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Opinión

Motores de dólares, confianza pendiente en el peso

Por Guillermo Eduardo Andrada (*)

18 de mayo de 2026 - 08:31

Nadie duda de que la Argentina necesita generar divisas, y el RIGI puede ser una herramienta valiosa para atraer inversiones. Pero ningún régimen de incentivos, por ambicioso que sea, reemplaza la necesidad de transformar esos dólares en empleo registrado, crédito productivo y desarrollo federal. A eso se suma una dificultad estructural: una moneda que todavía conserva bajos niveles de confianza, un ahorro que muchas veces no se canaliza hacia el sistema financiero y una débil integración entre los grandes motores de inversión y la economía real. En esas condiciones, el crecimiento puede volverse sectorial, concentrado y asimétrico.

Como advirtió el economista Diego Coatz, “los recursos naturales no alcanzan para integrar a 50 millones de personas”. La frase resume un dilema central: no basta con tener energía, minería, agro, litio o Vaca Muerta si esos motores no se conectan con proveedores locales, empleo formal, infraestructura, innovación y desarrollo territorial.

Catamarca puede ser un ejemplo de cómo convertir recursos naturales en desarrollo. La minería y el litio no deben ser solo una fuente de ingreso de dólares. Las gestiones de Lucía Corpacci y Raúl Jalil marcan un camino: vincular estos proyectos con empleo local, proveedores catamarqueños, infraestructura, capacitación y encadenamientos productivos. Si cada emprendimiento funciona como un enclave aislado, el país suma divisas, pero no construye desarrollo federal. En cambio, si integra trabajadores, pymes y servicios de la provincia, los recursos naturales se transforman en una plataforma real de crecimiento.

A esta limitación de los motores económicos, que pueden generar divisas pero no necesariamente empleo registrado, integración productiva y desarrollo territorial, se suma otra fractura más profunda: la Argentina debe revertir décadas de desconfianza en su moneda. El peso se usa para la cotidianeidad, comprar bienes y servicios, pagar impuestos y cancelar obligaciones, pero rara vez es elegido como refugio de valor. Allí se corta el circuito entre ahorro, crédito, inversión y crecimiento.

No es un problema nuevo. La desconfianza en el peso atraviesa décadas de inflación, devaluaciones, licuaciones, crisis bancarias, controles, cambios de reglas y pérdida del poder adquisitivo. Por eso el peso funciona como moneda de uso diario, pero no logra consolidarse como moneda de ahorro.

En el primer trimestre de 2026, los argentinos compraron en términos netos aproximadamente USD 8.168 millones en el mercado oficial. Ese dato expresa una conducta persistente: cuando el ciudadano argentino piensa en proteger su patrimonio, muchas veces busca refugio en el dólar, en bienes durables o en activos externos.

La moneda funciona sobre la base de la confianza. Cumple tres funciones: medio de intercambio, unidad de cuenta y depósito de valor. El problema argentino es que el peso cumple parcialmente las dos primeras, pero falla en la tercera. Sirve para pagar y poner precios, pero no convence para conservar riqueza. El peso circula, pero no descansa.

Cuando aparece la desconfianza, cae la demanda de dinero, la gente intenta desprenderse de los pesos, adelanta consumo, compra bienes o busca dólares. Luego aparece un segundo movimiento defensivo: el ahorro sale del circuito formal. En lugar de depositarse en bancos o instrumentos capaces de alimentar el crédito, se transforma en dólares bajo el colchón, activos externos o capital inmovilizado.

Desde lo individual puede ser racional. Pero desde lo macroeconómico es una señal preocupante. El ahorro existe, pero no se transforma en inversión nacional.

Allí está una de las claves del crecimiento. Frenar el proceso inflacionario era indispensable, pero el ajuste fiscal debe ser sustentable. Una economía no crece solo por ordenar sus cuentas, sino cuando logra transformar el ingreso en consumo sostenible, el ahorro en inversión productiva y el crédito en producción, empleo y productividad. Si el ahorro se vuelve defensivo, protege individualmente, pero deja de financiar colectivamente.

En ese punto aparecen las tasas. Si la tasa pasiva —es decir, la que recibe el ahorrista por dejar su dinero depositado en el sistema financiero— queda por debajo de la inflación o de la expectativa de devaluación, el resultado es una tasa real negativa: el ciudadano se defiende, consume, dolariza o retira su dinero del sistema. Pero si las tasas suben demasiado para retenerlo, se encarece el crédito productivo, se postergan inversiones y se debilita el crecimiento.

El equilibrio es delicado. Bajar la inflación es necesario, pero no alcanza si el resultado es una economía sin crédito, sin inversión y sin capacidad de transformar el ahorro en producción. Tasas demasiado bajas expulsan al ahorrista. Tasas demasiado altas asfixian al productor.

Otro actor decisivo es el Estado. Si está fiscalmente ordenado, no necesita absorber de manera permanente el ahorro de la sociedad. Pero cuando enfrenta déficit, vencimientos elevados o deuda creciente, compite por los mismos pesos que necesita el sector privado. Allí aparece el crowdingout: el ahorro que podría financiar empresas, maquinaria, vivienda, capital de trabajo o inversión privada termina orientado a cubrir necesidades del sector público.

En ese punto, la tasa deja de ser solo un precio financiero y se convierte en el reflejo de una tensión mayor: inflación, deuda, riesgo cambiario, falta de confianza, fragilidad fiscal y una moneda que todavía no logra funcionar como reserva de valor.

Por todo esto, la Argentina no puede conformarse con tener sectores capaces de generar dólares si luego esos dólares son absorbidos por deuda, importaciones, formación de activos externos o ahorro que no vuelve al sistema financiero local.

En 2025, el PIB creció 4,4 por ciento y entre los sectores más dinámicos estuvieron la intermediación financiera y la explotación de minas y canteras. Sin embargo, buena parte del empleo urbano se concentra en comercio, industria, enseñanza, salud y construcción. Allí aparece una tensión estructural. Los sectores que generan divisas no siempre son los que producen más empleo registrado.

El frente externo muestra ese contraste. En marzo de 2026, las exportaciones argentinas alcanzaron un récord de USD 8.645 millones y la balanza comercial registró un superávit de USD 2.523 millones. Es un dato positivo, pero no suficiente: el desafío es que esos dólares no terminen absorbidos por deuda, importaciones o formación de activos externos, sino que se conviertan en empleo registrado, crédito productivo, proveedores locales e infraestructura.

El RIGI puede ayudar a atraer inversiones y fortalecer sectores estratégicos. El punto no es rechazar esos motores. La Argentina necesita exportar más, producir más energía, desarrollar su minería, fortalecer el agro y ampliar la economía del conocimiento. El problema aparece si esos motores funcionan como compartimentos estancos: generan dólares, pero no integran proveedores locales; exportan, pero no expanden empleo registrado; mejoran la balanza de pagos, pero no reconstruyen el crédito productivo.

La caída del empleo registrado y la pérdida de empleadores deben leerse como advertencias concretas de un modelo asimétrico. El riesgo no se mide solo por los dólares que entran, sino también por las empresas que cierran, los empleos formales que se pierden y las capacidades productivas que se debilitan.

En febrero de 2026 la Superintendencia de Riesgos del Trabajo registró 9.529.360 trabajadores cubiertos en unidades productivas, una baja interanual de 1,24 por ciento, y 487.920 empleadores con trabajadores declarados, una caída de 2,63 por ciento, equivalente a unos 13 mil empleadores menos en un año. En términos absolutos, las mayores bajas se concentraron en Buenos Aires, con 4.950 empresas menos; Córdoba, con 4.169; Santa Fe, con 2.876; y CABA, con 2.619.

Estos datos muestran que el problema no es solo macroeconómico. Detrás de una mejora del frente externo puede esconderse una base productiva más débil, menos empresas sosteniendo empleo formal y una estructura territorial más vulnerable.

Agro, minería y energía son fundamentales para generar divisas, pero no alcanzan por sí solos para integrar toda la estructura laboral argentina. En una economía donde el consumo privado representa el 70 por ciento del PBI, el desarrollo requiere que el ingreso circule de manera federal: salarios, proveedores locales, pymes, crédito, servicios, comercio e industria. Si los dólares ingresan, pero no se distribuyen productivamente por el territorio, el crecimiento puede mejorar el frente externo y, al mismo tiempo, volverse concentrado y asimétrico.

La salida exige reconstruir el contrato monetario y productivo, con una moneda que no expulse al ahorrista, un sistema financiero que transforme ahorro defensivo en ahorro productivo, un Estado que no absorba todo el crédito disponible y regímenes de inversión que vinculen beneficios con proveedores locales, empleo registrado, infraestructura regional y transferencia tecnológica.

Los dólares son condición necesaria, pero no suficiente. Si no se convierten en inversión, empleo registrado, crédito interno, infraestructura y desarrollo federal, alivian la balanza de pagos, pero no resuelven el problema del desarrollo.

En definitiva, la Argentina necesita una matriz productiva capaz de transformar divisas en trabajo argentino. Porque el verdadero desarrollo no se mide solo por los dólares que entran, sino por las empresas que se sostienen, los empleos formales que se crean y las capacidades productivas que motorizan cada provincia.

(*) Senador Nacional por Catamarca

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