En el año 1973, el célebre pensador, motociclista y ocasional guitarrista Norberto Napolitano sintetizó la dinámica del sándwich de miga con la frase “no puedo evitar que vengan hacia mí los sándwiches de miga”, cristalizando de tal manera la característica magnética de dicho bocadillo. Años después, una persona saltó en paracaídas en las inmediaciones del Barrio El Jumeal, en San Fernando del Valle de Catamarca. Probablemente se pregunten acerca de la relación entre ambos hechos, los caminos del universo a veces se entrecruzan de maneras misteriosas.
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Paracaidismo y sándwiches de miga
Por Rodrigo L. Ovejero
Algunas décadas atrás la capital catamarqueña contaba con un aeródromo enclavado en el ejido urbano, más precisamente en la calle Maipú hacia el norte, por lo cual era común, los fines de semana, observar desde la ciudad a paracaidistas saltar por decenas sobre la ciudad. Años después alguien debió advertir el error de permitir este tipo de actividades en un área densamente poblada y el aeródromo se cerró, pero no sin antes dejar un par de historias para el recuerdo. Si tengo que ser sincero, más que historias, merecen el calificativo de rumores con trazos de realidad, pero personalmente estoy dispuesto a creer en cualquier rumor si es lo suficientemente pintoresco.
La primera historia que viene a mi memoria es la de Bialetti, vecino de la zona del Barrio El Mástil. Bialetti practicaba paracaidismo los fines de semana, actividad doblemente curiosa si se tiene en cuenta que el resto del tiempo no llevaba a cabo disciplinas especialmente riesgosas. Su esposa, por otra parte, aprovechaba esos momentos libres para practicar el adulterio (no entraré en consideraciones morales, esto es solamente una exposición de hechos). Ahora bien, Bialetti empieza a sospechar y cae en la cuenta de que uno de sus compañeros de paracaidismo siempre se baja a último momento antes de que el avión despegue con alguna excusa vaga, y por eso, en uno de sus saltos toma una decisión arriesgada. Esquivando cables de alta tensión y un eucalipto con ansias de firmamento, logra una proeza inimaginable al aterrizar en el patio de su casa –según algunos cronistas cayó en una Pelopincho- solo para confirmar sus sospechas. Lo que ocurrió luego se ramifica en diversas versiones, algunas violentas, otras reflexivas, pero todas tienen un denominador común: Bialetti no volvió a saltar en paracaídas.
La segunda me la refirió un amigo personal, por lo cual tiendo a considerarla incuestionable. Mi amigo estaba disfrutando de un cumpleaños en el patio de una casa del Barrio El Jumeal, y para ese momento ya se había comido una cantidad desproporcionada de sándwiches de miga, con la desmesura propia de la niñez. En un momento advierte que sobre la mesa queda uno solo. El destino le sonríe: es de jamón y queso. Se aleja del entrevero de la piñata, a su corta edad ya ha entendido que no hay nada más importante en la vida que uno de jamón y queso. Nada se interpone entre él y su objetivo, por lo que se toma su tiempo para saborear la anticipación del momento. Pero entonces, justo cuando está por agarrar el sándwich, aparece una mano enguantada. Mi amigo levanta la vista y observa asombrado a un paracaidista que segundos antes simplemente no estaba allí, disfrutando del último de jamón y queso.