sábado 21 de marzo de 2026
Análisis

La tormenta perfecta y el cambio climático

Por Rodolfo Schweizer – Especial para El Ancasti- Febrero 2018

Por Redacción El Ancasti

Uno de los mayores desafíos que deben enfrentar países que han descuidado su infraestructura por muchos años es cómo compatibilizar la recuperación de ellas frente a las nuevas demandas que imponen las nuevas condiciones climáticas del planeta. Es la situación en que se halla hoy EE. UU. bajo la presidencia de Donald Trump, donde no solamente deben enfrentar el problema descripto, sino que lo tienen que hacer contra marea, al negarse el presidente a reconocer la existencia de tal fenómeno, en contra de la opinión mayoritaria del mundo científico.

Sin embargo, el problema de la adecuación de la infraestructura de un país ante el cambio climático no es sólo un problema de EE. UU., sino que alcanza a nuestros países en Latinoamérica y regiones como la nuestra del NOA. Por lo tanto no somos la excepción, sino más bien parte del problema. 
Para empezar, creemos que a esta altura ya no hace falta citar ejemplos que revelen la relación desastrosa entre el cambio climático y el mantenimiento de nuestra infraestructura. Los ejemplos sobran. Sin ir muy lejos, tal como lo señala el editorial de El Ancasti este lunes, los inconvenientes y daños causados por los imprevistos 90 mm de lluvia en pocas horas en el valle central revelan que no contamos con planes de mediano alcance ni de emergencia que permitan anticipar una respuesta ordenada ante los efectos de una tormenta inusual. Las fotos y los videos publicados por los medios públicos y privados muestran que la gente y las reparticiones provinciales hacen lo que pueden, con lo poco que tienen. ¿Qué se podría haber esperado si esa tormenta hubiera durado otras 24 horas o si se hubiera desviado y caído en la cuenca del Río El Tala?

Sin ánimo de desconocer lo que mucha gente consciente de este problema hace en el ámbito provincial para concientizar a la población sobre el tema, permítaseme aportar el comentario simple y claro de dos especialistas de EE. UU. Los mismos aparecieron en la columna de opinión de Carol Davenport del New York Times, Feb. 10, 2018. Sus advertencias, que valen también para nosotros, se refieren a los peligros y errores en que se puede caer al acometer la reconstrucción, restauración o modernización de la infraestructura de un país sin considerar los nuevos efectos del cambio climático. 

Según Eugene S. Tackle, Director del Programa de Ciencias Climatológicas de Ohio State University, “en relación a la infraestructura con el cambio climático, o me pagas ahora o me pagas más tarde y mucho más”. En pocas palabras, o se hacen las nuevas obras basadas en nuevos códigos que contemplen las nuevas condiciones derivadas del cambio climático o se va a tener que pagar más tarde para reparar o recuperar la obra nueva destruida por alguna tormenta o por la temperatura. 

Un ejemplo importante de esto lo da la situación de las rutas pavimentadas en Alaska, que fueron construidas usando un asfalto adaptado a un terreno permanentemente congelado y rígido (“permafrost” en inglés). Hoy esas rutas se encuentran pandeadas y con pozos por efecto del aumento de la temperatura, que ha ablandado el terreno natural debajo del asfalto. 

Si bien Catamarca no es Alaska, aquí tenemos otro problema: las cunetas de las rutas obviamente no preparadas para una tormenta de 90 mm. Aquí las corrientes de agua pueden transformarlas en barrancas profundas o bien pueden pasarles por encima, destruir el asfalto, el alcantarillado, los puentes y badenes. 

Lo dicho vale también para las calles y avenidas urbanas que se construyen sin protecciones laterales en sus márgenes y para las plazas y parques; para los desagües pluviales que se construyen sin tener en cuenta el volumen de agua posible que deben evacuar y otras instalaciones.

El desastre del Río Santa Cruz o de los ríos del este de la provincia vienen a la memoria. El desastre en el Chaco salteño hace poco es el mejor ejemplo de lo que nos depara el futuro, un desastre donde al efecto de las inundaciones se sobrepuso el de las enfermedades, la contaminación, la destrucción de la infraestructura energética, de viviendas, la pérdida de los medios de vida y muchos etcéteras que superan el alcance de este artículo. 

Y no nos confundamos creyendo que el efecto del cambio climático sólo atañe a las inundaciones. Los daños del fenómeno también se dan con el tiempo seco. En los centros urbanos el derretimiento del asfalto por las altas temperaturas, el colapso de los suministros de energía o de agua por la alta demanda, con los consiguientes daños colaterales a la salud de la población son temas que deberían preocupar y anticiparse en su tratamiento

Para el campo la situación no es menos peligrosa. Que los agricultores vayan tomando nota de que muchos de sus productos no serán posibles en el futuro con el aumento de la temperatura media global. Esto sin contar las nuevas plagas que nuevos insectos traerán consigo.

Pregunta: ¿Cuánto dinero se ahorraría el Estado si se adelantara y planificara su accionar teniendo en cuenta los efectos anunciados, o sea los daños y peligros asociados al calentamiento global? 
Por lo pronto, la improvisación de la respuesta ante la tormenta de 90 mm, una constante en la conducta de nuestros gobiernos, demuestra que no hay conciencia cabal sobre el tema central que aquí nos ocupa: el del efecto peligroso del nuevo fenómeno atmosférico sobre la infraestructura. 

Por eso es importante aquí la opinión de otro experto, MichaelKuby, Professor de Ciencias Geográficas y Planeamiento Urbano de Arizona State University, coautor del National Climate Assessmentde EE. UU., el documento más importante sobre el impacto del cambio climático en EE. UU., que afirmó que “el impacto de no considerar el cambio climático cuando se planea una infraestructura significa que uno termina construyendo algo que no sirve, en el lugar equivocado y usando los estándares que no corresponden”. ¿Hace falta que traigamos a colación otros ejemplos trágicos de nuestra realidad provincial? 

Catamarca y su realidad

Creemos no equivocarnos si afirmamos que no hay, a nivel social ni político, una comprensión cabal del peligro a que nos enfrentamos por efecto del cambio climático. 

En lo social tenemos, por un lado, a la población más pudiente que, por omisión, sigue con su estilo de vida habitual, imponiendo a través del consumo excesivo su presión sobre la infraestructura y los recursos del planeta. Se pasa por alto que cada uno de sus excesos imprime o significa un gasto de energía que se cubre explotando los recursos naturales. 

Por el otro tenemos los sectores más vulnerables de la sociedad que, por imposición de sus circunstancias, usan lo que pueden para cubrir sus necesidades, arriesgando en el proceso su propia seguridad. Aquí ya no es el consumo excesivo lo que daña, sino el costo impuesto a la naturaleza en ese proceso de intercambio por la necesidad de una familia desesperada y sin recursos.  

Finalmente, en el plano político está la inoperancia del Estado como resultado de la inacción que le impone una clase política que no cree en la existencia del cambio climático, mucho menos en sus peligros asociados. Absorbidos y atolondrados por la desesperación de demostrar que hacen obras para ganarse al electorado, descuidan la necesidad de imponerle un sentido y un orden a lo que hacen. 

Como no puede ser de otra manera, el resultado es una anarquía donde las obras que se hacen, junto con las que se sueñan en el aire, no sólo no son parte de una estrategia de desarrollo a largo plazo, sino que no contemplan la necesidad de adecuar esas obras a los nuevos estándares que reclama el cambio climático. Las quejas de una familia en Valle Chico sobre una vivienda nueva con las paredes chorreando desde el techo por la lluvia del viernes pasado asílo demuestran. 

El resultado final de esta inconciencia y falta de visión y liderazgo no es gratuito. No solamente tiene un costo en el plano personal, sino otro social porque, en definitiva, es el Estado el que termina pagando más tarde la falta de planificación, al tener que reparar lo destruido. Es como dice el profesor Tackle, con el descuido ante el cambio climático es una situación de “o me pagas ahora o me pagas más tarde y mucho más”. 

En pocas palabras, el Estado, o sea los políticos a su cargo, al tener que cubrir los costos de su descuido por no educar a la población sobre los peligros ambientales, más los costos derivados de no imponer nuevos estándares climáticos a las nuevas obras que acomete, más los costos de no estudiar cómo ir adecuando la infraestructura existente a las nuevas condiciones impuestas por el cambio climático termina despilfarrando recursos que se podrían haber invertido en otras cosas. 

El resultado de tal combinación está a la vista cuando una lluvia magra de 90 mm causa los estragos de conocimiento público. Porque la culpa de esas emergencias no la tiene la familia pobre que hace una vivienda precaria donde puede u otra familia que, pudiendo, hace su casa en un terreno que luego se inunda. Tampoco la tiene la naturaleza que, cumpliendo con sus propias y caóticas leyes naturales, se lleva un asfalto mal hecho o un puente construido en el lugar equivocado, o inunda una zona porque la boca de tormenta en la calle es muy chica o la taparon con plásticos o basura, o tira los postes de distribución de energía porque se ajustan a estándares de otras épocas, hoy no válidos.

La culpa es de los factores de poder político y económico que, renunciando a las responsabilidades que les corresponde por el cargo que tienen, sólo velan por sus intereses inmediatos, dejando a la sociedad librada a su suerte ante los nuevos embates de la naturaleza. Lamentablemente, sigue sin entenderse a nivel social y político que estamos ante un cambio planetario que demanda concientización y planificación para asegurar nuestra sobrevivencia.   
 

Seguí leyendo

Te Puede Interesar