Con 58.898 sufragios -24% de los votos válidos, 17,2% del padrón general- el voto en blanco se ubicó como segunda fuerza.
Con 58.898 sufragios -24% de los votos válidos, 17,2% del padrón general- el voto en blanco se ubicó como segunda fuerza.
Es un indicador de representatividad defectuosa que se profundiza en la categoría de diputados provinciales con números más rotundos: 66.792 votos, que equivalen al 27% de los afirmativos y casi el 20% del padrón general. De contabilizarse los blancos para la distribución de las bancas, le corresponderían 5 de las 20 en juego.
Hay que esperar la elección general, en la que los guarismos evolucionan hacia arriba, pero las PASO marcan que existe una representación vacante inmensa en Catamarca, que interpela a todo el arco político pero en particular a la menguada oposición, que no acierta en articular alternativas al Gobierno.
Desde otra perspectiva, es interesante que, en medio de las convulsiones nacionales por el triunfo del como mínimo exótico Javier Milei, el electorado catamarqueño envíe una señal de sensatez cívica tan clara.
El voto en blanco expresa un compromiso con el sistema. La ciencia política lo incluye entre las formas de abstención, pero es cualitativamente distinto a la no concurrencia, que admite múltiples interpretaciones.
Se trata de un rechazo activo a la totalidad de la oferta electoral que conlleva la expectativa de un mensaje a la espera de reacción: en lugar de quedarse en su casa, el elector habilitado asume las incomodidades y asiste a votar. Aunque al votar en blanco vote en contra de todos, deja asentada su disconformidad. Es el voto calificado de un ciudadano que entiende el sufragio como un derecho y un instrumento para comunicar su descontento, lectura que también aplica para quienes deliberadamente anulan su voto.
Además, el voto en blanco no es en general inducido por los aparatos políticos, sino espontáneo. Carece de la mácula del “arreo” y el estímulo de la dádiva que distorsiona parte del voto afirmativo.
De tal manera, el volumen del voto en blanco habla mal de una clase política que no interpreta o ignora las demandas de porciones importantes del electorado, pero muy bien de una sociedad que lo selecciona como dispositivo para manifestar su voluntad, en lugar de desertar o decantarse por opciones estrafalarias o peligrosas. La política debería agradecer, porque si bien su legitimidad queda herida, la del sistema democrático se robustece.
La cifra fue subiendo en cada primaria gubernamental, pero el salto en esta fue brutal: 11,9% en 2015; 14,1 en 2019; 24% ahora. La participación fluctúa, pero el voto en blanco se sostiene al alza. Quiere decir que la demanda activa de representatividad es persistente. Y que no es un fenómeno coyuntural.
Está en ese conjunto de autopercibidos dirigentes que Milei execra en bloque como “la casta” descifrar el mensaje e intentar acortar distancias con quienes aspira a representar. Las aflicciones que por estos días provoca el fenómeno del libertario tal vez podrían haberse evitado si la clase política hubiera superado su endogamia.
La proyección del voto en blanco desploma, obviamente, la representatividad de las fuerzas que compitieron en las PASO.
El 55% del oficialismo cae, si se contabiliza el voto en blanco, a 42, y a un 30,3 –menos del tercio- si se calcula sobre el padrón general, donde el voto en blanco representa un 17%.
En el caso de Juntos por el Cambio, la secuencia es 28%, 21 con el blanco en la cancha y 15 sobre el padrón general.
Los libertarios: 15%, 12 y 8,4.
Como la escena es similar en el caso de la Capital, donde más de 70 colectoras de precandidatos a concejales no pudieron levantar la participación, ningún referente o sector puede considerarse exento de reproches.
De acuerdo al escrutinio definitivo, hay una cantera enorme para la exploración de los quedaron en carrera de cara a octubre, un ancho margen para las sorpresas.