miércoles 25 de marzo de 2026
Opinión

Soldaditos del abandono

Por Rodrigo Morabito

Tenía catorce años y un cuerpo todavía chico para cargar tanto peso. No llegó al delito por ambición ni codicia. Llegó por hambre. Por frío. Por ausencia.

Llegó porque nadie lo estaba esperando en ningún lado.

Al principio no fue un arma. Fue una palabra: “acá sos alguien”.

Después vino el apodo, la esquina, el arma y la mirada cómplice. La promesa de pertenecer a algo en un mundo que siempre le cerró la puerta.

Le dijeron que era valiente. Que no cualquiera se animaba. Que correr riesgos era cosa de hombres. Y él, que nunca había sido elegido para nada, creyó.

La droga llegó rápido. Primero para “aguantar”, después para “olvidar”. Para tapar el miedo, para dormir sin soñar, para no pensar en la heladera vacía, en las zapatillas rotas, en ese iPhone visto desde la vereda como si fuera de otro planeta, en una hamburguesa simple que parecía un lujo imposible.

Salía a robar como soldadito. No por maldad, sino por necesidad.

Porque con catorce o quince años no le temía al riesgo: le temía a volver a casa con las manos vacías. Le temía a no llevar nada. Le temía a no valer nada.

En ese grupo se sentía parte.

Aunque la pertenencia durara lo mismo que el botín. Aunque nadie lo cuidara de verdad. Aunque fuera descartable.

Un soldadito sin guerra propia, peleando batallas ajenas, poniendo el cuerpo por negocios que nunca serían suyos.

El Estado no llegó. O llegó tarde. O llegó solo con sirenas y luego con cárcel o balas.

No hubo escuela que lo abrazara, ni políticas que lo sostuvieran, ni adultos que lo protegieran. Solo castigo, expediente, número. Una historia reducida a un legajo cuando ya era demasiado tarde para entenderla.

Y es necesario decirlo con toda claridad: las víctimas no tienen por qué cargar con estas historias. No tienen por qué comprender trayectorias rotas, ni justificar violencias que jamás eligieron. El dolor que padecen es real, profundo, irreparable y no admite relativizaciones.

Pero también es cierto (aunque incomode) que esas víctimas son, en definitiva, víctimas del mismo abandono. De un Estado que olvidó a los chicos y al hacerlo también las expuso a esas consecuencias.

Porque cuando se deja caer a un pibe o piba, la violencia no desaparece: se desparrama, golpea a otros, se multiplica.

El final casi siempre es el mismo, aunque unos pocos se animen a decirlo en voz alta para estos pibes el camino tiene apenas tres salidas: la indiferencia, la cárcel o la muerte.

Y después, cuando todo termina,

cuando el cuerpo queda tirado en una esquina o el nombre se pierde en un expediente, recién ahí aparecen los discursos. Las condenas morales. Las soluciones que pretenden ser mágicas.

Pero ya es tarde. Demasiado tarde para un pibe de catorce o quince años y demasiado tarde también para las víctimas, que cargan con un dolor que no eligieron y que pudo haberse evitado. No con más castigo,sino con derechos garantizados, un Estado presente y con una sociedad empática.

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