En su texto Refutación del regreso, Alejandro Dolina da cuenta de los fallidos intentos de los hombres sensibles de Flores por lograr regresar a los lugares en los que fueron felices. El regreso, concluyen, es imposible, pues no solo esos lugares han cambiado, sino ellos mismos. Más o menos la misma idea del dicho popular según el cual no deberíamos tratar de volver al lugar en el que fuimos felices.
Sin embargo, desoyendo estos consejos he vuelto a La Toscana, un bar en el que fui feliz, que me inspiró una historia de fantasmas clásica llamada La última noche en La Toscana, y que estuvo cerrado durante más de una década. Ahora mismo se presenta bajo otro nombre, uno del cual no quiero acordarme, pero está allí, en el mismo lugar de siempre, detrás de la universidad, y conserva toda la magia original. Su reaparición en mi vida me ilusiona con cumplir una de mis metas como escritor: si no voy a poder igualar a Fontanarrosa en talento, puedo al menos tener mi propio El Cairo. Es sabido que un escritor que se precie debe tener un bar favorito, antes incluso que talento literario.
Sucede que en definitiva todos –no solo los escritores- necesitamos un refugio. Puede ser un bar, o la casa de un amigo, el banco de una plaza, cualquier lugar. Y en estos lugares puede o no haber compañía, pero que son necesarios, son necesarios. Lo dijo Cinderella en una canción, todos necesitamos un pequeño refugio, y yo no hago más que repetirlo en esta columna.
La necesidad de estos refugios solo es advertida una vez que se los ha perdido. Tuve que perder La Toscana durante largos años, pasar tantas veces por su fachada entristecida, para entender cuánto la necesitaba. Nuevamente, como dijo Cinderella -en otra canción- no sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos. Y perder un lugar es más fácil de lo que parece. En un mundo de tanta incertidumbre elegir nuestro refugio – si es que lo elegimos, de eso no estoy seguro- no es tarea sencilla. Las fluctuaciones del mercado, las ordenanzas municipales, los insondables laberintos del corazón, todo conspira contra nuestras ansias –tan humanas, tan naturales- de perpetuidad. Lo ideal sería elegir alguna formación rocosa a la vera de un río, o el reparo de un árbol de raíces fuertes, la ladera de una montaña. Lugares a salvo de los vaivenes de esta vida y a los que podamos regresar sin importar cuantos años transcurran. Pero como he dicho, no estoy seguro de que podamos elegir en este asunto, y así es que nos decantamos muchas veces por lugares con cimientos menos sólidos y de durabilidad incierta.
¿Cuánto puede durar este regreso? Difícil saberlo, la vida tira los dados y nosotros creemos que jugamos, así que lo mejor que puedo hacer es aprovechar el tiempo y no pensar en nada más. Mientras tanto, quise escribir estas palabras.