miércoles 28 de enero de 2026
Algo en que pensar mientras lavamos los platos

Otro café dice adiós

Por Rodrigo L. Ovejero

Ocurrió que otra vez andaba por las calcinantes calles catamarqueñas, un poco sin rumbo y un poco apurado, cuando el desmedido afán por el dinero volvió a clavarme un puñal en el corazón. Otra vez he sido víctima del capitalismo, que se empeña en combatir todo lo que es bueno y noble bajo el pretexto absurdo de que no genera ganancias.

Caminaba por el centro de mi ciudad cuando decidí hacer un alto entre tantos pleitos y gambetear al calor refugiándome en el que fuera, alguna vez, uno de mis cafés favoritos. Pero no alcancé a sentarme sin que antes una moza me preguntara si estaba solo o esperaba compañía. Luego de un momento de vanidad descarté la posibilidad de que estuviera interesada en mi estado civil y advertí que deseaba saber si esperaba a alguien para indicarme donde debía sentarme.

La pregunta me resultó imposible de responder. Balbuceé distintas respuestas sin decidirme por ninguna porque en realidad uno nunca sabe si espera a alguien al momento de sentarse a tomar un café. Es una tómbola, puede que estemos solos, que nos acompañe un amigo o que por obra y gracia de la divina casualidad lo que empezó como un café rápido y solitario se transforme en una reunión improvisada de amigos, primos, tíos y los compañeros de la temporada 2019 de la Liga de Veteranos.

Esa mujer me exigía una respuesta imposible, la esencia misma de sentarse a tomar un café implica aceptar la posibilidad de encuentros insospechados. Sin embargo, al advertir mi indecisión, me envió directamente a una mesa para una sola persona, cuyas sillas solo daban hacia paredes (una ubicación deplorable, más teniendo en cuenta que había otras mesas libres). Otra incomprensión vergonzosa de las reglas del café. La posibilidad de espiar a los transeúntes o al resto de los comensales es de vital importancia, aunque uno no esté interesado en ver o dirigir la palabra a nadie en ese momento. Gran parte del café céntrico es chusmear, enterarse de cosas y ver pasar por la vereda a personas que creímos muertas o en otros continentes, anular esas posibilidades es oprimir el mismísimo espíritu del café como costumbre ciudadana.

Me marché, por fin, sin pedir nada. Fue una lástima, me gustaba esa cafetería, podríamos haber sido grandes amigos. Alguna vez leí que la arquitectura de los negocios de comida rápida está pensada para provocarnos un cierto grado de incomodidad, de manera que no ocupemos sus espacios más del tiempo indispensable y demos lugar a nuevos clientes para que el flujo de dinero no se interrumpa. Odiaría que este modo de pensar se apodere de los cafés de Catamarca y del mundo en general. El café es el negocio de la pausa improductiva, verlo con ojos de codicia desmedida es un peligro mortal para la actividad, una mesa ganada hoy puede representar diez perdidas mañana.

Al final me senté en el café de al lado y justo llegó un amigo.

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