El estudio de la divinidad que representaba, en lo que comprendió algo más que el antiguo Tucumán de la conquista, la fuerza creadora femenina por excelencia, involucra, en mi concepto, todo un problema de civilización precolombina (…)
El estudio de la divinidad que representaba, en lo que comprendió algo más que el antiguo Tucumán de la conquista, la fuerza creadora femenina por excelencia, involucra, en mi concepto, todo un problema de civilización precolombina (…)
Entraron los españoles, como dioses mayores de estas tierras, a Inti, el numen solar y civilizador de los dominadores y señores del imperio y a Pachamama, con culto tan difundido como el de aquél, en las regiones andinas y a manera de estrato tradicional entre los diaguitas de una cultura generalizada en la zona andina y muy anterior a la incásica.
Los cronistas se ocupan alguna vez del primero, desfigurándolo generalmente, a través del prisma de su fe cristiana y ninguno de la segunda, que representaba la religión de los subyugados, de los humildes.
Su revelación y su estudio, puede decirse que es muy moderno y sin embargo, el culto de la Pachamama subsiste hasta nuestros días, lo que nos revela una persistencia, sólo explicable por un hondo arraigo en la conciencia y en la psicología colectiva. Inti es un recuerdo luminoso y clásico, y pasó con la casta del Cuzco, que elevara a su gloria el templo resplandeciente de Coritambo, mientras que la divinidad tchónica, su rival posiblemente, continúa recibiendo el tributo de los descendientes de las razas autóctonas, en el altar de las montañas y en las humildes apachetas de los caminos.
Sabido es que, en la conquista incásica, según Garcilaso y demás cronistas, no fue muy anterior al descubrimiento de América. La precedió siglo y medio o más y en tan corto tiempo, a pesar del desnivel de civilización y la sugestión del culto del sol, no pudo substituirse totalmente la veneración a las divinidades locales por la religión oficial de los dominadores. Y a ello atribuyo, entre otras razones, la supervivencia de la una y la facilidad con que se borró en el espíritu de las gentes la segunda, excepción hecha del núcleo del imperio, donde persistió la fiesta primaveral del Intiraimi.
El culto de la Pachamama, es anterior, en el mismo Perú, al de Inti y refleja conceptos y grados de civilización bien diversos: el paso del matriarcado del comunismo tribal y de la vida agrícola, a la época patriarcal y pastoril de imperio, con fuerte tendencia al monoteísmo, representado por aquel fantasmal Viracocha, tomado de los aymarás y que equivalía al Deu ignotus, según el sentir de los cronistas.
Etimología
El primer problema que se le presenta al investigador, se relaciona con el origen y nombre de la divinidad femenina.
Ya en la muy antigua civilización de los huanacotas y en sus descendientes más directos, encontramos como dios superior, dentro de su concepto cosmogónico y teogónico, a Pachakama o Pachacamac. Con este nombre se designaba al eterno, al que no tenía principio ni fin, al creador de todas las cosas, en el cielo y en la tierra. Su símbolo visible fue posiblemente el sol, según se desprende de los restos arqueológicos de Tiahuanaco y de las tradiciones más auténticas, así como en la India, fue simplemente el círculo.
Este nombre es evidentemente de origen aymará y en lenguaje kolla tiene un significado que condice perfectamente con el concepto atribuido. En efecto, pacha, en esta lengua, es el tiempo y Kama es la partícula sustantiva del verbo kamaña, que significa habitar, morar en algo. De aquí que el significado literal “el que mora en el tiempo”, el eterno. Cito este nombre por la analogía fonética que tiene con Pachamama, cuyo significado, en lengua quichua, difiere del anterior. En este idioma, no derivado del aymará, sino más bien hermano del mismo, según Belisario Díaz Romero, Pacha vale tanto como tierra y mama, es madre, de donde resultaría el nombre de la divinidad tchónica: “la madre de la tierra”.
Difícil nos será establecer un vínculo de relación entre la divinidad aymará y la andina. Su concepto es bien diverso, al igual que su significación social. Ello no obstante, es de tener en cuenta la evolución profunda que debió importar la desaparición del primitivo dominio aymará en Sud América, hecho positivamente averiguado por la abundancia de nombres de montañas, ríos y poblados, de esta lengua, que encontramos en la región cordillerana, del Ecuador al sur de Mendoza y de Neuquén. Al aflojarse los vínculos de esta enorme expansión, tan grande o mayor que la incásica y dar carácter, de acuerdo a su propia vida, a los dioses de los conquistadores de la primera y segunda época.
Los pueblos andinos, agrícolas especialmente, por necesidad de vida debieron tener siempre un culto especial por la tierra proficua, por la montaña siempre misteriosa y maternal, que vertía sus torrentes en los valles y atesoraba sus reservas de agua, de oro, de plata y de cobre. Sus parcialidades tomarían una especie de confederación en defensa de los intereses comunes, contra las tribus nómadas o xuríes y en su medio no evolucionado, debió tener la mujer, como acaece en todas las tribus agrícolas, una alta importancia y significado en el régimen de la familia. Sus dioses, en una palabra, fueron más terrestres que siderales, con una fuerte propensión a lo femenino.
Fuente: Fragmento del libro “Divinidades diaguitas”, de J. Z. Agüero Vera
Epígrafe: La “madre tierra”, invocada por los pueblos originarios por su generosidad.
Texto destacado: Entre la divinidad aymará y la andina, su concepto es bien diverso, al igual que su significación social.