El secreto de los acontecimientos relacionados a WikiLeaks fue una característica común, incluso, en las comunicaciones entre los jefes de las redacciones implicadas. Tanto fue así que nunca se permitieron pronunciar el nombre de Assagne ni de su fundación, se prohibieron enviar correos electrónicos con copias de los cables o información al respecto, y se remitieron al uso de la plataforma de Skype mientras lograban establecer un mayor grado de seguridad. Incluso, Moreno relató el contacto mantenido a través de este medio, en cierta ocasión, con Rusbridger, en el que escribió en un folio el número de identificación de un cable (particularmente comprometedor para los cuerpos diplomáticos) para exhibirlo a la cámara del ordenador, de modo que su colega londinense pudiera copiarlo, al otro lado, sin que tuvieran que pronunciarlo ante el micrófono. ¿Una nueva era en el periodismo?Pese al secreto con el que se manejaron los medios involucrados ante lo que Moreno, durante su exposición, calificó como la filtración más grande de la historia y el punto de partida de una nueva era en el periodismo, él mismo descartó la posibilidad de que la divulgación de los cables haya cambiado el carácter del ejercicio periodístico: Nuestro papel fue todo, porque los cables que son la base de las historias están en bruto. Por eso, WikiLeaks funcionó sólo como una inmensa fuente, pero el trabajo fue el de siempre, de unos periodistas entrenados en buscar noticias y con experiencia suficiente como para darles contexto.
No obstante, WikiLeaks sí operó no sólo como un peligroso desestabilizador de la imagen de la diplomacia norteamericana, sino también como disparador de situaciones por demás incómodas para los mismos periodistas. Como aquella revelada por Bill Keller, director de The New York Times, cuando dio a conocer los hechos relacionados con una reunión celebrada en noviembre entre periodistas del diario neoyorkino y funcionarios gubernamentales, en una sala sin ventanas del Departamento de Estado, de la que también participaron agentes de la CIA, del FBI y del Pentágono, y que estuvo marcada por la tensión de principio a fin.
Es que no fueron menores las revelaciones de los manejos internos de la diplomacia estadounidense. Quedaron en evidencia secretos que, por lo menos, exhibían un doble discurso por parte de Estados Unidos, aseguró Moreno. En este sentido, el mismo periódico El País canalizó la divulgación, por ejemplo, de la escasa confianza que guardaba el gobierno estadounidense en la capacidad del presidente de España, José Luis Rodríguez Zapatero, para enfrentar la aguda crisis económica de 2010, cuando puertas afuera el discurso era bien distinto. A raíz de esta situación, Zapatero subió al Congreso y anunció un plan de recortes como no se había vivido antes en España, el cual consistió en la rebaja de sueldos a los funcionarios y la congelación de pensiones para este año, entre otras. Todos los socios de la Comunidad Europea guardaban gran confianza en su capacidad para manejar la situación pero, íntimamente, ese no era el punto de vista de Estados Unidos, comentó Moreno.
Superando las incomodidades diplomáticas, también salieron a la luz graves hechos que podrían caratularse como violaciones a los Derechos Humanos por parte del país del norte. Por ejemplo, cuando en Alemania un ciudadano fue secuestrado por agentes de la CIA, llevado a Afganistán, apresado y torturado. Poco después, los captores descubrieron que se habían equivocado de persona y lo liberaron, por lo que la Fiscalía de Munich abrió una investigación y encauzó a los agentes. Allí comenzaron las presiones de Washington para acabar con la investigación, las que se filtraron a través de WikiLeaks y complicaron la imagen de Estados Unidos.
Sin embargo, Moreno enfatizó el rescate del ejercicio periodístico ante el evento, y la puesta en juego del valor deontológico capaz de realzar el límite entre aquello que es de interés público y lo que no lo es: Los periódicos no deben espiar a los ciudadanos; digo, los buenos periódicos que aspiran a tener cierta estatura moral. En Inglaterra ocurrió que algún periódico hackeó las cuentas bancarias de varias personalidades y las publicó, lo cual estuvo mal. Es muy distinto cuando nos llega información reservada que es de interés público pero que, sin embargo, debe tratarse con mucho cuidado y delicadeza. En España sucedió que, desde un par de años hacia acá, salieron a la luz casos de corrupción que estaban en los tribunales, para los que la policía había realizado escuchas que soportasen las investigaciones, pero siempre ordenadas y controladas por un juez. Ahora bien, esos sumarios acabaron en manos de El País; nosotros publicamos la parte que considerábamos de interés público y omitimos muchos detalles, pese a ser de un elevado contenido morboso que seguramente tendrían mercado en un tipo de prensa en el que no creemos.
Por todo ello es que Moreno remarcó la estrecha relación entre la democracia y la prensa en su ejercicio de vigilancia. Sin embargo, los periodistas no tenemos capacidad para exigir documentos como los jueces, los fiscales, o las instituciones como los congresos o los diputados. No somos fiscales ni policías. Es decir que, básicamente, conseguimos las historias en base a convencer a las fuentes de que arriesguen sus trabajos o algo más. Eso ha sido WikiLeaks, una fuente que nos ha permitido hacer gran periodismo, de lo que nuestras sociedades están cada vez más necesitadas, pero una fuente al fin y al cabo.
¿Qué es y quiénes dieron vida a WikiLeaks?Desde 2007, cuando comenzó a funcionar, WikiLeaks significó un verdadero dolor de cabeza para los gobiernos (especialmente el de Estados Unidos), empresas y organizaciones religiosas. El propósito de esta organización es dejar al descubierto comportamientos no éticos y de interés público a través de la publicación de documentos filtrados que recibe de fuentes ante las que se compromete en mantener su anonimato.
Si bien se produjeron filtraciones anteriores al Cablegate en cuya publicación participaron los periódicos El País, The Guardian, The New York Times, Le Monde y Der Spiegel, fue esta última la que mayor incomodidad produjo en esferas gubernamentales y que motivó la incorporación al movimiento, de periódicos latinoamericanos como Página/12 de Argentina y El Espectador, de Colombia, entre otros.
No obstante, la llegada de esos 250 mil cables de la diplomacia norteamericana a manos de la prensa fue un auténtico golpe a su imagen. Tanto fue así que la secretaria de Estado estadounidense, Hillary Clinton, la calificó como un auténtico ataque a la comunidad internacional. Quien filtró la información, el soldado Breadley Manning, hace un año que está detenido en una cárcel de Quantico, Virginia (según dicen, en condiciones inhumanas) acusado de facilitar información clasificada al enemigo. De ser hallado culpable, podría ser condenado a cumplir una pena de 52 años de cárcel, y hay quienes, como el gobernador de Arkansas, Mike Huckabee, pidió públicamente su ejecución.
En tanto, el fundador de la organización, el australiano Julian Assagne, está detenido en Londres y ya tiene orden de extradición a Suecia, donde está acusado de abuso sexual. Sus seguidores no ocultan la sospecha de que esta acusación es parte de una persecución por haberse metido con los peces gordos, y también temen que Suecia facilite su extradición a Estados Unidos, donde podría ser acusado de traición, lo que podría significarle la pena de muerte. Por eso, muchos se preguntan si, el haber atentado contra la privacidad del gobierno estadounidense podría tener un costo demasiado alto.Texto: Daniel Lencina
ESPECIAL DESDE COLOMBIA
Fotos: Billy Noise