En plena crisis educativa argentina, con malos resultados en las evaluaciones a alumnos que se arrastran desde hace años y una política de brutal desfinanciamiento impulsada por el gobierno libertario, una escuela argentina fue consagrada como la mejor escuela del mundo en la categoría Colaboración Comunitaria de los prestigiosos premios World´s Best School.
El colegio premiado se denomina “María de Guadalupe”, se encuentra en el barrio popular “Las Tunas”, en Tigre, provincia de Buenos Aires, y asisten a él 700 niños, la mayoría de ellos provenientes de familias de alta vulnerabilidad social. Más del 60% de sus alumnos vive en situación de precariedad habitacional y casi el 50% en condiciones de hacinamiento.
Se trata de una escuela atípica. Es de gestión privada, pero recibe aportes estatales, de empresas y de organizaciones de la sociedad civil, por lo que la cuota que se paga es muy baja. Y es atípica también por la filosofía educativa que la caracteriza. El proceso de enseñanza-aprendizaje no se limita a los criterios escolares tradicionales y estereotipados, sino que se centra fundamentalmente en el acompañamiento a los chicos y chicas para que puedan insertarse en un proyecto de vida futuro. Malu Diez, directora de Desarrollo Institucional del “María de Guadalupe”, explica que “lo que buscamos es generar jóvenes que terminen con un proyecto de vida que ellos elijan y poder acompañarlos en esos desafíos, no solo desde todo el camino escolar, sino además con algunos programas específicos que promovemos”.
El premio otorgado menciona precisamente dos programas como fundamentos para destacar el rol educativo de la escuela: el de orientación vocacional y el de inclusión laboral.
El objetivo de la escuela es empoderar a los alumnos y alumnas para que sean agentes transformadores de la realidad de su propio barrio. En la tarea no están solo los docentes, directivos y estudiantes: hay una voluntad explícita de que toda la comunidad se involucre en el proceso educativo, empezando por el propio grupo familiar de los niños, niñas y adolescentes. También hay trabajadores sociales y psicólogos que colaboran y se integran a la comunidad educativa.
Sería muy interesante que la experiencia pueda replicarse. Las propias autoridades de la escuela premiada señalaron que funcionarios de áreas educativas de algunas provincias se pusieron en contacto para avanzar en ese sentido. El Ministerio de Educación de Catamarca figura entre esos interlocutores.
Para que este tipo de iniciativas pueda cumplirse se necesitan esfuerzo, compromiso social y vocación de servicio. Pero también recursos económicos. De hecho, la experiencia del “María de Guadalupe” puede implementarse por el aporte público de empresas y de ONG. Pero es el Estado el que debe garantizar los fondos suficientes para que los procesos educativos cumplan con su cometido, que siempre debe ser una transformación virtuosa de la comunidad en la que las escuelas están insertas.