Desde hace más de una década la informalidad laboral viene creciendo en la Argentina. Pero en los últimos dos años se ha disparado de un modo exponencial, con proyecciones que confirman que este crecimiento es inherente a la lógica del modelo y no un fallo de él. Mientras se destruye empleo formal o registrado –alrededor de 250.000 puestos de trabajo entre el primer trimestre de 2024 y el mismo periodo, pero de este año-, crece el mercado laboral informal. Según las estadísticas oficiales, la informalidad laboral ya llega al 44,2%, 2,2 puntos porcentuales más que el año pasado.
La expansión del mercado informal está modificando la estructura laboral argentina, propiciando una pérdida de derechos a cientos de miles de trabajadores, y empujando al país a un diseño del mercado de trabajo más parecido al de otros países latinoamericanos. En el caso argentino, significa un retroceso evidente, porque nuestro país siempre se destacó a nivel continental por tener una estructura laboral formal fuerte y, por esa razón, una clase media mucho más consolidada. Ese perfil de país se va perdiendo paulatinamente.
Un fenómeno naturalmente vinculado al de la pérdida de puestos de trabajo en blanco es el de la desaparición de empresas. Un informe del Centro de Economía Política Argentina (CEPA) confeccionado en base a datos oficiales, destaca que desde el inicio de la gestión de Javier Milei cerraron 26.448 empresas, al ritmo de 31 empresas por día.
El propio modelo económico libertario, que produce la caída del poder adquisitivo de los salarios y del consumo, alienta la precarización laboral. El propio modelo económico libertario, que produce la caída del poder adquisitivo de los salarios y del consumo, alienta la precarización laboral.
Solo un porcentaje mínimo de los trabajadores que pierden su empleo formal consigue, con el tiempo, otro empleo formal. La mayoría desbarranca hacia la informalidad, como cuentapropista o como trabajador de aplicaciones. El propio modelo económico libertario, que produce la caída del poder adquisitivo de los salarios y del consumo, alienta la precarización laboral. Las estadísticas oficiales consideran que estos trabajadores están ocupados, pero omiten decir que se trata de empleos de muy baja calidad y sin chance alguna de favorecer una movilidad social ascendente.
El notable incremento de la informalidad produce, además de la pérdida de derechos, una caída de los ingresos, que es lo que ocurre inexorablemente en un contexto de precarización laboral, donde los trabajadores tienen una mínima capacidad de negociación.
Pero así como el plan económico libertario genera perdedores -trabajadores y pequeñas y medianas empresas de la industria, comercio y construcción-, también exhibe ganadores, entre los que se cuentan las actividades extractivistas, el sector agropecuario de la zona núcleo (no así de las economías regionales) y el sector financiero, que obtienen grandes ganancias que no derraman en el resto de la sociedad por su escasa generación de empleo y por una relación muy frágil e inestable con los proveedores locales.
En definitiva, la primarización de la producción y la precarización laboral, consustanciales al modelo vigente a nivel nacional, no constituyen una etapa previa a una recomposición de la economía formal, sino la consecuencia lógica y estructural de la aplicación de un programa que configura un país para pocos.