Cuando en 1996 Negrita Vergara llamó para anunciarme la aparición de este libro de su esposo, Gaspar Horacio Guzmán (1910 -1986), en un mismo sentimiento de alegría y de congoja atiné a recordar un poema de Antonio Machado: “Hoy es siempre todavía”.
“Del solar catamarqueño, una centuria cultural”
Cuando en 1996 Negrita Vergara llamó para anunciarme la aparición de este libro de su esposo, Gaspar Horacio Guzmán (1910 -1986), en un mismo sentimiento de alegría y de congoja atiné a recordar un poema de Antonio Machado: “Hoy es siempre todavía”.
El tiempo, que no regresa, nos deja, sin embargo, su lección de vida. Porque parafraseando un tango podría decir que diez años no son nada cuando nombramos a este caballero, historiador, político, escritor, amigo y -para quienes tanto lo conocimos- también poeta, que fue Gaspar Horacio Guzmán. Tan viva es su presencia en nuestra emoción y en la memoria de la cultura catamarqueña, que el paso de los días fue dando a su figura la dimensión acorde a nuestras reviviscencias por la amistad con que nos honrara y por la que encontré tanta mañana grata en los cafés de la ciudad, organizando las actividades de la Sociedad Argentina de Escritores, institución a la que Guzmán tributara diez años como Presidente, hasta el momento de su viaje final en 1986. Y pienso que quizás fueran necesarios los recuerdos, el apartamiento, la distancia, para medir el fervor que compartimos por la SADE en un tiempo de papeles, de trabajos y de gozos, que no fue otra cosa la generosa entrega de Gaspar Guzmán cuando se proponía homenajear a hombres y mujeres de Catamarca, hoy sombras bienhechoras en el reino de las sombras, como Federico Pais, Amalia Zamora, Alfonso de la Vega, José Luis Galarza, por nombrar solo algunos; o cuando proponía estimular la creación de los poetas más jóvenes, o acercar a estas tierras escritores de otras latitudes.
Su espíritu refinado, dinámico y agudo promovía la tertulia amable, la palabra ingeniosa en el momento oportuno y hasta tuvo el buen gusto de dejarnos sin despedidas visibles, con un adiós tan inesperado que nos vuelve al poema del comienzo: “Hoy es siempre todavía”.
He tratado de ordenar mis sentimientos para hablar de este libro de Guzmán, porque creo que “Del solar catamarqueño, una centuria cultural” con prólogo de Félix Luna, es una obra que -entre otras quince que editara- mejor refleja su catamarqueñidad (si esta palabra existiera), más que por su contenido, por la devoción que puso en ella. Desde la calidez del título se advierte la dedicación a un libro que más que escrito fue cosechado a lo largo de una vida alerta a los aconteceres culturales de Catamarca, condensado en conferencias del autor, artículos periodísticos y tardes de bibliotecas.
Esta obra es como una ventana abierta para mirar un proceso de acciones y cambios en las expresiones culturales; una ventana que Gaspar Guzmán quiso que fuera amplia con un paisaje de múltiples figuras -algunas ya detenidas y otras en movimiento- que se orienta hacia los años que abarca el texto (siglo veinte) como si fuesen colinas que contar, árboles solitarios, a veces, o grandes bosques donde podamos asentar nuestra mirada, según los hombres y las generaciones a los que se hace referencia.
Cabe en este volumen una parte importante del pasado inmediato y otras, estoy segura, de lo por venir, porque si bien su pluma se detuvo en la plenitud de su entusiasmo por acercarnos a un panorama artístico que nos signó en lo que fue del siglo, su visionaria generosidad lo llevó a augurar destinos literarios que con creces se cumplieron y que en aquel momento encontraron en Gaspar Guzmán el impulso de su palabra estimulante.
Es evidente en este libro, donde convergen la educación, el arte, la literatura, la investigación, que nace de la voluntad de dar información, de facilitar el conocimiento de hechos culturales que, aunque bastante cercano a nosotros, son a veces desconocidos hasta por personas bien informadas de otras realidades de nuestro entorno y que quizás se muestran reacias a percibir las profundas y anchas corrientes artísticas que, de puro ser soslayadas, parecen inexistentes. El rescate de estas expresiones, sus creadores y las instituciones que las prohíjan fue la inquietud permanente de este amigo que en cada encuentro o conversación refería los últimos hallazgos sobre la materia, datos que a veces anotaba en servilletas de la mesa de café y que luego incorporaba a su trabajo. Todos los autores merecían su consideración y en cada uno señalaba los rasgos positivos de sus creaciones.
En los congresos de escritores, a los que yo asistía con frecuencia junto al matrimonio Guzmán, Gaspar imponía su criterio y señorío al aludir a la literatura catamarqueña; disertaciones que promovían una alta valoración de esta ante el país. Los congresales respetaban su palabra, festejaban los chispazos de humor de sus acotaciones y ponderaban lo minucioso de sus informaciones, las que más tarde también agregaba al compendio que hoy nos ocupa.
En esta obra debemos señalar un trabajo intenso y extenso que delinea una visión panorámica de nuestra realidad cultural y se palpa un deseo de perseverancia, un esfuerzo para que Catamarca no quedase desasistida de presencias artísticas, en una búsqueda de encuentros entre los hacedores y su presumible público.
De la lectura “Del solar catamarqueño, una centuria cultural” podríamos anotar algunos aspectos imprescindibles para la valoración del volumen, a saber: A) El libro dejó de escribirse en 1986, abriendo un camino que debemos completar actualizando el material bibliográfico que contiene. B) La fama y nombradía de muchos de los entonces jóvenes creadores que se incluyen, no ha hecho más que acrecentarse, tal como lo vaticinara el autor y es el momento de ubicarlos ya en una generación acorde a su evolución. C) Han aparecido novísimas generaciones de poetas, músicos, pintores e investigadores, que no debemos ignorar.
Este resumen de razones a considerar, dinamiza la valoración de esta reseña que nos tributa Gaspar Horacio Guzmán, ya que quizás uno de los mejores frutos de estos datos pueda consistir en señalar algunos cauces documentales y bibliográficos de investigaciones sobre un tema que requiere la consulta de muchas y muy variadas fuentes, y también ofrecerse como ensayo de ordenación de la materia, de forma que sea posible vislumbrar la importancia que reviste la cultura como contribución a un concepto razonable de nuestra identidad.
Desde la tapa del libro, Gaspar Guzmán nos mira a través de sus insobornables gafas y sonríe, y vienen a mi memoria las palabras de Cervantes cuando dice: “Una de las cosas que más debe dar contento a un hombre (…) es verse, viviendo, andar con buen nombre por las lenguas de las gentes, impreso y en estampa”, cita que nos devuelve la imagen del amigo entrañable que dejó tanta vida en sus afanes, que legó una conducta ejemplar en los campos de la ética y de la estética, de la cultura y de la política, y ante todo de la amistad que sacralizó entre los mayores y prodigó entre los más jóvenes, sentimiento que se expresó cuando en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires del año 1987, organizamos el homenaje en su memoria. Y todos, desde el ilustre y admirado Juan Oscar Ponferrada, que dirigía la mesa de lectura, hasta Rosarito Andrada -quien muy joven entonces, dijo: “Gaspar es mi padre”, por el afecto que le dispensaba-, como Migo Garriga, Jorge Paolantonio y Leonardo Martínez, a los que se agregó Ana Emilia Lahitte, palpamos la presencia de Gaspar Guzmán en el recinto colmado de escritores llegados a Buenos Aires desde todo el país, solo para homenajearlo. Y lo que pudo hacernos llorar, se convirtió en una fiesta de confraternidad convocada por Don Gaspar.
Desde la tapa de este libro Gaspar Horacio Guzmán vuelve a mirarnos, en la plenitud de su lección de vida y en la pasión de su solar natal, y al hojear la obra y valorar su legado, solo puedo repetir: “Hoy es siempre todavía”.
“Del solar catamarqueño” es como una ventana abierta para mirar un proceso de acciones y cambios en las expresiones culturales.
Por Hilda Angélica García