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Análisis

Reflexiones sobre Esquiú

Por Rodolfo Schweizer- Especial para El Ancasti-Agosto, 2021
11 de agosto de 2021 - 09:47 Por Redacción El Ancasti

Cuando el 23 de diciembre de 1881 Fray Mamerto Esquiú incluyó algunos conceptos del intelectual alemán Gottfried Leibniz en su elogio fúnebre a Fray Fernando de Trejo y Sanabria, quizás nunca imaginó que, con su discurso, estaba demostrando una apertura intelectual digna de recordarse, aun en estos tiempos duros de ceguera universal. 

La oportunidad fue la conmemoración del aniversario 267 del fallecimiento del fundador de la que luego fue la Universidad Nacional de Córdoba, un franciscano como el mismo Esquiú. Su discurso, una reivindicación de la contribución religiosa al conocimiento a lo largo de la historia de América, es también un llamado a mantener el diálogo entre religión y ciencia, a la cual no le ve futuro si no se le imprime una cualidad moral y cristiana.

Sus palabras son concluyentes. Aquí, algunas de las tantas:

    La ciencia, señores, es un deber, uno de tantos que impone la piedad cristiana.
    La ciencia es un deber tan cristiano, que el mismo Dios intima con el profeta:”Porque tú     rechazaste la ciencia, yo te rechazaré del sacerdocio”
    Sin la fe, en efecto, ninguna ciencia puede adquirirse sino trunca y a medias. 

Para lo cual advierte el rol de la educación:
    Cuando se trata de escuela o colegio…se trata de la educación, cuya importancia     es tal,     que nadie puede desconocer la verdad de lo que decía el profundo pensador     Leibnitz (con “t” en su tiempo): “Dadme una buena educación y yo os doy reformado el mundo”.

Recordar este discurso a través de unos fragmentos no es casual en este momento para nosotros, al menos. La maestría de su forma y la elocuencia que lo adornan lo hacen digno de ser considerado como una obra de arte, digna de estudiarse. Pero, teniendo en cuenta la resonancia que en este momento tiene en Catamarca su entronización el próximo 4 de septiembre, hemos elegido aquí reconocerlo rescatando una parte infinitesimal de la base filosófica de su fe religiosa; destacar como Esquiú, no temiéndole al ecumenismo, no vacila en recurrir a otras fuentes cristianas para defender la tesis de una creación divina del mundo, entre otras cosas.Que en su discurso Esquiú apele a Leibniz, de quien dice que copiaba sus conceptos del catolicismo, demuestra su seguridad en la fe que lo acompañaba y su confianza en el libre albedrío o la razón como base de su creencia religiosa. 

Ahora bien, ¿quién era Gottfried Wilhelm Leibniz como para merecer mención en un discurso de Esquiú? La historia nos cuenta que nació en Leipzig, Alemania, un 1 de julio de 1646 y falleció en 1716; que su familia era protestante y luterana; que a los 12 años dominaba el latín, más tarde el francés y a los 20 ya era un doctor en leyes. 

Gottfried Wilhelm Leibniz

Leibniz fue filósofo y científico. Llegó a inventar una máquina de calcular para hacer las operaciones elementales, pero hoy ocupa un lugar destacado por su contribución en el campo de las matemáticas. Es el inventor del Cálculo Matemático, del cálculo infinitesimal que hoy cualquier estudiante de ingeniería estudia en las carreras de ingeniería en las universidades; del sistema binario (0-1) que hoy sirve de base a la programación en computadoras. Símbolos comunes en las matemáticas que todos usamos hoy son de su invención, desde el signo = para igual y la x de multiplicación, así como el signo dx (diferencial de x) y el del signo de la integral (?) en el análisis matemático. No sin razón, Diderot, el autor de la Enciclopedia dijo que “cuando uno compara los talentos de uno con los de Leibniz, uno se tienta a tirar todos los libros a la basura y a morir callado en la oscuridad de algún olvidado rincón”. Todavía quedan unos 26.000 documentos de su autoría que esperan su traducción en la Academia de Berlín. 

Su reconocimiento cada vez mayor en la actualidad lo demuestra el gobierno alemán cuando creó en 1985 el Premio Leibniz, que otorga la suma de 1,55 millones de Euros por resultados experimentales y 770.000 Euros por logros científicos. Mucho más que los Premio Nobel. 

A este hombre admiraba nuestro Fray Mamerto Esquiú, y no era para menos. 

La conexión Esquiú-Leibniz

1. Dios como primera causa

La conexión filosófica entre Esquiú y Leibniz se da en dos fragmentos de su discurso. En el siguiente ambos defienden el principio de causa y efecto, asumiendo a Dios como el primer motor de la creación. En efecto, Esquiú dice:
“Y qué es Dios, Señores, ¿qué es Dios sino el primer motor inmóvil de todas las cosas? En Metafísica, Él es el Ser necesario sin el cual no se explica lo contingente; el Ser infinito sin el cual es imposible el limitado….Dios pues se cierne sobre vuestras cabezas, honorables Señores! El Dios personal, Trino y Uno del Cristianismo; el Dios de la Iglesia Católica a la que copiaba Leibnitz con ser protestante en su Systhematheologicum; …Señor de las ciencias….”(156-157)
Leibniz, a su vez, sostiene lo mismo cuando dice en su manuscrito de Noviembre 23 de 1697 “Sobre el origen definitivo de las cosas” que, si bien en el universo hay una cierta y dominante unidad, que es el universo, la razón de su existencia debe estar más allá de él, en Dios, una necesidad metafísica cuya esencia es su propia existencia. Por lo tanto, la coincidencia entre Esquiú y Leibniz acerca de Dios como la primera causa del mundo es total. 
(www.leibinz-translations.com/ultimateorigination.htm) 

2. Las matemáticas y Dios 

En el siguiente párrafo de su discurso, Esquiú incursiona en las matemáticas, con el fin de demostrar la perfección del mundo, al ser obra de un matemático divino. 

“Al parecer, nada es más extraño del Dios vivo y verdadero que las ciencias exactas …. Pero ese abismo no debe ser sino aparente, cuando Leibnitz creía, cómo tocar a Dios con la geometría, no menos que Linneo contemplando una hoja de yerba creía verlo por las espaldas. Estamos lejos de la ciencia de esos hombres, pero con solo aplicar la luz de la razón se viene a conocer que no solo no hay un abismo alguno entre las ciencias exactas y Dios, … sino que sin Dios no son posibles las Matemáticas. Parte de ella son las progresiones indefinidas, lo infinitesimal; pero lo infinitesimal e indefinido es imposible sin lo infinito; y Dios no es otra cosa que lo infinito en ser, en perfección, en vida, en libertad e inteligencia. En las Matemáticas pues, Deus!Ecce Deus!” (155-156).

Respecto a lo que Leibniz dice sobre este tópico, el filósofo y matemático alemán Herbert Breger, que tomamos aquí como referencia, dice que para Leibniz las matemáticas, física, filosofía y teología son como los escalones de una escalera que llevan hacia Dios, quien es la fundación de todo conocimiento y sabiduría; que cualquier nuevo conocimiento o teorema es como un espejo nuevo que refleja la belleza de Dios.

Ahora bien, dado que no todas las ramas de las matemáticas son apropiadas para describir la naturaleza, Leibniz creó y desarrolló lo que se llama cálculo infinitesimal. Y lo justifica diciendo que, dado que la naturaleza del ser que creo la naturaleza es infinita, para comprender a la misma hace falta una matemática basada en la aprehensión de lo infinito. El cálculo infinitesimal garantiza esa posibilidad. Es lo que el mismo Esquiú afirma en su discurso. 

Esto se debe a que la naturaleza no actúa por saltos, sino de forma continua, pasando en el proceso por infinitos estados intermedios a los cuales solamente el análisis infinitesimal puede acercarse para medirlos. Es lo que Leibniz llama el Principio de Continuidad, que demanda el uso del cálculo diferencial para definirlo y evitar la consumación de infinitas operaciones matemáticas imposibles de llevar a cabo, aun para el mismo Dios, porque no tendrían fin al ser infinitas. Dios, por otra parte, no necesita hacerlos, porque sabe el resultado de antemano. Esta premisa confirma la visión de Leibniz de que los números son la esencia de todo y que “Dios es un perfecto matemático”. (https://link.springer.com/chapter/10.1007%2F978-3-662-50399-7_6). 

3. El homenaje a Trejo y Sanabria

Una interesante aplicación de la idea de Leibniz acerca de la razón como explicación de todo lo que pasa, es clara cuando dice en su Principio de la Razón Suficiente que “Debe haber una suficiente razón (normalmente conocida solamente por Dios) para todo, para cada evento que ocurre, para lograr llegar a la verdad.

Para explicarlo, Leibniz recurre a un ejemplo histórico: el cruce del (Río) Rubicón por parte de Julio César, un 19 de enero, 49 años antes de Cristo, acción que luego lo llevó a transformarse en emperador del Imperio Romano y finalmente dictador, con todas las consecuencias históricas que ello tuvo para el futuro, incluido el presente. Para Leibniz, el cruce de ese río estaba preanunciado en la historia, por así decir, por el tipo de persona que el tiempo había construido en la persona de Julio César. Es decir, su esencia. No haberlo cruzado implicaba una contradicción con la verdad.

Traspolando esta proposición a Esquiú, también podría decirse que su participación en el homenaje a Trejo y Sanabria estaba preanunciado por la combinación de infinidad de factores en su pasado, que hicieron posible su participación y de la cual no podía escapar, sin dañar su esencia. El mismo lo reconoce sin querer cuando dice que:

Cuando el ilustre Rector y algún otro de los miembros del ilustre Claustro me favorecían con repetidas instancias a que me hiciera cargo del elogio de Trejo, sin embargo de no atreverme a ello, confesaba desde luego que siendo sucesor aunque muy indigno de aquel hombre verdaderamente ilustrísimo, me reconocía estar llamado a evocar su nombre en la presente década. Y lo que decían otros, me lo repetía a mí mismo, sí, yo debo hacerlo, tengo el mismo hábito que llevó Fr. Fernando de Trejo y Sanabria, y entre 22 Obispos que le han sucedido, el que habla es el primero que ha vuelto a la Silla Episcopal de Córdoba del Tucumán el tosco sayal de San Francisco. Por inescrutables juicios de Dios me toca servir de eco en el último tercio del siglo XIX a esa hermosa voz del primer cuarto del siglo XVII; yo no debo esquivar ese llamamiento, cualquiera que sea mi ineptitud, y por vil que sea el precio en que deba estimarse mi trabajo. 

Creemos que este fragmento nos exime de tener que demostrar que la proposición de Leibniz de que, misteriosamente y sin que lleguemos a abarcarlo todo por nuestras limitaciones naturales, en la construcción de la esencia de un individuo se combinan la infinita cantidad de acciones, humanas o no, que se dieron en el pasado. Esquiú, como él mismo lo reconoce, no podía escapar a ese determinismo que el pasado había construido en su persona. El estaba designado por la historia para decir ese bello discurso en homenaje a Trejo y Sanabria. No otro. 

Lo que hasta aquí hemos comentado, creemos honestamente que demuestra la amplitud del horizonte intelectual que habitaba en Esquiú. Que en el siglo 19 un hombre como él, que había nacido en un humilde caserío ubicado en los confines de nuestra república,citara a un Leibniz, habla a las claras de que estamos frente a un intelectual en el cual se combinaron un conocimiento y una sabiduría incomparables para su época y quizás para la nuestra. Solo nosresta desear que sus coterráneos de ahora se acuerden de ello más allá del 4 de septiembre.


 

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