El problema de la inseguridad se manifiesta en distintos
niveles. El primero de ellos involucra fundamentalmente a la fuerza policial y es
el que se observa a partir de las fallas en los sistemas de prevención, lo que
conlleva que los hechos delictivos se
consumen.
Un segundo nivel atañe también a las fuerzas de
seguridad, pero asimismo a la Justicia, que debe investigar los delitos. Por
causas diversas, algunas justificables -por ejemplo, la escasez de recursos
humanos y materiales- y otras no, son numerosísimos los casos que no se
esclarecen.
Esta vigencia de la impunidad no alcanza solo a los
delitos menores, sino también a los que revisten mayor gravedad, incluso
homicidios.
En Catamarca continúan sin resolverse, pese a que ha
transcurrido un tiempo considerable, los crímenes de las hermanas Petrona y
Trinidad Barrionuevo, ocurrido hace casi tres años en La Merced; del locutor
santamariano Guillermo Julio, que data de la misma época; de la psicóloga María
Eugenia Rojas, asesinada hace dos años; y de Celeste Moreno y María del Valle
Condorí, acaecidos también en 2013, por citar solo los casos más resonantes de
los últimos años.
Pero son muchos más, al punto que en una marcha pidiendo
por el esclarecimiento del asesinato de Julio, los manifestantes recordaron que
solo en Santa María existen 19 crímenes impunes desde el año 2003.
Y el tercer nivel de inseguridad compete de manera
particular al sistema penitenciario. Es que en caso de que los casos se esclarezcan y haya condenados,
el sistema carcelario en la Argentina no ofrece garantías de que los
delincuentes permanezcan encerrados hasta que cumplan sus condenas, mucho menos
de que durante el cumplimiento de su pena sean preparados para su readaptación
a la vida en sociedad.
Según datos del Registro Nacional de Reincidencia y
Estadística Criminal y Carcelaria, en nuestro país hay en estos momentos más de
105.000 prófugos de la Justicia. Incluye
a reos fugados de las cárceles y ciudadanos que no responden al llamado de la
Justicia, siendo este último grupo muchísimo más numeroso que el primero. Las estadísticas indican
que en 2013 hubo al menos 50 fugas en cárceles y comisarías.
Y se presupone que
el año pasado el número fue mucho mayor, considerando que en un solo hecho,
acontecido en Rosario en octubre pasado, 32 presos se fugaron de una comisaría.
El debate sobre el tercer
nivel de inseguridad se ha reactualizado en estos días a partir de la fuga de
un peligroso criminal del penal de Marcos Paz, en la provincia de Buenos Aires.
Se trata de Gabriel Figueroa, condenado por el asesinato del joven Matías
Berardi, quien se fugó junto a otro peligroso delincuente sin que,
presuntamente, nadie se diera cuenta.
El panorama que se observa
a nivel nacional no es trasladable a nuestra provincia. Desde la inauguración
del Penal de Miraflores ha habido una solo fuga, pero el recluso fue
recapturado rápidamente.
Por cierto el combate
contra la inseguridad no debe encararse por niveles, de manera aislada. Se
requiere un abordaje integral que sea capaz de unificar estrategias de
prevención, investigación de los ilícitos y políticas carcelarias. Y, además,
terminar con el delito enquistado en el aparato estatal que contribuye a la
vigencia de la impunidad.