martes 13 de enero de 2026
Editorial

El otro todavía importa

La reciente celebración de la tradicional fiesta de la Virgen del Valle volvió a dejar al descubierto un rasgo esencial de la identidad catamarqueña: la solidaridad puesta en acto. En estos días se multiplicaron los gestos espontáneos de asistencia a los miles de peregrinos que, provenientes desde todos los rincones de la provincia y de provincias vecinas, caminaron durante horas -incluso días- para llegar hasta los pies de la Imagen. Y aunque la devoción católica resulte, para muchos, el motor visible de la movilización, lo cierto es que la respuesta que encuentran en el camino no necesariamente se explica por la fe religiosa, sino por un humanismo solidario que suele aflorar en esta época del año.

No es novedad que ante cada festividad mariana florezcan actos de empatía hacia quienes viajan a pie. Sin embargo, en esta oportunidad el contexto los volvió más notorios por las inclemencias del tiempo, con jornadas de calor extremo seguidas de tormentas repentinas, que exigieron un respaldo mayor para quienes peregrinaban. Muchas familias ofrecieron sus casas, garajes o galerías para que los caminantes pudieran descansar, protegerse del sol o del agua. Fue una solidaridad silenciosa, sin estridencias ni búsqueda de reconocimiento, que reafirma la fortaleza de un entramado comunitario.

En un tiempo en el que la indiferencia parece haberse naturalizado, la conducta empática de muchos catamarqueños vuelve a mostrar que el otro todavía importa. En un tiempo en el que la indiferencia parece haberse naturalizado, la conducta empática de muchos catamarqueños vuelve a mostrar que el otro todavía importa.

Entre los ejemplos más emblemáticos de estas prácticas se encuentra el ya histórico parador de “Las Tías”, en Valle Viejo, instalado a la altura del barrio La Antena. Este espacio, que lleva 26 años funcionando de manera ininterrumpida durante la época de festividades, es la muestra más acabada de cómo un gesto simple puede evolucionar hacia un servicio complejo y eficiente sin perder su espíritu original. Lo que comenzó como una acción elemental —ofrecer agua y mate cocido a quienes llegaban caminando— derivó, con el paso del tiempo, en una estructura robusta y bien administrada: carpas para sombra, mesas, sillas, sanitarios, cocinas equipadas, vehículos de apoyo y sectores pensados exclusivamente para el descanso de los peregrinos.

Más de veinte voluntarios se distribuyen hoy en tareas precisas como preparación de desayunos, meriendas y cenas; elaboración de ollas populares; provisión de jugos, agua fresca y licuados; distribución de frutas y ensaladas. Todo gratuito y sostenido a pulmón.

Y aunque el parador de “Las Tías” se destaque por su nivel de organización y continuidad, no es, ni mucho menos, el único. Distintas organizaciones comunitarias, grupos de vecinos, centros vecinales, asociaciones civiles y familias sin ningún tipo de formalización replican, año tras año, estos mismos gestos.

En un tiempo en el que la indiferencia parece haberse naturalizado, la conducta empática de muchos catamarqueños vuelve a mostrar que el otro todavía importa y que la solidaridad es un valor preciado.

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