Las ocasiones sociales a menudo nos plantean desafíos para los cuales, a veces, no estamos preparados. El bufet en los casamientos u otras fiestas es uno de ellos, una bacanal en la que es muy fácil perder el recato debido y entregarse a una indulgencia de la que no saldremos bien parados, social o personalmente. A veces, sin saberlo, nos lanzamos al menú con una voracidad que nos hace ver como hombres de las cavernas, dando una imagen deplorable a los demás comensales y poniendo en riesgo nuestra salud. Es por ello -al fin y al cabo, esta columna es un servicio a la comunidad- que a continuación se expondrán los pasos para un bufet exitoso.
El primer paso es un sándwich de miga de jamón y queso, eso no se negocia ¿Por qué? Porque es un clásico, porque tenemos que empezar sobre seguro, un sabor desagradable al empezar puede arruinarnos toda la experiencia, y por ello vamos a patear este penal gastronómico fuerte y al medio, para no errar. Además, este sándwich nos aplaca ese primer impulso vital de comer como desesperados y nos permite encarar las cazuelitas u otros platos por el estilo con más tranquilidad, aumentando nuestras posibilidades de comerlos sin mancharnos la camisa, entre otros incidentes desagradables. Es importante mantener la mesura en estas circunstancias, aparentar nuestra pertenencia a la civilización.
Pasado ese primer sándwich estamos en condiciones de vivir la experiencia con una mentalidad más gourmet, si se quiere. Sibarítica. Arriesgarnos a sabores exóticos, canapés sofisticados, el misterioso mundo de la albahaca y el jamón crudo, los derroteros impensados del tomate cherri. Lo exótico solo puede explorarse como es debido una vez que dominamos los fundamentos. Si elegimos platos muy extraños, sin embargo, debemos intercalar un sándwich de miga de jamón y queso entre ellos, porque funciona para enjuagar el paladar, para que los distintos sabores no se superpongan y se confundan. Pero, además, porque hace las veces de una pausa, ayuda a la reflexión. De lo contrario, mucha gente pierde la cuenta de los platillos y cuando se quiere acordar está ingresando a territorios en los que la diferencia entre la vida y la muerte puede ser una empanada de más. Como podemos ver, todos los caminos nos llevan al sándwich de miga de jamón y queso.
El último paso consiste en negar nuestro desafuero, con aplomo y convicción. El bufet suele ser vertiginoso, la gente se apura para no perder las mejores oportunidades de comida, y es por ello muy probable que no hayan advertido nuestra actitud salvaje, pantagruélica. Por eso, amparados en la falta de testigos, si alguien nos pregunta si comimos mucho debemos contestar, con suficiencia, que apenas tuvimos tiempo de probar bocado, ocupados como estábamos en tertulias y saludos varios. Esa actitud nos permitirá, además, reprobar a los comensales exagerados, condenando su gula, su falta de mesura, y de paso, hará más fácil guardarnos un sándwich en el bolsillo para después, por si acaso.