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Editorial

Más productivos y más desiguales

13 de mayo de 2026 - 00:57

La irrupción acelerada de la inteligencia artificial y de los procesos de automatización está reconfigurando la economía mundial con una profundidad comparable a la de las grandes revoluciones industriales. Sin embargo, a diferencia de los ciclos anteriores de transformación tecnológica, el fenómeno actual se desarrolla a una velocidad inédita y bajo condiciones que amenazan con alterar no sólo las relaciones de producción, sino también la cohesión social y la estabilidad política de las democracias contemporáneas.

Las investigaciones que se multiplican sobre el tema coinciden en que el avance de la automatización incrementa notablemente la productividad, pero al mismo tiempo contribuye a una creciente concentración de la riqueza y al desplazamiento masivo del trabajo humano. El resultado es una economía más eficiente en términos técnicos, aunque potencialmente más desigual y socialmente más frágil.

Si aumenta la productividad, pero disminuye la cantidad de personas con ingresos estables y capacidad de consumo, el sistema empieza a minar una de sus propias bases de sustentación. Una economía puede producir más bienes y servicios que nunca, pero si una porción creciente de la sociedad queda excluida de la posibilidad de adquirirlos, el desequilibrio se vuelve inevitable.

Las sociedades que no logran integrar económicamente a amplios sectores de su población suelen recurrir, tarde o temprano, a mecanismos crecientes de control, vigilancia y disciplinamiento para contener el descontento.

El problema central es que los beneficios extraordinarios generados por un modelo productivo basado en inteligencia artificial y automatización tienden a ser capturados por una minoría altamente concentrada: grandes corporaciones tecnológicas, fondos de inversión y propietarios de infraestructuras digitales globales. En cambio, los costos derivados de ese mismo proceso -desempleo, precarización laboral, incertidumbre y exclusión- se distribuyen socialmente. Se privatizan las ganancias mientras se socializan las pérdidas.

Frente a este escenario, comienzan a emerger propuestas que intentan corregir racionalmente las distorsiones del nuevo paradigma económico antes de que sus consecuencias resulten irreversibles. Entre ellas, diversos analistas sostienen la necesidad de avanzar hacia mecanismos de tributación progresiva capaces de gravar de manera más intensa las enormes rentabilidades derivadas de la automatización y de la economía algorítmica.

Si aumenta la productividad, pero disminuye la cantidad de personas con capacidad de consumo, el sistema empieza a minar una de sus propias bases de sustentación. Si aumenta la productividad, pero disminuye la cantidad de personas con capacidad de consumo, el sistema empieza a minar una de sus propias bases de sustentación.

En ese marco, algunos especialistas proponen la creación de un Fondo Global de Sociedad Multiactiva (FGSM), concebido como una herramienta supranacional destinada a neutralizar la lógica contemporánea de concentración extrema. Su función sería clara: redistribuir de manera directa los beneficios de la automatización mediante el establecimiento de un ingreso ciudadano básico.

Lo que está en juego es el modo en que las sociedades del siglo XXI administrarán una transformación tecnológica sin precedentes. La inteligencia artificial puede abrir posibilidades extraordinarias para el progreso humano, pero también puede consolidar estructuras económicas incompatibles con la estabilidad democrática y la convivencia social.

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