viernes 27 de enero de 2023

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Análisis

Minería: los problemas de un embajador

Especial para El Ancasti- Por Rodolfo Schweizer-Enero, 2023

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El tema de la minería en nuestro país nunca ofrece una imagen clara y transparente, lo cual termina revelando la verdad que se esconde detrás de las palabras de compromiso de quienes abren la boca de más y terminan condenándose a sí mismos. El actor en esta representación absurda es nuestro embajador en Chile, el señor Rafael Bielsa que, al meterse en asuntos de otro país, Chile en este caso, mezcló los intereses de una compañía minera extranjera que opera en Argentina con lo diplomático, lo cual generó un innecesario conflicto con Chile. Pero, ahí no terminó su infortunada intromisión, sus palabras también revelaron lo que parece ser un común denominador a todos los gobiernos que se suceden en estos últimos tiempos, la de abrir el país a cualquier inversión con tal de salvar sus teorías económicas.

En efecto, según la Agencia EFE, cable del pasado 20 de enero, nuestro embajador fue llamado a presentarse ante la Cancillería del país vecino, para aclarar sus declaraciones sobre un proyecto minero, la mina “Dominga”, suspendido por el gobierno de aquel país, a raíz de los daños ambientales que el mismo implicaba. Esta mina iba a producir 12 millones de toneladas de hierro y 150.000 toneladas de cobre por año, además de darle trabajo directo a unas 1500 personas.

La agencia de prensa española informa que el proyecto, propiedad de la compañía AndesIron, incluía una mina y un puerto con una inversión de 2.500.000.000 de dólares en la zona de Coquimbo, proyecto que avanzaba sobre el mundialmente reconocido Archipiélago de Humboldt, que resguarda uno de los ecosistemas más importantes del mundo, por donde circulan unas 560 especies marinas y vive el 80% de la especie de pingüinos que lleva el nombre del famoso investigador alemán del siglo 19.

Según esa fuente, el embajador Bielsa fue citado a Cancillería para expresarle verbalmente la molestia por sus dichos en la comisión de Relaciones Exteriores (del Senado), donde aseveró “que esperaba ser informado de la decisión ambiental” tomada por el Comité de Ministros (de Chile). Aclaradas las posiciones, la situación fue superada “diplomáticamente” según se dice.

Ahora bien, qué dijo nuestro embajador al salir de la reunión. Vamos por parte. Al comienzo dijo ante la prensa:

“Este emprendimiento (la mina de hierro y cobre Dominga) era una de las alternativas que iba a tener Agua Negra (el paso fronterizo entre San Juan y Chile) como puerto.

“A nosotros nos vendría bárbaro que nos avisaran, nada más que eso. Como tiene un impacto en las relaciones bilaterales, queríamos que estuviera informado”.

Esto, obviamente, genera un interrogante acerca de las actividades de nuestra representación diplomática. Se entiende y se acepta que una embajada promocione los intereses nacionales del país que representa, entre ellos que demuestre un conocimiento de lo que hacen las empresas argentinas en el país vecino, pero no que baje de nivel su misión como para actuar, virtualmente, de gerente de una de ellas, generando de paso un conflicto diplomático.

Aquí el señor Bielsa se queja de que el gobierno chileno, ejerciendo su capacidad y derecho a interrumpir un proyecto minero que considera dañino para su pueblo en su propio territorio, entorpezca el plan de explotación de una minera extranjera registrada en San Juan, Argentina. La idea de la minera de San Juan era la de usar el puerto de la minera chilena para exportar a través del Pacífico.

Sin embargo, la segunda parte de su declaración se presta a confusión cuando dice “A nosotros nos vendría bárbaro que nos avisaran, nada más que eso. Como tiene un impacto en las relaciones bilaterales, queríamos que estuviera informado”. Aquí corresponder preguntar quiénes somos “nosotros”. Pareciera que el señor embajador se considera parte de la empresa minera, a lo que sobrepone su papel de embajador para obligar a los chilenos a informarle de sus decisiones políticas, con el fin de favorecer a la misma.

La situación, torpe en su esencia, revela una visión cuestionable del embajador respecto a la soberanía nacional. Un país no tiene ninguna obligación oficial de comunicar o discutir sus decisiones internas a otro, por más vecinos que sean. En todo caso, si tenía problemas con la decisión chilena, las hubiera consultado silenciosamente, nunca cuestionado públicamente.

Sin embargo, su actitud es más cuestionable aún si se considera que la oposición a esta mina ya venía del gobierno de la ex presidenta, señora Bachelet, por los daños que ocasionaba. Como es sabido, luego el presidente Piñera la reactivó, lo que despertó sospechas porque su familia era inversora junto a dos poderosas familias chilenas, lo cual lo llevó a apartarse. Se entiende. Era el presidente de Chile. Finalmente, teniendo en cuenta los daños irreversibles al medio ambiente que los estudios determinaron, la semana pasada el presidente Boric la paró del todo. Ahora la empresa apeló nuevamente y el tiempo dirá en que queda todo esto. En resumen, el señor embajador no puede aducir que lo que pasó lo tomó por sorpresa.

Al final, para completar y complicar la situación, el embajador Bielsa dijo que “cinco especies de animales se alegrarán de no ser exterminadas por el proyecto chileno” La forma burlona con que lo dice no solamente demuestra una falta de sensibilidad y respeto hacia la naturaleza, el medio ambiente y el planeta en nombre de la ambición, sino también una mentalidad a contramano de todo el mundo. Nadie puede ignorar en este momento la preocupación mundial por el calentamiento global y sus consecuencias. Mucho menos un embajador. Mal que le pese, su visión y sus palabras desprestigian su imagen personal y enlodan la imagen de nuestro país ante el mundo.

La situación planteada por la actitud del embajador de nuestro país en Chile genera otras reflexiones, más allá de lo pasado. Su visión se encuadra dentro de los que creen que los problemas económicos y sociales de un país se deben solucionar a cualquier costo, no obviamente del bienestar de las elites que usufructúan el poder ganado a través de una democracia con más fallas que aciertos, sino del pueblo que los eligió y del medio ambiente en que la suerte personal los llevó a vivir.

Esta visión y actitud la vemos en otras áreas como la producción de soja, una maravilla tecnológica que enorgullece a todos en el campo y que alimenta gran parte del presupuesto nacional, pero que destruyó el monte nativo, liquidó vaya a saber cuantas especies animales y vegetales y, fundamentalmente, expulsó a millones de peones rurales del campo. Esos trabajadores rurales y sus hijos y nietos son los que hoy habitan las villas de emergencia en el conurbano de las grandes ciudades y que hoy son un problema de un estado que no tiene capacidad para rescatarlos y de una sociedad que no tiene como asimilarlos. Lo mismo pasa con la minería, un recurso con fecha a terminarse, que permite por ahora aliviar las penurias de los gobiernos provinciales, pero que también dejará una herencia medio ambiental lamentable, por lo cual pagarán las generaciones futuras.

La situación absurda planteada en Chile por el embajador argentino tiene especial importancia ahora, porque en estos días se celebra la reunión de la CELAC en Bs. As., un encuentro presidencial donde temas como estos van a estar seguramente sobre la mesa. La pobreza creciente del continente está arrinconando a unas elites que están muy lejos de comprender los desafíos que se presentan a través de la globalización y el avance de la inteligencia artificial y más lejos aún de saber qué hacer ante un presente que se les escapó de las manos.

Esto que aquí decimos no debe tomarse como una condena a la actividad minera, una tarea lícita que siempre acompañó al desarrollo de la humanidad. El problema con la minería, así como con la soja, es que se desarrolla en un vacío moral e intelectual, donde sus réditos no se aplican en la construcción de un futuro, para cuando el recurso ya no esté, sino que se dirigen a perpetuar un estatus social de control y dependencia que, a la larga, no beneficia a nadie, incluidas las elites.

Nos gustaría saber si el señor embajador Rafael Bielsa pone el mismo empeño para ganar el apoyo de los chilenos para construir el Corredor Bioceánico que todo el NOA, especialmente Catamarca, más el centro norte de nuestro país quiere y necesita, para darse un futuro diferente, al margen de las oportunistas de turno.

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