miércoles 2 de septiembre de 2026
En mi cielo de tierra

Perro y la otredad

Por Celia Sarquís

Hoy quiero contarles la historia de un perro llamado Perro. Ese es la forma en que su socio lo nombra, y digo socio porque Perro no tiene dueño, pero sí un acuerdo tácito de libertad y responsabilidad afectiva mutua.

También tiene calle. Por eso se lo puede ver tomando sol en una vereda, o andando por los pasillos del Poncho, o poniendo unos ojitos de pena para ligar un trozo de carne en Ambato (no se gasten en darle pan, porque no lo come).

Algunas veces, los que lo ven dicen que es peligroso que esté fuera de una casa (la calle es peligrosa para todos y aun así salimos) y hasta fue "raptado" en un par de ocasiones por bienintencionadas proteccionistas. Para evitar entuertos, Perro tiene un collar con un número de teléfono.

Hace poco, me acompañó unas cuadras ida y vuelta, por el centro.

El tipo tiene un carisma pocas veces visto. La gente le sonreía, sobre todo los adolescentes. Si me perdía de vista, se detenía y miraba tranquilo hasta que me ubicaba, podía pasar entre perros grandes y no le hacían nada (aquí debo aclarar que Perro es pequeño, peludo, a veces suave, porque lo llevan a bañarlo de tanto en tanto) Tampoco los gatos le tienen miedo. Hay un sistema de comunicación entre los animales digno de admiración. Tan inequívoco, tan certero.

Los incomunicados o los que usamos un lenguaje confuso somos nosotros.

Perro es feliz en esa libertad. Casi que lo entiendo porque durante años me acompañó en este camino una perra callejera. Todas las mañanas se plantaba frente a la puerta de salida para que la abra. Al rato, la escuchaba rasguñar para entrar. Invierno o verano. Cuando perdió la vista por la edad, se guiaba por el olfato y el oído. Cuando dejó de escuchar, ella sola dejó de salir. La Negra, como Perro, sabía por dónde iba y cómo regresar.

Los desorientados somos nosotros.

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