jueves 26 de marzo de 2026
Editorial

La violencia entre cuatro paredes

Las víctimas de violencia de género o de violencia familiar –lo que incluye también al maltrato infantil- no siempre pueden denunciar el calvario que padecen ante las autoridades, de modo de forzar la intervención estatal para que cese y el culpable sea detenido y condenado por las agresiones que perpetra. Esta imposibilidad se relaciona no solamente con el miedo que padecen de formalizar una acusación por las consecuencias que le puede traer aparejado ese acto, sino también porque muchas veces no gozan ni siquiera de la libertad de movimiento o de comunicación para lograr relatar a terceros el padecimiento que deben soportar.

En el caso de los niños, sobre todo si son pequeños, es mucho más fácil de entender. Pero también sucede con mujeres que sufren tal grado de sometimiento por parte de su pareja violenta que se encuentran aisladas, con muchas dificultades para interactuar libremente con otras personas.

Un caso recientemente conocido ejemplifica acabadamente el problema. En la ciudad de Godoy Cruz, provincia de Mendoza, una mujer utilizó el cuaderno de comunicaciones de su hijo para pedir ayuda a la maestra. A través de un escrito, le contó a la docente que era víctima de violencia de género. El niño, al llegar a la escuela, le dijo a la maestra que la mamá había escrito algo para ella en el cuaderno. El texto decía: “Seño, sé que puedo contar con usted, necesito que me ayude y cuando lea esta nota, por favor, mande a la Policía a mi casa, mi pareja me pega y no tengo celular”.

El método utilizado por la mujer víctima de violencia refleja el aislamiento al que era sometida por su agresor. No contaba siquiera con la posibilidad de usar un celular para contarle a alguien de su confianza el drama que estaba viviendo. Muchos menos, se infiere, de hablarlo personalmente sin la presencia de su pareja violenta.

La actitud de la maestra fue clave. Entendió perfectamente lo que estaba pasando y se comprometió con el caso. Dio de inmediato aviso a las autoridades de la escuela y se activó el protocolo dispuesto para estos casos. Se radicó la denuncia policial, y el agresor fue detenido. Al momento en que la policía llegó al domicilio, la víctima se encontraba encerrada en el baño. Cuando fue rescatada, narró que hacía cuatro meses que estaba incomunicada.

Es muy difícil a veces conocer la violencia que existe en la intimidad de una casa, pero siempre hay señales. Detectarlas lo antes posible es clave para una resolución del problema sin saldos irreversibles. Familiares, vecinos, conocidos pueden hacerlo y deben comprometerse para activar los mecanismos con los que cuenta el Estado, para hacer cesar la violencia. También, por cierto, aunque de manera indirecta, los docentes, que deben tener la capacitación necesaria para actuar eficazmente.

La mejor manera de combatir la violencia de género, sobre todo en aquella que se esconde entre cuatro paredes, es el compromiso activo de todas las personas.

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