domingo 1 de marzo de 2026
Opinión

Donde el barro se hace futuro...

Por Lorena Elizabeth Monroy Quevedo

Hay infancias que no se miden en juguetes ni en comodidades, sino en la intensidad de los aromas y la fuerza de los recuerdos. Esta es la crónica de un tiempo donde la escasez no era sinónimo de pobreza, sino el escenario donde la creatividad y el amor de los abuelos transformaban lo cotidiano en algo mágico. Es un viaje hacia aquellos días donde el barro de la creciente se desafiaba con alpargatas, y donde cada cuaderno reutilizado era un escalón más hacia un futuro soñado en el monte.

LOS RETAZOS DE MI INFANCIA

Hay aromas que no se olvidan...

Mi infancia huele a días otoñales, a la última cosecha de algarroba y chañar.

Huele a la casa llena de arrope y dulces, al sol sobre los orejones colgados en las sogas y al zumbido de las abejas sobre las uvas que, lentamente, se entregaban al sol para hacerse pasas.

Veníamos de la risa de la chaya, del adiós al Pukllay, y el patio empezaba a pintarse de amarillo con el maíz. Había criollos para la chicha y capia para el mote.

Y justo ahí, en ese cruce de estaciones, comenzaban las clases.

En aquel entonces, no conocíamos las librerías. Eran tiempos de reciclar, de dar un nuevo uso, de recibir con gratitud.

¿Mochilas? ¡Fuaaa! Mi madre las hacía a mano, transformando telas que antes habían tenido otra vida.

Los cuadernos se reutilizaban hasta la última hoja y los lápices, que alguna vez fueron largos, ya estaban enanos de tanto gastar minas.

Nuestro guardapolvo era usado, pero jamás, escuchen bien, jamás estaba amarillo. Mi mamá iba al río a juntar pocotes y, con ese polvo y mucho esfuerzo, lo dejaba blanco impecable. Y aquellos días de suerte, cuando se podía, el orgullo máximo era comprar un poquito de azulillo.

Aún en la profundidad de éste monte, el entusiasmo por estudiar permanecía intacto. Porque nos enseñaron una verdad olvidada: que el valor de las personas no está en lo que poseen, sino en lo que son.

No éramos seres extraordinarios. Éramos hijos de nuestro tiempo, quizás más resilientes, o quizás simplemente no teníamos otra opción.

Pero nuestros abuelos tenían un don: sabían maquillar cada carencia y volverla mágica.

Cruzábamos a la escuela desafiando la creciente del río Santa María o la escarcha del invierno. Íbamos en alpargatas por el barro y recién al llegar, cerca de la puerta, nos poníamos los zapatos.

Me sentía orgullosa al pensar en mi tata abuelo, que me contaba que en su tiempo solo había carbón para escribir.

En mi escuela en el año 1985 no había timbres electrónicos; era la campana, tañida por el director, la que llamaba desde la distancia, sí el Director, Tilo.

Aprendí mucho en los libros, es cierto. Pero aprendí mucho más de la resiliencia de mi madre y de mis abuelos.

Desde niña, ellos me miraban con esperanza. Decían que yo llegaría a lugares donde ellos no pudieron llegar, me lo repetían cada día al enviarme a la escuela.

Y qué curioso es el destino... porque mientras ellos proyectaban mi futuro, yo solo soñaba con llegar a ser, algún día, tan inmensa como ellos.

LA MEMORIA BAJO EL ALGARROBO:

En cada recreo, el destino era siempre el mismo: el viejo algarrobo. Allí, sin más tecnología que nuestra propia imaginación, nos ingeniábamos la vida entre el chocar de las bolillas y algún escondite furtivo en la acequia cercana.

Pero el descubrimiento más grande de mi vida no vino de un juego, sino de las manos de la señorita Rosita Zanacchi. Ella me acercó un tesoro: un libro cuyas imágenes parecían cobrar vida a cada párrafo. Era el lujo de lo prestado, la magia de una hormiga y sus poderes que me abría un universo nuevo. Qué cosa maravillosa son esas maestras que, más que enseñar, te tocan el corazón para siempre.

Y cómo olvidar al Maestro Tilo Iruzubieta, nuestro director. Un ser que no solo custodiaba el sonido de la campana, sino que nos contagiaba el alma con el ritmo del chamamé o sus historias del monte salteño, mientras preparaba los actos escolares más sentidos. En aquel entonces, el tiempo era un recurso escaso, pero quienes podían hacer una pausa en las labores del campo, llegaban a la escuela para celebrar con nosotros.

Nuestra historia, la de alumna y director, no se quedó atrapada en el patio de la escuela. Años después, ya en la ciudad de Santa María, la vida nos siguió regalando el lujo de encontrarnos en la plaza o en cualquier esquina para desandarlo todo en una charla.

Yo era una niña silenciosa; me enseñaron que el mundo se conoce primero observando y después hablando. Pero con el Maestro Tilo, los silencios se acortaban y la palabra fluía fácil. Aún hoy puedo escuchar esa campana, que no solo marcaba el inicio o el fin del día, sino que nos convocaba al ritual sagrado de compartir la comida en las mesas de cemento, bajo la sombra protectora de aquel algarrobo que nos vio crecer.

No narro esto como una fábula lejana, ni pretendo impartir lecciones de vida. Lo cuento porque así fue mi niñez. Lo comparto para honrar nuestras raíces, porque solo abrazando quiénes fuimos, entenderemos realmente quiénes somos hoy.

Estas son apenas unas pinceladas de las infancias del monte... pero pronto les relataré las de la zafra.

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