Qué expresión curiosa “el otro día”, su imprecisión me resulta una brisa fresca de literatura en el habla cotidiana. Tiene, también, la virtud de la versatilidad: no se sabe si hace referencia al lunes pasado o a un martes de hace diez años. Pues bien, el otro día manejaba por una avenida de la ciudad, ensimismado en mis pensamientos, alcanzando una especie de nirvana personal, cuando un bache me llamó de nuevo a este plano de la realidad. Jamás sabré a qué conclusiones maravillosas estaba llegando, tengo la sospecha de haber perdido respuestas cruciales para mi vida por ese hueco en el camino.
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El bache y la existencia
Por Rodrigo L. Ovejero
Y esa es justamente la razón de ser del bache, porque no es otra cosa que un mecanismo de control social, a la manera en que en Farenheit 451 estaba prohibido manejar a menos de ochenta kilómetros por hora para no propiciar las reflexiones, el bache tiene en este caso la función de interrumpir el tren de pensamientos para evitar que alcancemos las verdades de la vida, la iluminación que nos permita trascender esta dimensión o la rebelión del proletariado. Vaya uno a saber qué, la verdad, jamás he estado en ese lugar, siempre me lo ha impedido un bache.
De hecho, existe el rumor de que hay una oficina de la municipalidad dedicada exclusivamente a decidir la ubicación de los baches en la ciudad, basada en complejos algoritmos que tienen en cuenta la longitud, dirección y velocidad de los caminos, para romperlos en los puntos precisos que impidan a quienes los recorren el éxito en sus cavilaciones. Esta oficina se encuentra en el subsuelo, o tal vez en el piso superior, y sus empleados tienen el don de la discreción, pues están en comunicación directa con poderes en las sombras que exceden a cualquier autoridad y manejan nuestros destinos.
Es por ello que algunas veces nos sucede eso de venir en el auto desenmarañando una cuestión personal o universal a la que no le encontramos la vuelta, y justo cuandoempezamos a vislumbrar la llegada de la iluminación, justo cuando la respuesta está a la vuelta de la esquina, un bache nos hace pegar un salto y lleva a nuestra mente directamente a la última ocasión en la que averiguamos precio para hacerle tren delantero al auto, para luego pasar a calcular cuánto habrá aumentado ese monto desde que consultamos, y así en medio de un mar de preocupaciones mundanas se va perdiendo aquel pensamiento que quizás podría habernos cambiado la vida. Jamás lo sabremos.
Si este mundo, por ejemplo, fuera una réplica virtual al estilo de Matrix, la programación de los baches sería crucial para que no advirtamos el engaño. Los caminos perfectamente llanos favorecerían la reflexión y en poco tiempo nos estaríamos preguntando si el filete es real.
También existe la posibilidad, por supuesto, de que el bache sea una defensa. Quizás nuestras mentes rudimentarias no están listas para asomarse a los misterios cósmicos, para vislumbrar la infinidad de la existencia. Un bache puede ser lo único que nos impida adentrarnos en las montañas de la locura.