Desconozco si las generaciones actuales todavía acostumbran cantar debajo del balcón de sus amores, pero tengo la sensación de que la serenata es una de esas costumbres que nunca morirá. Siento que en el año 13.347 un hombre se teletransportará al frente de la casa de su amada y procederá a jugarse la vida cantando "No se tú".
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Permiso, serenata
Por Rodrigo L. Ovejero
Mi experiencia en el tema se reduce al papel de acompañante, nunca protagonista, no soy muy afecto a las declaraciones pomposas. Hace bastantes años algunos amigos me pidieron que los acompañara a cantarles a sus respectivos objetos de deseo. Yo cumplía muy bien con dos requisitos indispensables: tengo habilidades rudimentarias con la guitarra -casi nadie da serenata con "Escalera al cielo" o "Voodoo Child", no es necesario ser buen guitarrista - y el don del canto me ha sido negado por el destino. Esto último es fundamental, nadie lleva a Abel Pintos para que lo acompañe a cantar, no es una buena idea arriesgarse a ser opacado en esas circunstancias.
Como sea, dado que mi experiencia en el tema no es vasta, para escribir esta columna tuve que consultarle a una persona de bigotes muy sabia que conozco (seguro pensaron en John Carpenter, pero no, me refiero a mi papá). Una de las informaciones más sorprendentes que me dio fue que antaño, una serenata exitosa podía concluir con los ejecutantes invitados al hogar en cuestión, a una comida improvisada para celebrar la llegada de los cantores. Y no solo eso, sino que en ocasiones incluso se avisaba que esa noche o madrugada se daría serenata, para que todo estuviera listo para el banquete posterior. Yo creía que era propio de esta práctica su carácter sorpresivo y clandestino, pero al parecer no siempre fue así.
Pese a estos datos, si alguien me consultara acerca de consejos a tener en cuenta para cantar una serenata, yo diría que algo fundamental es conseguir el acompañamiento de una banda sencilla, compuesta por no más de dos guitarras y algún instrumento de percusión ligero. El motivo es lógico: ante la posibilidad de que una huida rauda fuera necesaria -pues el amor nunca está exento de obstáculos y algunos pueden ser mortales- es menester poder salir corriendo con los instrumentos a cuesta sin perder velocidad. Es por ese motivo que nadie da estas funciones con un contrabajo o mucho menos un piano. Hasta un bombo legüero puede resultar demasiado aparatoso para correr despavoridamente ante la aparición de un padre estricto o un marido engañado, y convertirse en un lastre mortal. Así murió un folklorista amigo, aferrado a su bombo y a su corazón.
Y el repertorio también es importante, claro. Lo ideal es buscar canciones más bien cortas, cada segundo cuenta en la madrugada. Todo lo que supere los tres minutos puede arriesgar la aparición de la policía, alertada por uno de esos vecinos que no creen en la música ni en la pasión. Incluso hay señoras de bata y pequinés que salen a barrer la vereda a deshoras, con la única finalidad de frustrar el principio de alguna historia de amor.