Aunque la conmemoración queda un poco desdibujada por el traslado del feriado con fines turísticos, ayer se cumplió un nuevo aniversario del fallecimiento de una de las pocas figuras históricas –tal vez solo con Belgrano- reivindicadas unánimemente. Otras personas trascendentes de la historia no gozan de esa reivindicación plena. Los papeles que esas otras figuras jugaron son motivo de álgidos debates. Sarmiento, por caso, es para algunos el padre del aula, maestro inmortal. Para otros, un genocida imperdonable.
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Espejo en el que mirarse
Pero José de San Martín ha cumplido un rol protagónico en la independencia argentina sin que se le puedan señalar críticas respecto de su accionar político interno. Aunque tenía una ideología clara y era un férreo defensor de sus ideas políticas, nunca quiso participar de contiendas internas destructivas que poco y nada aportaban al proceso independentistas, primero, y de organización nacional, después. Prefirió el exilio.
Ya había tenido oportunidad de exhibir la transparencia de su accionar y la ausencia de ambiciones personales de poder cuando, luego de la histórica entrevista de Guayaquil con Simón Bolívar, en 1822, le entregó el mando de sus tropas al jefe militar venezolano, renunciando incluso a los honores luego de semejante gesta independentista continental.
Valorado por todos luego de su muerte, San Martín fue despreciado sin embargo luego de que culminaran las luchas independentistas por otros prominentes dirigentes políticos, por ejemplo Bernardino Rivadavia, que lo despojó de su pensión militar. Pese a este maltrato, San Martín se dedicó a la gestión diplomática en Europa. Al viejo continente va, según relata el historiador Felipe Pigna, “con una misión estratégica que él mismo se impuso, que es lograr el reconocimiento de Gran Bretaña de la independencia argentina, cosa que rompería la Santa Alianza, es decir, la unión de las potencias europeas contra América, algo que finalmente consigue”.
El legado de uno de los dos próceres indiscutibles de la historia argentina bien debería ser analizado en las actuales circunstancias difíciles que vive la República. Su vocación desinteresada en lo personal para edificar un país independiente en el que no existan luchas intestinas sino, en todo caso, debates constructivos para el diseño de políticas de desarrollo nacional libres de condicionamientos externos, es un espejo en el que toda la dirigencia política debe mirarse. Porque su pensamiento y su acción no pueden de ninguna manera limitarse a su indudable competencia militar estratégica, sino también analizarse desde una perspectiva más amplia.
Como sostiene Pigna, “San Martín consolidó la independencia de Argentina, Chile y Perú; además, fue un gran promotor de la cultura: fundó las bibliotecas de Mendoza, Lima y Santiago de Chile; fundó escuelas; promovió la salud pública; y fomentó la industria del vino en Mendoza; fue un hombre muy valioso por muchísimas cosas”.