miércoles 22 de julio de 2026
Análisis

La meritocracia y sus problemas

Por Rodolfo Schweizer- Especial para El Ancasti- Diciembre de 2018

Por Redacción El Ancasti

El fallecimiento hace pocos días del ex presidente norteamericano George H.W Bush no solo ha ocupado la primera página de la prensa mundial por los cruciales actos de gobierno que él presidió desde la Casa Blanca, sino porque significó el fin de una era y abrió un espacio desde el cual interrogar el presente en su relación al pasado y al futuro. 

Dos periodistas importantes de este país, Fareed Zakaria y Ross Douthat, que inspiran estas líneas, han dedicado su espacio en CNN y el NYT para hacer un análisis que no solamente merece ser considerado para entender el devenir de este país en los últimos 70 años, sino que trasciende las fronteras para comprender los cambios que se han dado en la forma de ejercer el poder en el mundo luego de su mandato. Por lo tanto, el problema alcanza a nuestra realidad, al margen de la valoración política que los actos del gobierno norteamericano merezcan, desde un punto de vista latinoamericanista.

La importancia de su presidencia entre 1989 y 1993 radica en que marca un antes y un después en la vida política de EE.UUU. En ese “antes” se ubica la importancia de la procedencia social del elegido para la presidencia; en el “después” es la importancia del tecnócrata por encima del pedigrí personal. Nada mejor que comparar los orígenes de Bush padre con los de Donald Trump para reconocer la nueva realidad.

En efecto, Bush representó el estilo de las elites que planteaban sus políticas en base a principios morales tradicionales, que les servían de referencia. Era parte de los llamados “WASP”, White (Blancos), Anglo Sajones y Protestantes, mayormente del noreste de EE.UU. Tal como Fareed Zakaria sostiene, Bush provenía de esa elite, segura de sí misma por su posición social y económica, que tuvo, por esa razón, la libertad de trascender sus privilegios para proyectar los intereses de su nación, tal cual ellos los entendían, aun pasando por encima de sus intereses personales. 

Zakaria advierte que esto no significa desconocer que su tiempo como gobernante todavía seguía marcado por la discriminación, la segregación y el exclusivismo que dominaba la escena política de aquel tiempo, en que un Obama habría sido algo imposible. Sin embargo, en lo personal supieron imponer, desde su punto de vista moral de base religiosa protestante, cierta modestia, humildad y límites al ejercicio del poder.

Esa prudencia en el uso del poder se vio en ciertos actos cruciales de su gobierno. Su decisión de desalojar al ejército de Sadam de Kuwait, pero no tomar Damasco y deponerlo o la de no ir a Berlín a celebrar la caída del muro, para no alentar una reacción en la Unión Soviética, así lo demuestran. Sin embargo, no tuvo una duda moral y mucho menos política cuando decidió mandar los marines a desalojar del poder en Panamá a un ex colaborador de EE. UU.-el general Noriega- que había calculado mal el alcance de surelación.

Sin embargo, estos hechos importantes que marcaron su paso por el gobierno no impidieron su derrota y la irrupción de un tipo diferente de gobernante a partir de 1993. Para demostrarlo, ahí están Bill Clinton con su problema de abuso sexual, George W. con la creación de noticias falsas para justificar la invasión de Irak y ahora Donald Trump con todas sus controversias, por mencionar algunos. 

Su derrota del año 1992 y el acceso de Bill Clinton al poder en 1993 marca el comienzo de este presente dominado por la globalización y sus consecuencias. Como lo sugieren ambos periodistas, hoy gobierna la meritocracia que, sin principios de referencias, plantea que el acceso al poder debe estar abierto a todos en función del mérito personal y en el prestigio que brindan cualidades como la educación, el éxito en los negocios, o la riqueza rápidamente lograda a bordo del conocimiento tecnológico o científico. 

Los “ejecutores” de esa destrucción no son otros que los innovadores o emprendedores que no se detienen ante nada en su búsqueda personal del “éxito”, todos financiados por un “establishment” capitalista cuyo único horizonte es generar más ganancias para los accionistas, apoderándose del mercado representado hoy por el consumidor inconsciente, que se deja arrastrar por el mercadeo y sus tácticas de venta.

No sin razón Ross Douthat dice que la naturaleza de su formación los impulsa a ignorar la herencia cultural recibida y, por lo tanto, su responsabilidad en mantenerla; “en ellos el pasado es irrelevante, porque se supone que ninguno pertenece a nada y manda en base a lo técnico solamente. Por lo tanto, los meritócratas son educados para ser malos líderes, gente mala en una forma muy específica, -una forma de inteligencia arrogante desconectada de la experiencia histórica, con ambiciones no atemperadas por la necesidad de sacrificar algo en bien de los demás. La tecnocracia funcionó en base a “la decisión impuesta por el ‘mejor y más inteligente’ al comienzo de la era tecnológica, o por los ‘más brillantes en la reunión’ unas décadas más tarde, o por los incendiarios de Wall Street en lo que va de este milenio, o la cultura promovida por Silicon Valley de “muévete rápido y rompe con todo’. Quizás el estilo de Donald Trump, un blanco y protestante, pero sin el pedigrí de Bush, combine en su persona lo peor del auto engaño en que viven los meritócratas (NYT, 12/9/2018).

Por lo tanto, se podrían resumir estas visiones diciendo que,en el ejercicio del poder en EE.UU., se han sucedido en los último 30 años dos paradigmas en el ejercicio del poder. En el primero habita el modelo representado en Bush padre, que promovía la conveniencia de imponer una visión histórica al análisis de los problemas y, por lo tanto, a la decisión política.Por el otro el modelo actual, basado en las informaciones que los tecnócratas producen en base a estadísticas o estudios técnicos, vaciados de consideraciones históricas o culturales. No hace falta recalcar que la globalización, con sus fallas y virtudes, es el resultado de esta segunda visión. 

Volviendo a nuestro país, es indudable que nuestra indiferencia social ante la historia es parte también de la visión de nuestros gobernantes de turno, independiente de su filiación política, por compartir una cultura en común. Esto tiene su costo emocional, además del político o económico. Lo ejemplificó hace pocos días un viejo puente ferroviario en Salta, construido seguramente en tiempos de Nicolás Avellaneda, que se vino abajo cuando pasaba un tren del Belgrano Cargas por encima. Obviamente, para un tecnócrata de hoy, este puente viejo posiblemente no cuente como un patrimonio importante. Por lo tanto, no importa que se caiga. 

Sin embargo, el episodio tiene su lado simbólico, porque trasciende el accidente para representar el desprecio de una generación sin referencias en el pasado y sin visión de futuro, hacia otra ya desaparecida,que sí tuvo una idea de país. Porque por ese puente transitaron las esperanzas de miles de argentinos a lo largo de más de 100 años, quizás hasta los abuelos de quienes hoy, llevados por la impostura de poner sus esperanzas en la tecnología, se dan el lujo infundado de descuidar esos pequeños legados de un pasado que nos legitima como nación. 

Nos preguntamos si estas falencias culturales no tienen que ver con la falta de visión de unas elites que, desde su función de gobierno, no pueden pasar de la planificación del mejoramiento de una vieja plaza o, cuando mucho,del montaje de un cargador de celulares en la misma. Ante estas incapacidades manifiestas hasta para cuidar y mantener un puente de la única red troncal ferroviaria que tiene el país hacia el NOA y la frontera con Bolivia, no podemos menos que preguntarnos si la urgencia en demandar obras como la construcción de nada menos que un corredor bioceánico, tienen sentido. No profundizamos en las razones, porque estamos seguros que tampoco las encontraríamos.
 

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