Dicen que el almendro es el primer árbol frutal en florecer, finalizando el invierno. Por ello, representa la vida nueva que vuelve a nacer tras los tiempos difíciles. El renacimiento.
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Habitar la palabra, habitar la tierra
Por Celia Sarquís
Muchas cosas tienen un significado especial para algunas personas, como un valor agregado al simbolismo general.
Cuando heredé la casa, heredé el almendro que mi padre plantó en el fondo, cercano al limonero. Contra todos los malos augurios (que es un árbol de campo, no de ciudad; que la tierra así, que la altura, etc) florecía y daba frutos.
Pero mi casa paterna, la cuadra entera, estaba asentada sobre un inmenso hormiguero (ya hablaremos sobre las hormigas en otra fecha) y en una lucha desigual, me lo dejé ganar.
Muchos años después, en otro hogar, y con más tiempo disponible, planeé la revancha y compré un arbolito de almendro.
Cada noche, salía linterna en mano y armada con un arsenal de trucos y sebos contra las hormigas (arroz, naranja, repollo, una cimitarra entre los dientes y hasta agua hirviendo). A pesar de varias “peladas”, iba creciendo hermoso, alto, con un follaje exuberante, que se opaca y desprende para junio. Sin embargo, al finalizar el invierno era mezquino de flores.
Entonces pregunté en un grupo de Facebook sobre árboles frutales, con una foto del señorito.
Y un hombre me respondió: - Veo que lo plantaste cercano a una pared (sí, sí, por cuidarlo del frío y las heladas), seguramente lo regás seguido (sí, obvio, para que aguante el calor norteño), entonces tu árbol está tan cómodo que no tiene necesidad de florecer ni de dar frutos.
- Entiendo,- dije- lo sobreprotegí. Como a veces con los hijos.
El almendro sigue siendo uno de mis árboles preferidos. También para las hormigas. Pero ya no lo mimo tanto. Y este año coseché mis primeros doscientos sesenta y cinco gramos de almendras orgánicas catamarqueñas. De habitar la tierra, se aprende.