jueves 26 de marzo de 2026
Editorial

Premisa sin sustento

El proyecto económico de Javier Milei se sostiene sobre un supuesto central: que con superávit fiscal y una inflación en baja, la economía encontrará automáticamente el camino del crecimiento. Se trata de una premisa sin sustento en la realidad, que no sólo omite la historia argentina reciente, sino que ignora el sentido mismo del desarrollo productivo. Porque sin inversión, sin incentivos a la producción, sin un horizonte de acumulación de capital no hay estabilidad macroeconómica que alcance.

La obsesión del Gobierno por la reducción del déficit y el anclaje de precios a través de la recesión destruye la base sobre la cual cualquier país logra progresar. La caída del consumo, el cierre de pymes, la contracción de la obra pública y el encarecimiento del crédito erosionan día a día el tejido productivo. El resultado es evidente: la inversión nacional y extranjera se desplomó respecto de los últimos años, lo que confirma que el “shock de confianza” prometido nunca llegó, como tampoco llegó la “lluvia de inversiones” augurada por Mauricio Macri durante su gobierno.

Mientras la inversión extranjera directa en América Latina creció un 7% en 2024, en Argentina se derrumbó un 53%. Mientras la inversión extranjera directa en América Latina creció un 7% en 2024, en Argentina se derrumbó un 53%.

Según información del Banco Central (BCRA), en el primer trimestre de 2025 ingresaron solo 611 millones de dólares, tratándose del segundo registro más bajo desde el segundo trimestre de 2020, en plena pandemia. La caída, según un informe del Instituto Argentina Grande (IAG) basado en los datos oficiales, es formidable: del 86% respecto al primer trimestre de 2023 y del 90% frente al mismo período de 2024. En algunos casos se detecta desinversión neta, como el caso de la industria manufacturera (-146% interanual respecto a 2023, según IAG basado en BCRA), con empresas extranjeras retirando más capital del invertido.

El mayor flujo de inversión extranjera directa se observa en energía y minería, pero su impacto en las economías locales es limitado. “Estos sectores, intensivos en capital y tecnología importada, generan pocos encadenamientos locales, limitando su impacto en empleo y valor agregado doméstico”, sostienen Violeta Carrera Pereyra y Hernán Herrera, del IAG. Y agregan: “Mientras la inversión extranjera directa en América Latina creció un 7% en 2024 (CEPAL), impulsada por la recuperación pospandemia y el atractivo de Brasil (automotriz, electromovilidad), México, Colombia y Chile, en Argentina cayó un 53%”.

El Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones (RIGI), pese a los enormes beneficios impositivos, cambiarios y aduaneros que concede al capital extranjero, no ha gravitado casi en materia de inversiones: se aprobaron siete proyectos por 13.067 millones de dólares.

El experimento mileísta parece estar condenado a chocar con sus propios límites. Argentina, con sus recursos naturales, capital humano y potencial productivo necesita justamente lo contrario a lo que se propone hoy: un Estado que impulse y oriente el desarrollo, potenciando al capital privado o en alianza con él, no que lo abandone a la lógica exclusiva del mercado.

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