Entre los desafíos que le quedan a Brasil por resolver a partir del 1 de enero, quizá el más pesado sea la sombra del liderazgo inédito que construyó Luiz Inácio Lula da Silva en ocho años de gobierno, cuya figura influirá sobre la política brasileña de los próximos años, sea cual fuere la decisión sobre su futuro.
Para Brasil será el fin de una era, para Lula un cambio personal tan fuerte como el que vivió al subir por primera vez la explanada del Palacio del Planalto, en Brasilia, la que descenderá mañana luego que el primer obrero presidente le entregue la banda verde amarela a la primera mujer presidenta que él escogió para sucederlo, Dilma Rousseff.
De las seis elecciones presidenciales disputadas desde la redemocratización de Brasil, Lula da Silva fue candidato en todas, menos en la última, de la que desistió participar a pesar de las presiones de su partido para forzar constitucionalmente un tercer mandato. Una decisión inédita que comenzó a marcar su despedida del poder, o por lo pronto del gobierno.