viernes 23 de octubre de 2026
Memorias de la tierra

La huella encendida

Por Lorena Elizabeth Monroy Quevedo

Sentate aquí, cerquita de la ceniza, mi niña... Poné las manos sobre la tierra fresca para que sientas cómo late la memoria debajo de nuestros pies. Los que se nos adelantaron en el viaje no se van del todo; se hacen viento en las cumbres, sombra generosa en el monte y pulso hondo en el parche de las cajas que sacudimos al atardecer...

Si aprendés a mirar con los ojos del corazón, verás que la muerte no es un barranco donde todo se acaba, sino una senda alta por donde se sigue caminando.

Mirá, no hay pena que no cure el pan amasado con devoción, ni frío que no ahuyente el calor de la comunidad reunida alrededor del fuego. Cuando el tiempo marca la hora de abrir las puertas a nuestros muertos, las mujeres y los hombres de la casa nos volvemos un solo latido:

Amasamos la harina de trigo con anís y azúcar, moldeando con nuestras manos la figura de las guaguas, de los angelitos y de los abuelos. Cada tantawawa es el cuerpo del pan que regresa; es la forma sagrada de decirles que aquí la vida sigue dando fruto para ellos.

Herví en las ollas de barro el mote bien cocido, el locro humeante, la mazamorra espesa y tibia y el jarrito de vinito con el que les convidamos el primer trago, echando siempre un chorrito a la tierra para convidar a la Pachamama. Servimos todo lo que a ellos les gustaba en vida, porque el paladar del alma guarda el recuerdo exacto de los sabores de la casa.

Cuando la mesa está servida, rompemos el silencio. Golpeamos el parche de la caja con el baquetón y dejamos que el aire pase por la caña de la flauta. El sonido no es ruido de fiesta: el sonido es medicina sagrada para el alma. Su vibración viaja por los cerros, atraviesa la niebla y despierta la memoria de los caminantes para indicarles que en la casa hay luz, hay canto y hay amor esperándolos.

Recordá al armar el altar que no hay un solo modo de alzarlo, sino que la mesa se levanta según la necesidad del alma y la fuerza de la casa:

El Altar de dos pisos, entre el Cielo y la Tierra, es la forma más humilde, antigua y pura.

Arriba, nuestro mundo espiritual. Allí colocamos la fotografía de nuestro ser querido, la cruz bendita y las imágenes sagradas de nuestra fe. Es la morada donde habita su alma libre.

Abajo La Tierra, es el mundo material. Colocamos la comida, la jarra de agua fresca, el pan de tantawawa, las frutas y su bebida favorita. Es el plato servido en la tierra para que coman los que han vuelto.

El altar del Medio, representa la Purificación, el espacio del tránsito. Coloca un plato de sal blanca de tierra para purificar el camino, agua limpia para lavar el cansancio del alma y ramas de yuyitos del monte, muña, marcela, jarilla, su perfume sirve de guía en la penumbra.

En el piso inferior dejé el gran banquete terrenal donde el caminante se sienta a comer, beber y descansar del largo viaje.

El Altar de siete escaleras, son los siete escalones del Alma. Es la estructura ancestral, la más sagrada, completa y majestuosa. Representa las siete moradas o los siete escalones que el alma debe ascender para alcanzar el descanso eterno y la plenitud:

Pero para que la ofrenda sea perfecta y la vida se vuelva a tejer en el espacio sagrado, no puede faltar ningún elemento de la naturaleza:

El agua: El líquido sagrado en el jarro, para apagar la sed acumulada en el largo cruce desde el otro lado.

El fuego: La llama viva de las velas. Colocamos siempre una vela extra encendida por el alma sola, aquella que ya nadie recuerda o no tiene familia que le levante un altar.

La tierra: Manifestada en el maíz, las semillas, las tantawawas maduradas al calor del horno, las frutas de la estación y los ramilletes de flores silvestres.

El viento: Presente en los papeles picados de colores y en las telas finas de telar que se mecen suavemente con la brisa, recordándonos que el alma es ligera y vuela en el aire que respiramos.

Escuchame bien esto que te digo, mi niña, para que no llevés pesadumbre en el pecho: no ponerle un altar de fiesta el primer año no es olvido; es amor, respeto y sabiduría de los antiguos.

Durante los primeros doce meses, el alma que acaba de partir está desprendiéndose despacio de sus apegos, reconociendo su nuevo estado y aprendiendo a volar sin el peso del cuerpo. Si le hacemos una fiesta grande de entrada, la encadenamos a la pena y no la dejamos partir.

Al no ponerle banquetes ruidosos en su primer año, le estamos diciendo con ternura infinita:

‘Andate tranquilo, mi amor... avanzá sin prisa en tu camino de luz. Yo no te apuro. Hoy solo te enciendo una velita para alumbrarte la huella, y el año que viene, cuando ya sepas volar alto, te esperaré con tu pan, tu comida, tu vino y toda la alegría de tu pueblo.’

Por eso, mi niña, no llorés sobre la mesa. Amasá la harina, prendé el sahumo, tocá la caja y sonreí... Porque los nuestros no mueren jamás: son camino, son raíz y son la memoria que nos sostiene de pie.

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