Es febrero de 1871 en Buenos Aires. No es un año común para la provincia ni tampoco para la ciudad. En el ocaso de aquel verano, los puertos, símbolos de la fastuosidad europea anhelada por Sarmiento, comienzan a contagiarse con el inconfundible hedor de la muerte. El vómito negro, como se nombró a la infame fiebre amarilla, avanza sobre la población. Las autoridades no pueden hacer frente al contagio, los muertos se amontonan en las esquinas y la improvisada “Comisión Popular”, por pura ignorancia médica de la época, con sus habituales incendios de conventillos, genera más problemas de los que soluciona. Sus miembros, movidos por la desesperación, terminan actuando más como los médicos de la peste de la Edad Media que como profesionales de la salud. En consecuencia, se gesta una de las catástrofes sanitarias más graves de la historia nacional.
El legado de Mardoqueo Navarro en la literatura nacional
Navarro fue un comerciante y cronista catamarqueño que registró las atroces consecuencias de la epidemia de fiebre amarilla en 1871. Su diario fue parte fundamental para la creación de una de las obras literarias argentinas más importantes del último tiempo.
Mientras tanto, los más afortunados, huyen despavoridos de la ciudad de Buenos Aires, antes del cierre de fronteras. En ese cuadro apocalíptico, hubo un catamarqueño que se encargó, cuando nadie se atrevía a hacerlo, de registrar las atroces consecuencias de la epidemia. Su nombre, injustamente desconocido, fue Mardoqueo Navarro y su crónica, que alterna entre el registro histórico y el relato de terror, sirvió de material de pesadillas para una de las obras de terror más significativas de la literatura argentina en los últimos años: Las esferas invisibles, de Diego Muzzio.
Antes de hablar del libro de Muzzio, es importante hacer referencia a la obra que le sirvió de fuente histórica. Pese a su grandísimo valor, el “Diario de la fiebre amarilla”, que escribió Navarro sólo es mencionado en un puñado de obras específicas sobre el tema. Entre ellas, quizá la más importante, está el libro Cuando murió Buenos Aires, de Miguel Ángel Scenna, un registro detalladísimo del suceso, en el cual el diario del catamarqueño está adjunto en los capítulos finales de su obra.
Este diario resultó un aporte invaluable para comprender la catástrofe con algo de detalle. En aquellas páginas, día tras día, Navarro anotó los hechos significativos que acontecían en la ciudad porteña: la cantidad de muertos, la labor del gobierno e incluso algunas lúgubres curiosidades. A partir de sus datos, por ejemplo, pudo estipularse que la cantidad de muertos ascendió a aproximadamente 15.000 personas, lo que equivalía al ocho por ciento de la población bonaerense. Cifra que relevamientos posteriores fueron puliendo, pero no se alejaron para nada de los números de Navarro.
Por otra parte, su libro no sólo se centró en anotaciones en frío; sino que revela críticas ante la incompetencia de las autoridades bonaerenses para hacer frente a la epidemia. Su agudeza periodística lo llevó a desconfiar de los partes del gobierno, que en aquel entonces intentaba hacer pasar las primeras víctimas de la enfermedad como fallecidos por “gastroenteritis”, para no suspender los festejos del Carnaval de aquel año. Respecto a esto, el catamarqueño anotó: “27 de enero: Según las listas oficiales de la Municipalidad, 4 de otras fiebres, ninguna de la amarilla”.
El salto a la ficción
Esta atmósfera apocalíptica fue la que más de un siglo después, el escritor argentino Diego Muzzio rescató y usó como combustible de pesadilla para las tres novelas cortas que componen el libro Las esferas invisibles, el cual fue publicado por primera vez en el año 2015 (actualmente cuenta con seis reediciones).
Sobre la conexión entre la obra de Navarro y la de Muzzio no abunda mucha información, pero en una charla con el escritor en el marco del club de lectura organizado por la librería La Singularidad del Libro, tuve la oportunidad de preguntarle directamente sobre esta relación.
Al respecto, Muzzio respondió: “Es un texto muy curioso que me sirvió para saber todo el contexto histórico. Lo encontré en una revista de historia de la Biblioteca Nacional cuando estaba buscando fuentes para mi novela”.
Dicha relación es profunda y se nota marcadamente en las dos primeras nouvelles del libro: “El intercesor” y “El ataúd de ébano”. La primera adquiere una gran carga simbólica al situarse en el 10 de abril de 1871, el día posterior al Domingo de Pascuas de la llamada popularmente “Semana Santa maldita”.
Esta fecha, lejos de toda celebración religiosa, fue el epicentro de la tragedia: las muertes alcanzaron su pico máximo de 563 fallecidos en un sólo día. Resulta tenebroso observar cómo el tono del registro de Navarro cambia radicalmente en ese lapso, pasando de un listado informativo a un relato de supervivencia frente al horror. Sobre aquel lunes, él escribe: “563 defunciones. Terror. Feria. Fuga”. Y al día siguiente, deja una frase capaz de retratar toda la epidemia: “Abril 11.- Reina el espanto”.
Volviendo a la nouvelle, con gran acierto, el escritor escogió que su primer narrador sea un sacerdote cuyo relato inicia en esa fecha infame. Y contextualiza con maestría los estragos de la peste: “Ya ni siquiera se veían ataúdes en las esquinas, esperando los carros que los transportaran al cementerio, sino sólo los cuerpos envueltos en sábanas o ponchos (a veces, ni siquiera disponían deesa mísera mortaja), tendidos en las veredas y, en ocasiones, con un papel prendido con un alfiler en el pecho, en donde alguna mano anónima había escrito el nombre del difunto o las circunstancias en las que había sido encontrado”.
El título de esta novela resulta irónico al presentarnos a dos “intercesores”. Por un lado, la figura del sacerdote quien, acorralado por la muerte y el relato sobrenatural de un moribundo, se vuelve incapaz de interceder ante Dios y pierde su fe: “Porque la fe varía como el dibujo de las nubes en el cielo”.
Pese a esto, la voluntad del cura recibe su golpe de gracia cuando Fernando Vidal, el moribundo, le pide que escuche su historia ocurrida en las salinas de la frontera; un terreno inhóspito que entonces bordeaba con el límite del país, es decir, parafraseando a Sarmiento, con la barbarie. En su relato aparece el segundo intercesor: el Negro Tumba. Este personaje lidera el fuerte "Desolación" y también media entre los mortales y lo divino, aunque esa divinidad no responde a figuras cristianas, sino a lo oculto y prohibido. El caso omiso de Vidal a las advertencias de este intercesor produce las consecuencias funestas que cierran la novela. Su importancia es clave: representa el quiebre de la razón y el nexo con el mundo de los muertos en ese paraje desolado.
Esa frontera borrosa entre la vida y la muerte se traslada a “El ataúd de ébano”. Muzzio aprovecha acá uno de los detalles más lúgubres de los que Navarro registró en su diario. Y es que, en palabras del escritor, el texto del catamarqueño “va contando los días, la cantidad de muertos e incluso algunas cosas curiosas como los entierros erróneos o ‘los resucitados’, que eran borrachos que pensaban que con el alcohol la enfermedad no los iba a contagiar”.
Pero más que un dato curioso, estos entierros erróneos son el síntoma del colapso del sistema sanitario sobre el que se construye la novela. En medio del caos de una ciudad desbordada, donde ya no había control sobre quién moría ni dónde se lo sepultaba, se nos presenta a dos maleantes, Eusebio Sosa y Rufino Vega. Ellos aprovechan ese caos y la falta de ataúdes para saquear cementerios y revender los féretros al mejor postor: “Habían trabajado durante horas al amparo de la oscuridad (...) desenterrar el ataúd, abrirlo y dispersar sobre las tumbas cercanas los restos de su legítimo ocupante."
Este contexto fue moneda corriente durante toda la epidemia. Ante la falta de ataúdes, los cadáveres iban amontonándose en las esquinas de la ciudad, esperando, en el mejor de los casos, al llamado “Tren de la Muerte”, que se encargaba de trasladarlos y, literalmente, botar los cadáveres en zonas en donde no hubiera población: “Antes: 40 coches para un muerto; ahora: un sólo carro para muchos muertos”. A esto se le suman los llamados resucitados, los cuales retrata Navarro: “Marzo 16.- Un vivo, tomado por muerto, se sale del cajón”.
Sin embargo, a pesar del contexto atroz en el que los personajes transcurren, Muzzio decide que el elemento sobrenatural de la novela sea una niña siniestra, la cual maneja a uno de ellos con una fuerza hipnótica, casi fantasmagórica. Lo que demuestra, una vez más, cómo el terror sirve de marco perfecto para narrar cataclismos sociales.
Al final, aquella gesta de Navarro significó mucho más que simples notas sobre defunciones. Su registro permitió no sólo observar con mayor precisión uno de los hechos más siniestros de nuestra historia, sino también transformar ese espanto en una ficción necesaria. A través de este diálogo, la literatura permite recuperar la obra de un catamarqueño cuyo nombre se encontraba perdido. Y nos muestra que, incluso en los momentos más oscuros, siempre hubo alguien dispuesto a escribir para que la muerte no tenga la última palabra.
Texto: colaboración de Neuhén Vázquez
El autor
Diego Muzzio nació en CABA, cursó estudios de Letras en la UBA y es Licenciado en Lengua, Literatura y Civilización Extranjera por la Universidad de Le Mans, Francia. Publicó poesía y libros de narrativa, para adultos, niños y jóvenes. Entre sus obras poéticas se cuentan: Sheol Sheol, Gabatha, Hieronymus Bosch, El sistema defensivo de los muertos y Nadar bajo la tierra, obra poética reunida. Como narrador publicó: Mockba, Doscientos canguros, Las esferas invisibles y El ojo de Goliat. Algunos de sus libros para niños son: La asombrosa sombra del pez limón, Galería universal de malhechores, La guerra de los chefs, El año del corredor solitario, La casa de las ballenas y El gigante resfriado, entre otros. Recibió Primer Premio de Poesía del FNA, el Primer Premio Hispanoamericano de Poesía Sor Juana Inés de la Cruz, el Premio Medifé-Filba 2023. Recibió un Premio Konex en 2024.