fractura social expuesta en las tierras de Alperovich puede atribuirse exclusivamente a maquinaciones instrumentadas por un puñado de perversos. Si es cierto que hay visiones sesgadas que subestiman al electorado del interior, idéntico sesgo despectivo tienen las que califican al bulto como descerebrados a una multitud de manifestantes. Hechos como los que en este momento tienen en vilo a Tucumán y gran parte del país son un desafío para el sistema institucional y su capacidad para canalizarlos.


No es presunción consignar que Catamarca tiene bastante para enseñar en materia de reventones al estilo tucumano, más allá de las particularidades de cada caso. Muchos catamarqueños se divertirán por estas horas con las notorias mutaciones sufridas por algunos de sus más caracterizados próceres, que se alarmaron hasta el escándalo cuando el PJ de Luis Barrionuevo quemó las urnas en 2003 pero estiman ahora que lo de Tucumán no trasciende el nivel inofensivo de la picaresca política criolla, o es la lógica reacción de un pueblo harto de que lo administren como un califato, o es la audaz incursión de "task forces" opositoras desesperadas porque la Presidencia se les escurre, supuestamente, de las manos. Pocos pueden dejar de advertir que el sentido que se le otorga a los acontecimientos depende menos de la convicción pacifista que de la ubicación del intérprete en cada momento histórico.
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